Gaza, un crimen contra la humanidad imposible de blanquear
Opinión
01 Oct 2025. Actualizado a las 05:00 h.
Se publica este artículo un primero de octubre. Hace 50 años, en 1975, era todavía el «día del caudillo», en el que se conmemoraba la «exaltación» del «generalísimo» Francisco Franco Bahamonde a la jefatura del Estado. Cuatro días antes, el 27 de septiembre, la dictadura había fusilado a dos militantes de ETA y tres del FRAP. Las protestas se extendieron por todo el mundo, varios países retiraron a sus embajadores de España, la sede diplomática en Lisboa fue incendiada por los manifestantes.
Como era habitual desde 1939, la dictadura convirtió la solidaridad internacional con el pueblo español en una campaña antiespañola y reaccionó convocando la última manifestación que presidiría Franco en la madrileña plaza de Oriente. El decrépito dictador volvió a atribuir a la conjura de masones y comunistas las protestas contra la represión que ejercía su gobierno. Se habían caído los judíos de la trilogía que conspiraba contra la patria, aunque su régimen no les tenía mucha simpatía, privilegiaba la «tradicional hermandad» con los países árabes en las relaciones internacionales y protegía a nazis antisemitas como el belga León Degrelle. En cualquier caso, no fue el tradicional antisemitismo de la extrema derecha española lo que me condujo a asociar la masacre de Gaza con el primero de octubre de 1975, sino que hoy se atribuya esa condición a quienes la censuran.
Netanyahu y sus secuaces, incluidos los españoles, utilizan un viejo recurso de gobernantes de extrema derecha o dictadores, el de identificar a su gobierno con el pueblo o la nación. Quienes los critican no combaten sus crímenes sino a la patria, son antiespañoles o, en este caso, antisemitas.
Participé hace unos días en la manifestación que en el puerto de Siracusa despedía a quienes, desde allí, se iban a incorporar a la flotilla que pretende llevar auxilio a los gazatíes. Una excelente oradora italiana recordó de forma apasionada que la izquierda que combate la barbarie que sufren los palestinos no es antisemita, sino la heredera de los partisanos, algunos de ellos judíos, que lucharon contra el fascismo de las leyes raciales y contra el nazismo autor del Holocausto. Allí, en Italia, los más cercanos a Netanyahu son los que todavía tienen en casa bustos de Mussolini, paradojas de la historia. No, la inmensa mayoría de los que defendemos el derecho del pueblo palestino a tener un Estado, a conservar sus casas y tierras, a vivir con dignidad y libertad; de quienes exigimos el cese inmediato de los bombardeos sobre la población civil y que puedan entrar alimentos, agua y medicinas en la franja no somos antisemitas. Tampoco somos partidarios del integrismo islámico y condenamos inequívocamente la brutal matanza del 7 de octubre.
Lo que realiza el ejército israelí en Gaza y Cisjordania no es una acción antiterrorista, tampoco una guerra convencional. La ilegal ocupación de Palestina por parte de Israel y los crímenes que allí ha cometido no justifican la barbarie del 7 de octubre, el asesinato de cientos de civiles inocentes con una crueldad inhumana. Israel tenía derecho a actuar contra Hamás y sus colaboradores islamistas y a hacer todo lo posible para liberar a las personas secuestradas, pero no a vengarse sobre la población palestina matando indiscriminadamente a civiles, la mayoría mujeres, niños y ancianos a los que ni siquiera se les podría atribuir la intención de sumarse a las milicias. Eran los nazis los que asesinaban a diez o más civiles inocentes por cada alemán que perecía a manos de la resistencia.
El gobierno de Israel, constituido por extremistas de derechas e integristas religiosos, lo que pretende no es acabar con el terrorismo de Hamás, organización que, por otra parte, había alimentado el propio Netanyahu para debilitar al máximo a la OLP, sino consolidar su dominio sobre todo el territorio «desde el río hasta el mar». Para justificar su negativa a permitir la creación de un Estado palestino, Netanyahu afirmó en la ONU que ya lo había tenido Gaza y había fomentado el terrorismo. No hay mayor falacia. Fue Israel la que destruyó el aeropuerto de Gaza e impidió el funcionamiento de su puerto, incluso la pesca a pocas millas de la costa. Fue Israel la que convirtió a Gaza en un gran campo de concentración y fue Israel la que, como ya indiqué, fortaleció a Hamás para separar su gobierno del de Cisjordania.
Un Estado palestino podría no tener ejército, con una policía bien entrenada para controlar las fronteras, perseguir la delincuencia y mantener el orden público sería suficiente, sin necesidad de armas pesadas o aviación de combate, con lo que no representaría ninguna amenaza militar para Israel y tendría capacidad para evitar la actuación de grupos terroristas. No vale el ejemplo de Líbano, un estado fallido, en parte por culpa de vecinos como Israel y Siria.
Desde el lobby sionista español se han dicho verdaderas tonterías sobre el reconocimiento del Estado palestino e incluso sobre la posibilidad de su creación. ¿Cuál es la capital de ese Estado? Donde reside la Autoridad Nacional Palestina, que es el gobierno legal, hoy la ciudad de Ramala, aunque pueda cambiar cuando logre la plena independencia. Las fronteras, las reconocidas internacionalmente para Cisjordania y Gaza, aunque puedan pactarse modificaciones en las negociaciones de paz. En cuanto a la objeción más estúpida, no es que las otras sean inteligentes, la de que nunca hubo un Estado palestino, es lo que sucede con buena parte, quizá la mayoría, de los representados en la ONU, incluidos varios europeos, que no habían existido hasta que se crearon en el siglo XIX (América y Europa) o en el XX (África, alguno de Asia, pero también de Europa). Son varios los integrantes de la UE que surgieron hace cuatro días, cuando el fin de URSS y de Yugoslavia les permitió la independencia, y de los que no es fácil inventarse precedentes del pasado remoto que les den pedigrí.
Cabe poca duda de que el actual gobierno de Israel quiere la anexión de Cisjordania y Gaza, pero lo peor es que varios de sus ministros defienden abiertamente el genocidio de la población palestina. No he utilizado hasta ahora el término no porque desee edulcorar el crimen que el ejército judío está cometiendo, sino porque, técnicamente, si se pusiese en marcha el último plan de Trump, se llegaría al final de las hostilidades sin que se produjese la expulsión o el exterminio de los palestinos de Gaza. No sé si la presión internacional logrará impedir los proyectos genocidas y detener la matanza, ese es su objetivo y no perseguir a los judíos o apoyar a Hamás, pero la paz exigirá algo más.
Independientemente de los aspectos sorprendentes que tiene el plan del presidente norteamericano, como poner a Tony Blair a la cabeza de la administración provisional de Gaza, y de que nunca ha habido un dirigente de EEUU tan poco fiable, probablemente la única solución sería que, tras la retirada del ejército israelí, se crease un gobierno interino sostenido por fuerzas militares y policiales de países musulmanes y que en un plazo razonable se celebrasen elecciones y asumiese el poder la Autoridad Nacional Palestina. Sería un paso, pero la paz verdadera solo llegará con los dos estados, lo que implica la evacuación de los asentamientos judíos de Cisjordania.
La propuesta de Trump supone que Hamás debe aceptar su derrota, pero le ofrece a cambio la amnistía o el exilio para sus milicianos, también la liberación de un número importante de presos palestinos, además del fin de los bombardeos y la retirada de las tropas israelíes. No es una mala oferta porque es evidente que Hamás no puede ganar esta guerra, otra cosa es que confíe en el cumplimiento del acuerdo por Netanyahu, Trump tampoco es un garante que brinde mucha confianza. Si llegase a aplicarse, habría que ver quién financia la reconstrucción de Gaza, supongo que se pedirá contribución a las ricas monarquías árabes, y quién construye. Se abriría una buena oportunidad de negocio y el presidente norteamericano las percibe con rapidez, el señor Blair tampoco le hace ascos al dinero y tiene rentables relaciones con las monarquías del Golfo.
Es cierto que Netanyahu y su gobierno quedarían impunes y que no está tan claro que vaya a suceder lo mismo con los líderes de Hamás que sigan vivos, la mano del Mossad es muy alargada, pero la fuerza la tiene Israel y, si no es un engaño para justificar la culminación del genocidio, este plan de paz limitada parece la última esperanza de que este se detenga.
La solidaridad con los que sufren es propia de cualquier persona de bien, independientemente de sus ideas, la defensa del derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de los seres humanos debería estar por encima de las grescas partidistas. Resulta difícil comprender la inhumanidad de políticos como Netanyahu, la presidenta de la comunidad de Madrid o el señor Aznar, en la extrema derecha es congénita, pero, frente a ella, reconforta que haya despertado en el mundo y en España la solidaridad con el pueblo palestino y que se extienda la exigencia de que se detengan la matanza y el sufrimiento al que se ven sometidos millones de seres humanos. No hay falacia que pueda blanquear el crimen, no es necesario maltratar y asesinar indiscriminadamente a una población para acabar con una organización terrorista. Si la civilización occidental corre peligro es porque si tolera esa ignominia perderá su esencia. También Hitler, Mussolini, Franco, Salazar o Pétain se presentaban como sus defensores, menos mal que no vencieron.