La cama, el pupitre y el individuo
Opinión
21 Feb 2026. Actualizado a las 21:03 h.
El contractualismo, contra lo que pudiera creerse en una liviana mirada, no es dador de derechos de referencia inmaculada. Los derechos enraízan exclusivamente en lo humano, y solo con lo humano, porque es esta condición el único sustrato de moral de bien que encaje con lo justo. Lo justo lo es porque anida en el bien, no a la inversa. Son los valores del bien, los que hacen justicia, pero con una particularidad definitiva: el bien (o los bienes) tiene que ser superior.
El individualismo, que es un desgajamiento de lo colectivo pactado y que supone un cálculo subjetivo-codicioso, es posiblemente el mayor escollo al que se enfrenta la filosofía política del bien superior. El individualismo, tan espantosamente <<viral>> hoy, después de su aparición en la modernidad, amenaza seriamente, junto al despotismo de las estructuras ensambladas por las alianzas de la política amoral con los oligopolios, a la eticidad, cuya salud se abisma a la extinción.
El declive de la civilización, y estamos pensando principalmente a partir de los años 80 últimos, con Thatcher y Reagan en la estela de Hayek y Friedman, se asentó sobre ese individualismo concreto al que nos estamos refiriendo, el que escoge convicciones que fijen nuestras vidas, que se clavan como baobabs solitarios en la sabana, repeliendo la consagración con los demás en causas transcendentales, y ello amparado por leyes <<ad hoc>> (recordemos a Cristóbal Montoro y sus modificaciones parlamentarias fiscales a la carta para beneficio de, entre otros, las compañías energéticas a cambio de sustanciales cantidades de dinero que derivaban a su bufete), para hacer de la libertad personal un becerro de oro y, consecuentemente, establecer una jerarquización de marchamo religioso, hasta el punto de maniatar a los que están en las orillas arquitectónicas estructuradas, y que, además, con su moralidad castrante, impide la comunión de los maniatados, sustituida por la comunidad <<comunista>> de los hacedores del orden religioso-financiero que elevan, en consecuencia, sus yoes al nivel de los pastores proféticos de la antigüedad.
El individualismo disuelve la solidaridad, que va más allá de lo económico, manifestándose irremediablemente en el ámbito afectivo. La constatación del individualismo la hallamos en la preponderancia del narcisismo más puro de la sociedad del yo y solo yo. La consecuencia más dramática, aun aterradora, viene de la utilización de los demás, de los de la orilla (ha de repetirse, constantemente, léase En la orilla, de Rafael Chirbes), como materia prima (concebidos como ladrillos, cemento o vigas) del estamento patronal, en el sentido aproximado de El mercader de Venecia, de Shakespeare, y en el concreto, por ejemplo de la sanidad privada, en la que los pacientes transmutan en carne de cerdo, pero no de bellota, y de perro, pero no de pedigrí. Y también, derivada lógica, del ascenso de una clase política que se ha adueñado del Estado.
Este apoderamiento de millones y millones de vidas insensibilizan a los poseedores de la riqueza y de las naciones sometidas a los caprichos de sus déspotas. Un caso regional se está dando en la Comunidad de Madrid, donde se ha institucionalizado el hampa, con unos asesores salidos del ámbito del vudú y de otras prácticas anexas a lo esotérico (ejemplo, y no es el único: el ya conocido como el <<Rasputín de Ayuso>>), hampa que se desparrama por otras autonomías al ritmo que marca la extrema derecha con sus sostenidos, ininterrumpidos e inmundos infundios y acusaciones barriobajeras, cuya última versión fue el sucio y despiadado ataque verbal de Miguel Tellado al ministro del Interior, que le salvó el hecho de que esta especie humanoide de alimaña popular no hubiese introducido una pistola en el Congreso.
Estas salvajadas, orquestadas para <<fusilar>> no ya al político, sino al odiosamente enemigo, van a lomos de un desarrollo tecnológico que se multiplica a sí mismo en milisegundos, desencadenando una inhumanidad heladora al robotizar a los ciudadanos, que son despojados de sus derechos fundamentales y, paralela y no tan contradictoriamente, se ofrecen, los despojados, como braceros de los deshumanizadores.
Otra derivada del voraz capitalismo planetario, ya con una capacidad de acción superior a la de cualquier potencia, de hombres y recursos naturales, que está llevando a la propia Naturaleza al límite, es la obsolescencia. En un año tan alejado como 1848, Karl Marx señalaba en El manifiesto comunista que «todo lo que es sólido se desvanece», en alusión a que los objetos duraderos son reemplazados por otros sustituibles de ínfima calidad, sustituidos rápida y constantemente, alimentando así una maquinaria productora de desperdicios generadores de unas ganancias estratosféricas para el Capital, que, a cambio de la cochambre, otorga a sus <<cofrades>> «un frívolo bienestar», en palabras de Albert Borgman.
Por su lado, Max Weber acuñó la expresión «la jaula de hierro» para incidir en el desamparo al que queda expuesta la humanidad frente a la agresividad del mercado no regulado, que se incrusta en las estructuras de las instituciones políticas y las despoja de cualquier rasgo ético, con la consiguiente destrucción de «la condición humana» (Hannah Arendt).
Tal deriva político-empresarial se hace muy relevante en la advertencia que hizo Tocqueville (un liberal conservador, es decir, en el lado opuesto de su contemporáneo Marx) acerca del «despotismo blando», que señala a los regímenes que imponen los Estados fuertes con la colaboración de los magnates. No son tiránicos, no tienen esa forma que vimos en el siglo XX, pero será una gobernanza que, manteniendo la costumbre de acudir a las urnas cada cierto tiempo, nos arrebata la libertad de conciencia y decisión autónoma, atiborrados por las proclamas antidemocráticas y antimorales.
El presente panorama ultra, desvergonzado y ya sin complejos para retorcer conceptos como <<libertad>> o <<lo público>>, supone asfixiar esa libertad, esa filosofía ética de lo público, para dar paso a una sociedad en la que los individuos no son menos mercancía que una cama de hospital o un pupitre de un centro educativo.