La Voz de Asturias

Crítica de «Dura una eternidad y en un instante se acaba»: un estudio sobre el duelo desde el apocalipsis zombi

Opinión

Raisa Gorgojo Club de lectura La Fila
Anne de Marcken junto a su novela «Dura una eternidad y en un instante se acaba»

02 Mar 2026. Actualizado a las 10:55 h.

Una novela sobre el duelo, sobre el hambre, la pérdida y el canibalismo. Una novela de zombis que no trata de zombis, sino que nos obliga a mirarnos en el espejo. «Dura una eternidad y en un instante se acaba» (Sexto Piso, 2024) es un artefacto literario valiente, un cuidado estudio sobre la naturaleza humana narrado desde los códigos de la prosa lírica y abierto a una hibridez casi inclasificable. Anne de Marcken, que ya había explorado la prosa lírica en «The Accident: An Account» (2020, inédita en español), obtuvo con «Dura una eternidad y en un instante se acaba» el Premio Ursula K. Le Guin Prize for Fiction y el The Novel Prize, reconocimientos que confirman que se trata de una propuesta excepcional, cargada de sentido del humor y de intensidad emocional. Desde el imaginario zombi, la historia explora con honestidad radical lo único verdaderamente ineludible de la experiencia humana: la muerte como punto y final, pero también la lenta sucesión de pérdidas que nos obligan a morir un poco cada vez que cambiamos (o nos obligan a cambiar).

Es difícil escribir una crítica sobre esta historia sin arruinar las sorpresas de la trama. La novela parte de una premisa distópica, el apocalipsis zombi, para construir una atmósfera intimista en la que el fin del mundo es precisamente todos esos finales que atravesamos a diario, materializados en encuentros y pequeñas aventuras hermosas y terribles. Las causas de la debacle no importan, el apocalipsis no es más que un trasunto que condensa todas las pérdidas, las cotidianas y las irreparables: «El fin del mundo es idéntico a tus recuerdos. No intentes imaginar el apocalipsis. Todo es igual». El corazón del relato es el flujo de conciencia de la protagonista, una zombi sin nombre que deambula por ese nuevo mundo devastado intentando encajar los restos de la humanidad que aún persisten en ella dentro del puzle de una identidad descontextualizada, tan devastada como el entorno. Los nombres son «pequeñas plegarias que nos conectan con el otro y con la humanidad» y precisamente la protagonista, como ya no-es, decide no-llamarse y explorar esa identidad dislocada que ahora encarna. El análisis del duelo se configura, así, como una eficaz reflexión sobre la identidad que se desmorona, porque, como zombi, apenas recuerdas, no te recuerda nadie y, lo más importante, tú tampoco te recuerdas: «No soy una desconocida y, al mismo tiempo, soy una novedad fascinante». Su nuevo cuerpo, sus nuevas reflexiones y sus nuevas sensaciones la empujan a decisiones impensables antes del apocalipsis; es ella, pero ha dejado de serlo.

Sola y en un paraje irreconocible, no solo ha perdido la memoria de las sensaciones propias de un cuerpo vivo, sino que ha olvidado a la persona que amaba aunque, al mismo tiempo, su presencia persiste y la necesidad de comunicarse con ella estructura la novela, articulada en gran parte como un monólogo dirigido a un tú ausente. Es solo un zombi que se deja gobernar por un hambre insaciable, un vacío interior que, conforme avanzan las páginas, se revela como pena en estado puro: «Esta pena (...) es el mundo entero vacío y yo estoy en él y él está en mí». Ahí radica la potencia de la novela, en el estudio puro del duelo, la soledad y la necesidad imperiosa de no sentir el vacío, de llenar los vacíos incluso de dolor: «quizás matamos a los vivos para poder acceder a su dolor», nos confiesa la protagonista.

Las heridas no se presentan como sufrimientos pasajeros con posibilidad de cicatrización, sino como carne en descomposición que no volverá a cerrarse. La pérdida es una catástrofe sin solución y la vida debe reorganizarse alrededor de ella. Cuando perdemos a alguien, o cuando nos arrancan los anclajes seguros a lo que conocemos o amamos, quedamos fragmentadas, y la tarea no es recuperar lo perdido, sino reconfigurar lo que queda. A pesar de la melancolía viscosa que impregna el relato, de esa tristeza visceral (en el sentido más literal y también más poético del término), la novela termina siendo luminosa. Se construye desde la desolación para dar paso una forma de esperanza triste y brillante que, de nuevo, nos pone ante el espejo y nos resulta más exigente que la que se pueda leer en otro tipo de relato balsámico: se nos presenta aquí un tipo de esperanza que surge cuando el vacío se instala en nosotras y no queremos comer más, pero, aún así, seguimos teniendo hambre. En ese contexto, la pregunta que atraviesa la novela no es tanto qué ha ocurrido, sino qué significa persistir: «¿Qué es eso en mí que quiere persistir si no hay vida que prolongar ni hambre que saciar?».

Una obra con una prosa magistral, una lectura bella e imprescindible para comprender que «El espacio entre yo y yo eres tú», que la soledad es una circunstancia que explorar aunque nos estemos mirando a un espejo opaco. Al final, en la ofuscación de la angustia y el dolor, tenemos que aprender no a configurarnos en presencia el otro, sino a encontrar al otro y a lo otro en nosotras, aceptarlo y aceptarnos. La valentía de mirarnos las entrañas y hurgar en el dolor es la forma más honesta de supervivencia, para zombis y para humanas.


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