Dos países tan diferentes como iguales
Opinión
19 Sep 2025. Actualizado a las 05:00 h.
El miércoles de la semana pasada, y mientras me disponía a desayunar alrededor de las siete y media de la mañana, la primera noticia con la que abrían los matinales radiofónicos era que Polonia había cerrado su espacio aéreo (debido a una incursión ilegítima de un dron ruso en su territorio). Aunque pocas horas más tarde todos los aeropuertos del país recobraron la normalidad, había la posibilidad de que Vladimir Putin podría aguarme mis vacaciones (días después actuó de la misma manera con Rumanía). Afortunadamente para mí no hubo más episodios y pude viajar y recorrer esta semana este lugar tan maravilloso del planeta (solamente puedo hablar bien de sus gentes [por su amabilidad] y de lo bien cuidado que lo tienen todo, así que sin lugar a dudas le recomendaré a quien me pregunte que lo visite).
Me movía un motivo principal, y era reencontrarme, diez años después, con un compañero que trabajó conmigo en el Parlamento Europeo (posteriormente, realicé por mi cuenta excursiones por diferentes puntos de su geografía). Pawel vive en Breslavia, ciudad que en 2016 fue Capital Europea de la Cultura (a lo que aspira Oviedo/Uviéu para 2031), y gracias a él he podido conocer qué se respira y cuál es la situación interna del país (porque a España no nos llegan muchas informaciones al respecto, y viceversa lo mismo, porque no hubo noticias respecto a la cancelación de la última etapa de La Vuelta en Madrid en apoyo a Palestina).
España y Polonia son dos países tan diferentes como iguales. Empezando por lo que nos une, prácticamente repetimos los mismos esquemas. Por ejemplo, en ambos lugares está por las nubes el precio de la vivienda (que impide a la gente joven alquilar o comprar, y el efecto pernicioso es prácticamente el mismo: se expulsa a sus habitantes a los extrarradios mientras se llenan de pisos turísticos los centros urbanos). La globalización sigue provocando que tengamos hábitos de vida muy parecidos, y por esa razón están las mismas tiendas de ropa que hay en Asturias/Asturies (e incluso con los ‘rides’ ves las mochilas de las empresas que operan en nuestra comunidad autónoma), excepto si se trata de entidades financieras. El Banco Santander tiene muchas sucursales abiertas (cosa que en España ha empezado a cerrar) pero aunque su rama polaca tenga el mismo nombre y pertenezca al mismo grupo presidido por Ana Patricia Botín, la entidad no lo considera como el mismo banco de nuestro país, por lo que si se te ocurre sacar eslotis del cajero automático, te cobrará la correspondiente comisión.
Nuestra principal diferencia es en lo relativo a las preocupaciones. Para las y los polacos sus problemas no están en Ceuta, Melilla o Canarias, sino en lo que ocurre al este de su frontera, con una Rusia que no cede en su ocupación de Ucrania y que, por si las moscas, exige estar en alerta por si podría ir a más. Polonia es un país de mucho mestizaje porque, como España, a lo largo de su historia ha tenido varias etapas (su territorio perteneció primero a Rusia, Prusia y Austria; luego fue invadida en 1939 por los alemanes y posteriormente por los soviéticos; desde 1989 es un país democrático; y en 2004 ingresó en la UE como miembro de pleno derecho). He podido visualizar por las calles a numerosas ucranianas y a numerosos ucranianos (tal y como ocurre en España con la presencia de migrantes africanos y latinos). Con estos mimbres, la mayoría del espectro político está dominado por la derecha y la extrema derecha (desde agosto ocupa la presidencia del país Karol Nawrocki [nacionalista], mientras que el primer ministro es Donald Tusk [liberal]). La izquierda ni está ni se le espera, por lo que en España nos podemos considerar unos privilegiados en mantener uno de los pocos gobiernos progresistas que hay ahora mismo en el seno de la UE (me señalaba incluso Pawel que, incomprensiblemente, los principales sindicatos del país sean de derechas).
Hay múltiples ejemplos de mezclas entre la política y la religión católica (algo que también es habitual en nuestro país, a pesar de ser aconfesional). Sin embargo, sí que pude destacar una gran diferencia. Además de Breslavia, he visitado Cracovia, Varsovia y los campos de concentración de Auschwitz y Birkenau. Las sociedades avanzadas están obligadas a recuperar, salvaguardar y difundir la memoria democrática, y ahí sí que veo un fuerte déficit de España. En la capital polaca son innumerables las estatuas, las placas y hasta las señales por diferentes espacios donde se homenajea a quien se lo merece (que fueron quienes lucharon por la libertad) o se informa de las atrocidades que todos los regímenes totalitarios hicieron sufrir a las y los polacos. A veces es verdad que ni aún así se consigue trasmitir de generación a generación que no se puede repetir esas páginas negras en la historia, pero dejar conscientemente que se olvide tu pasado es la peor de las decisiones que se pueden tomar. Desde mi punto de vista, ir a conocer uno de los epicentros de la barbarie nazi era un deber, pero reconozco también que lo que te cuentan es tan cruel e inhumano que tan solo con imaginarlo salí de allí con muy mal cuerpo.
Ya casi a título de anécdota diré que nunca entenderé por qué hay criterios distintos a la hora de viajar en avión en función del lugar donde estés. En el aeropuerto de Asturias/Asturies hay que sacar el ordenador del maletín para pasarlo por el escáner, algo que en Varsovia no me hizo falta. En nuestro aeropuerto el personal de Lufthansa me pidió la documentación junto a mi tarjeta de embarque, algo que en Munich (hice escala allí para continuar viaje a Breslavia) no se me requirió (pude ingresar en el avión simplemente poniendo mi billete en un lector). Lo que sí que nunca había visto antes es que el personal de cabina ya no hace falta que explique las medidas de seguridad del avión (porque se ilustran en una pequeña pantalla que está encima de los asientos mientras se escucha una locución). Los tiempos cambian, y me quedo con que todos los aviones y trenes que cogí estos últimos días salieron y llegaron en hora, algo que también es importante de cara a que disfrutes de las vacaciones. Fueron cortas pero intensas. Espero que llegue el momento ideal para volver a ir a descubrir más mundo.