La Voz de Asturias

Poner límites

Opinión

Diego Valiño
Imagen de archivo de una persona manejando un móvil con varias aplicaciones de redes sociales

06 Feb 2026. Actualizado a las 05:00 h.

Soy un firme defensor de las redes sociales. Me parece que han supuesto una revolución en la comunicación de las personas, y su éxito ha sido tan importante que no hay partidos políticos (aunque ahora tienen prohibido pagar publicidad en Meta), empresas, medios de comunicación ni nadie que quiera promocionar sus mensajes a lo largo y ancho del mundo que no las use, porque guste o no, se han convertido en el mejor escaparate y en el centro neurálgico para difundir contenidos. Es verdad que con el tiempo se han ido modificado sustancialmente sus primeros fines, básicamente porque se han ido incorporando actores que han perjudicado y embarrado el ambiente para conversar y debatir.

Actualmente el uso fraudulento de la llamada inteligencia artificial está provocando que se haya incrementado la difusión de bulos, lo cual causa un severo perjuicio en la confianza y en la seguridad hacia estos espacios cibernéticos. También hay que sumar a esta mala praxis de contenidos con información falsa el bombardeo de estereotipos de belleza. Si bien la publicidad ha recurrido históricamente a crear iconos que identifiquen lo guapo, es notorio que las redes sociales han elevado los problemas de autoestima para muchas personas, tanto hombres como mujeres, que ven que sus cuerpos no cumplen con unos mínimos estándares. Afecta a todos los rangos de edad, pero es especialmente sensible para las y los menores, a los que una sociedad libre y democrática debe proteger de cualquier amenaza nociva que atente a su bienestar emocional.

Pedro Sánchez ha anunciado que en España se prohibirá el acceso a las redes sociales a quienes tengan menos de dieciséis años. Hay informes y estudios que calculan que en nuestro país las niñas y los niños empiezan a disponer de su primer teléfono móvil a partir de los diez años (dentro el ámbito escolar hay opiniones dispares si es bueno o no que se utilicen en las aulas dispositivos electrónicos en vez de los libros de texto de toda la vida) y que de ahí hasta los dieciocho nueve de cada diez menores son usuarios de Instagram y TikTok. Seguramente sus madres y sus padres, que han desarrollado una buena parte de su vida usando estas plataformas, no lo vean un problema, porque para empezar han sido ellas y ellos los primeros en exponer con sus fotos y vídeos a sus hijas e hijos en esos mismos lugares digitales. Aquí hay que prestar atención a la señal de alerta que lanzan los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado por el llamado «sharenting» (publicaciones de fotos y vídeos de niñas y niños a edades muy tempranas), porque hay páginas con contenido pedófilo que se han nutrido de ese tipo de publicaciones (se recomienda que esos contenidos, que seguro que fueron subidos con la mejor intención, queden reservadas estrictamente al ámbito privado de esa familia).

No desvelo ningún secreto de que nadie sube a sus perfiles contenidos que le perjudiquen. No hay ninguna foto con un mal gesto (y de hecho se emplean filtros para mejorar bastante las imágenes), no hay ninguna publicación en la que reconozca un fallo por muy pequeño que sea ni hay mejor candidatura para un puesto de trabajo que la que alguien muestra en su currículum de LinkedIn. Esa vida ideal que mostramos y que no siempre es del todo cierta crea un concepto de nosotras y nosotros mismos que puede ser entendida de diferentes maneras por quienes nos siguen (en unos casos como referentes a emular, pero en otros son fuentes de muchas envidias e incluso de insana competencia). Esa actitud que mantenemos las y los mayores nos la copian las y los menores, que son esponjas que recogen todo lo que ven y oyen, y aquí no deberíamos discutir que es obligado que nos esforcemos en protegerles ante posibles actos en redes sociales que cometemos sin ninguna mala intención. Si tenemos más que interiorizado que no nos vean de borrachera o fumando sin parar, lo mismo hay que hacer ante el abuso sistemático en el uso del teléfono móvil, que es sin lugar a dudas el aparato que más nos importa de los que disponemos diariamente a nuestro alcance.

Aunque se legisle en ese sentido y sea necesario organizar mínimamente la anarquía que supone todo lo relacionado con internet, quizás vaya ser prácticamente imposible cortar de manera efectiva el acceso a las y los menores a contenidos no deseados, porque al igual que hay normativas que no les permiten la compra y el consumo de drogas legales, a veces tienen la manera de superar esas restricciones, por lo que es muy importante seguir apostando por la concienciación y por la educación para que sirva de algo la regulación.

Sí que pienso que hay que marcar una edad en la que se considere que una persona ha alcanzado un nivel de raciocinio y madurez suficiente para enfrentarse a los posibles riesgos, entre otros los relacionados con problemas de salud mental. Si nos atenemos a las recomendaciones de las y los expertos, es una buena decisión poner límites de acceso a quienes no han cumplido los dieciséis años. Hago un inciso para volver a remarcar, una vez más, que personalmente siempre me he mostrado totalmente partidario de rebajar la mayoría de edad esa edad. Considero que en España hay un limbo legal entre los 16 y los 18 que no tiene ningún sentido. No se puede votar en unas elecciones ni sacar el carné de conducir un coche, pero sí se puede abandonar los estudios sin haber terminado la ESO, en la parte sanitaria eres autónomo (salvo las excepciones que marca la Ley de autonomía del paciente) para decidir incluso sin necesidad de que tus progenitores lo sepan y aunque siga activa la patria potestad e incluso te puedes casar. Yo creo que la solución pasa porque nada más cumplir los 16 años adquieras todos los derechos y todas las obligaciones de un adulto, y entre otras cuestiones, que puedas registrarte en las redes sociales que veas conveniente.

Reconozco que no me hace ninguna gracia contribuir a hacer ricos a los tecno-oligarcas que dirigen estas empresas (el miércoles se anunció el despido de un tercio del personal del diario The Washington Post, propiedad de Jezz Bezos [Amazon], que sin ningún pudor alquiló durante tres días la ciudad de Venecia para celebrar su boda), y más viendo sus reacciones airadas e insultantes contra alguien que ha sido elegido democráticamente en las urnas para presidir un gobierno como el español, pero también comparto con mucha gente que dice que las y los progresistas no debemos abandonar la trinchera digital, porque aunque los algoritmos no nos beneficien y estemos usando un espacio privado para la discusión pública, si las y los intolerantes no se encuentran con ningún tipo de resistencia, los únicos mensajes que se van a propagar por las redes sociales van a ser los que no deseamos visionar la mayoría de las ciudadanas y los ciudadanos.


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