Descubierta la causa de uno de los efectos secundarios más peligrosos de algunas vacunas COVID-19
Opinión
18 Feb 2026. Actualizado a las 07:38 h.
Va pasando el tiempo y poco a poco nos vamos olvidando de pandemia de COVID-19 que empezamos a vivir a comienzos del año 2020 y que se extendió hasta bien entrado el 2021 e incluso el 2022 (de hecho, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró el fin de la emergencia de salud pública de importancia internacional (PHEIC) el 5 de mayo de 2023). Sin duda, fue una situación que hizo cambiar la sociedad tal como la conocíamos y cuyos efectos todavía observamos hoy en día en algunos casos. Pero podemos decir que tuvo una parte positiva. Fue un momento en el que mucha gente se concienció de la importancia capital que la ciencia tiene en nuestras vidas. Y es que la «salida» de la pandemia vino de la mano del trabajo de algunas de las mentes más brillantes del planeta trabajando juntas por un objetivo común: la búsqueda de la vacuna contra la enfermedad.
Mucho se ha comentado y escrito sobre las vacunas contra la COVID-19 y no todo bueno. Hay gente que duda de ellas por la rapidez con la que pudimos hacer uso de ellas en comparación con otras vacunas. Argumentan que normalmente las vacunas tardan años en ser desarrolladas y en este caso fue cuestión de meses. Esto implicaría que estas vacunas no son seguras y que podrían tener una serie de efectos secundarios a medio-largo plazo que pondría en riesgo la salud de los vacunados. Lo cierto es que los datos recopilados en la literatura científica hasta principios de este año 2026 no avalan estas hipótesis.
Para tener la información completa les emplazo a que lean el serial de siete publicaciones sobre las vacunas que «Villaviciosa ConCiencia» publicó en su web (https://villaviciosaconciencia.com/). En las partes 5 y 6 («¿Cómo se preparan las vacunas y como se controla su uso?» y «¿Son peligrosas las vacunas?», respectivamente) se comenta el caso de la vacuna contra la COVID-19 y se dan detalles y datos sobre como fue la fabricación de las vacunas y sobre la incidencia de los efectos secundarios. Aquí haremos un pequeño resumen.
Lo primero de todo es que hay que tener en cuenta que el mundo entero estaba inmerso en una pandemia global con millones de personas confinadas en sus casas, miles muriendo a diario y la economía mundial en una recesión casi sin precedentes. Estas circunstancias extraordinarias llevaron a tomar medidas también extraordinarias. Sin embargo, esto no significa que la vacuna fuera desarrollada de distinta manera que las demás. Hay que dejar claro que la vacuna del COVID-19 siguió las mismas fases de fabricación que una vacuna normal. No se omitió ninguna de las fases clínicas obligatorias que debe seguir el desarrollo de cualquier vacuna. Lo que sí ocurrió fue una aceleración sin precedentes del proceso gracias a factores logísticos, científicos y financieros.
Por otra parte, también se puede afirmar con rotundidad que el hecho de que su desarrollo haya sido mucho más rápido no significa que sea más peligrosa que otras vacunas. De hecho, la vacuna contra la COVID-19 es, sin lugar a duda, la más fiscalizada de la historia. Hay multitud de estudios científicos analizándola e investigando sus posibles efectos adversos a corto, medio y largo plazo y, en todos los casos, los datos revelan que los beneficios están muy por encima de los riesgos. ¿Significa esto que la vacuna no puede causar ningún efecto adverso? No, para nada. De hecho, todas las vacunas, no solo la de la COVID-19, tienen un riesgo de causar efectos secundarios adversos. Pero la clave está en analizar si los riesgos al vacunarte son mayores o menores que los de enfermarte. ¿Y cómo se evalúa esto? Veámoslo con un ejemplo.
Se ha comprobado que uno de los efectos secundarios adversos de la vacuna de la COVID-19 es la miocarditis (inflamación del miocardio, que es el músculo cardíaco). Esta afección inflamatoria del miocardio puede alterar la capacidad del corazón para bombear sangre y, en algunos casos, provocar arritmias que pueden ser muy peligrosas. Sin embargo, las personas enfermas de COVID-19 también pueden desarrollar miocarditis. Es decir, esta afección puede aparecer como efecto secundario de la vacuna o al enfermar de COVID-19. ¿Y qué nos dicen los datos? Pues que, según diversos estudios publicados, el riesgo de sufrir miocarditis es enormemente superior al enfermar que al vacunarse, llegando incluso a ser hasta 1800 veces mayor según uno de los estudios. De hecho, los no vacunados que desarrollan la enfermedad de forma grave y acaban hospitalizados tienen hasta un 30% de probabilidades de sufrir miocarditis. Por lo tanto, los datos son claros: tiene mucho más riesgo no vacunarse que vacunarse y de ahí que se diga que los beneficios están muy por encima de los riesgos. El problema es que esta realidad que nos dicen los datos se distorsiona al analizar casos particulares. Cuando oímos la historia de que una persona joven se vacuna y como consecuencia sufre un efecto secundario como la miocarditis, siempre solemos pensar que la vacuna es un desastre y que causa más daño del que previene. Pero nunca nos hacemos la pregunta: ¿y si esa persona hubiera enfermado de COVID-19 sin estar vacunada? ¿Habría desarrollado miocarditis? Y si así hubiera sido, ¿habría sido más grave que la ocasionada con la vacuna? La cuestión es que, si esa persona no se hubiera vacunado y hubiera enfermado, el riesgo que corría era miles de veces más alto de sufrir miocarditis. Por lo tanto, la decisión correcta era vacunarse. Así deberíamos analizar los datos para ponderar la vacuna del COVID-19 frente a otras vacunas.
Otro de los efectos secundarios más comentados y conocidos de las vacunas contra la COVID-19 y del que trata este artículo es el síndrome conocido como trombocitopenia y trombosis inmunitaria inducida por vacuna (VITT, por sus siglas en inglés). Este síndrome es una complicación rara y grave asociada con algunas vacunas contra el COVID-19, caracterizada por la formación de coágulos sanguíneos (trombosis) y niveles bajos de plaquetas (trombocitopenia) tras la vacunación. Así como la miocarditis es un efecto secundario asociado con las llamadas vacunas de ARN mensajero (por ejemplo, Moderna o Pfizer/BioNTech), el VITT está más relacionado con las llamadas vacunas de vector adenoviral (por ejemplo, Moderna o Pfizer/BioNTech). Como en el caso de la miocarditis, la trombosis es otra de las complicaciones que pueden aparecer cuando uno enferma de manera natural de COVID-19. De nuevo en este caso los estudios revelan que el riesgo de sufrir trombosis es varias veces mayor tras infección que tras vacunación. Sin embargo, es cierto que los casos de VITT siguen estando presentes y preocupan a los sanitarios.
Pues bien, un reciente estudio publicado en la prestigiosa The New England Journal of Medicine revela el mecanismo molecular que explica este trastorno de coagulación extremadamente infrecuente, pero potencialmente grave, que se observó en un número muy reducido de personas tras la administración de determinadas vacunas frente a la COVID-19.
Los datos confirman que el VITT se detectó aproximadamente en uno de cada 200000 vacunados con la vacuna de Johnson & Johnson en Estados Unidos, y en alrededor de tres de cada 100000 vacunados con la de AstraZeneca en el Reino Unido. Como se mencionó antes, ambas vacunas son de las llamadas de vector adenoviral. En este caso inoculan una versión modificada e inofensiva de un adenovirus (los virus responsables del resfriado común) para introducir en las células el gen que codifica la proteína de la espícula del coronavirus (son las protuberancias que salen de la envoltura del virus; estas protuberancias se unen solo a ciertos receptores en la célula huésped, ver imagen). Cuando esto ocurre, las propias células comienzan a producir esta proteína. Pero de inmediato, el sistema inmunitario reconoce esta proteína como algo extraño y desata la respuesta inmune generando anticuerpos que «atacan» a esa proteína y la destruyen. De esta manera, el sistema inmune «se entrena» con esa sola proteína que, si después uno se infecta, es reconocida por los anticuerpos generados durante el «entrenamiento».
Los casos de VITT, aunque no numerosos, fueron notificados en distintos países y grupos de población. De hecho, algunos países, como Reino Unido, ajustaron sus recomendaciones de vacunación y desde 2021 a las personas menores de 40 años (grupo de población en el que el riesgo era ligeramente superior) se les recomienda una vacuna alternativa a la de AstraZeneca.
Las causas del VITT fueron desconocidas al principio, pero no tardaron en aparecer las primeras pistas. En el año 2021 ya se observó que los anticuerpos presentes en pacientes con VITT reaccionaban frente a una proteína implicada en la coagulación sanguínea llamada factor plaquetario 4 (PF4). Al producirse una lesión, las plaquetas se activan y comienzan a liberar PF4. Una vez liberada, la PF4 se une a la heparina natural del cuerpo y reduce su efecto anticoagulante. La heparina, que también es un medicamento anticoagulante muy conocido, se produce de forma natural en el cuerpo y forma parte del «sistema anticoagulante natural» del cuerpo. Su función es activar la antitrombina, que es una proteína que actúa como anticoagulante natural del cuerpo, es decir, ayuda a que la sangre no forme coágulos innecesarios. Por lo tanto, si la PF4 se une a la heparina natural y neutraliza su acción, esta no activa la antitrombina y, por lo tanto, es más factible que se genere un coágulo. Cuando hay una lesión, esta es la situación deseada, pero si no hay lesión, los coágulos son muy peligrosos y pueden generar las conocidas trombosis.
En el mencionado estudio los autores proponen que, en personas con una determinada variante genética que es relativamente frecuente (presente hasta en un 60 % de la población), el contacto con un adenovirus (los virus inofensivos y modificados que incluyen las vacunas), ya sea por vacunación o por infección natural, puede inducir la producción de unos determinados anticuerpos dirigidos contra una proteína del virus denominada pVII. Esta proteína, que se encuentra dentro del virus, está asociada a la compactación y organización de su ADN. Los anticuerpos generados están «entrenados» para localizar esa proteína y neutralizar el virus o marcarlo para su eliminación. De hecho, esta es la respuesta inmunitaria que esperamos: que el sistema inmune aprenda a reconocer las proteínas del virus y los ataque. Por lo tanto, en la inmensa mayoría de los casos, esta respuesta no tiene consecuencias clínicas negativas.
Sin embargo, existe un subgrupo muy concreto de personas en las que se produce una alteración puntual, pequeña, pero muy relevante, en las células inmunitarias responsables de fabricar estos anticuerpos. Las células producen las proteínas que el cuerpo necesita para funcionar a partir de los llamados aminoácidos. Los aminoácidos son moléculas pequeñas que al unirse en cadenas forman las proteínas. Pues bien, en estas células alteradas, uno de los aminoácidos, la lisina, es sustituido por otro distinto, el ácido glutámico. Este cambio químico, que parece insignificante, causa una modificación en la estructura del anticuerpo, haciendo que, en lugar de «atacar» a la proteína pVII del adenovirus, se dirija contra el PF4 y se una a ella.
¿Qué ocurre en estas personas? Si estuvieron previamente expuestas al adenovirus presente en la vacuna, el sistema inmunitario detecta la presencia de la pVII y comienza a generar anticuerpos para neutralizarla. Pero como en estas personas las células están alteradas, los anticuerpos generados no «atacan» a la pVII sino que van a unirse con la PF4, de tal manera que estos anticuerpos no «bloquean» la PF4 como si fuera una toxina, sino que forman un complejo PF4-anticuerpo resultante de la unión de ambos. Una vez formado este complejo, aparece el problema. Estos complejos son detectados por las plaquetas y estas se activan de forma masiva. Al activarse, generan más PF4, entre otras sustancias, lo que amplifica el problema. Los complejos PF4-anticuerpo siguen activando las plaquetas y la PF4 libre se une a la heparina evitando que se active la antitrombina. El resultado es que se empiezan a producir coágulos que pueden ocasionar la trombosis. Al mismo tiempo, las plaquetas empiezan a reducirse, pues se consumen dentro del propio coágulo o bien mueren después de una activación muy intensa.
Este estudio que logró dar esta explicación tan elaborada es considerado un trabajo pionero, pues es la primera vez que se logra rastrear un trastorno autoinmunitario hasta el acontecimiento inicial que lo desencadena. En experimentos realizados en modelos animales, las versiones de los anticuerpos sin la sustitución del aminoácido produjeron muchos menos coágulos. El análisis incluyó muestras de 21 personas que desarrollaron VITT, y todas presentaban la alteración comentada. Los investigadores subrayan que el problema no residía en el diseño de la vacuna en sí, sino en una combinación poco probable de factores biológicos que, en circunstancias excepcionales, podían dar lugar al trastorno. El estudio es también muy relevante porque, aunque actualmente ya no se utilizan las vacunas de AstraZeneca ni la de Johnson & Johnson, los hallazgos ofrecen información valiosa para optimizar futuras vacunas basadas en adenovirus.
En cualquier caso, estos resultados no deberían interpretarse como una señal de que las vacunas basadas en adenovirus sean inseguras. La vacuna de AstraZeneca contribuyó a salvar numerosas vidas durante la pandemia, y el síndrome de coagulación asociado fue encontrado en un número extremadamente pequeño de pacientes. Sin embargo, estos casos ponen de relieve la importancia de contar con sistemas robustos de vigilancia tras la comercialización y uso masivo de las vacunas. A su vez, debe existir también una comunicación transparente cuando surgen efectos adversos poco habituales para evitar que la sociedad tenga una sensación de inquietud, casi siempre poco justificada, pero alimentada por una comunicación escasa y opaca, dando la impresión de que siempre se quiere ocultar algo. A partir de aquí, la aparición de mensajes negativos y la sensación de inseguridad es cuestión de tiempo.