La Voz de Asturias

Tras esta sinrazón

Opinión

Marcos Martino
El presidente estadounidense, Donald Trump, durante una mesa redonda este viernes

10 Mar 2026. Actualizado a las 05:00 h.

Qué hay tras esta nueva vorágine bélica que nos arrastra por obra y desgracia del «agente naranja», cuyo mandato podemos calificar de despotismo atrabiliario. El propósito no es, desde luego, la defensa de los Derechos Humanos o la restauración de la democracia, dado que está conculcando ambos en su propio país. Es fruto, más bien, de una enajenación alimentada por delirios narcisistas y un complejo de superioridad, que le llevan a creer que puede hacer lo que se le antoje, impunemente, con el uso de la coerción, a cualquier país, sea amigo o enemigo. Porque la sinrazón no sabe de amigos.

Es justo decir, por otra parte, que muchas de nuestras acciones, que atribuimos a la razón pero que, en realidad, son fruto de complejos procesos en los que tiene más peso la emoción, constituyen si no una sin-razón, sí una limitada-razón.

Efectivamente, el sistema emocional es un sistema de respuesta rápido y automático del organismo ante acontecimientos relevantes para el bienestar y, en última instancia, la supervivencia. De hecho, nuestros antecesores evolutivos han vivido y sobrevivido con ese sistema desde hace millones de años, antes de que desarrolláramos la parte más reciente del cerebro —la neocorteza—, que nos permite comunicarnos con palabras, planificar las próximas vacaciones recordando los errores de las pasadas, calcular el presupuesto, y usar con destreza vehículos y teléfonos móviles (que hemos inventado) para presumir ante los demás de nuestro estilo de vida.

Ese utilísimo sistema emocional, gestionado desde partes profundas y antiguas del cerebro, sigue funcionando a pleno rendimiento, aunque no seamos conscientes y nuestra recién lograda, evolutivamente hablando, capacidad de razonar nos haya llevado a un cognitivocentrismo que atribuye el origen de nuestros actos a la reflexión consciente. No es así. Lo que suele hacer la razón es ponerle palabras, argumentos, a posteriori. Nuestra cotidiana toma de decisiones es resultado de procesos automáticos e inconscientes en los que intervienen las emociones y la experiencia vital, mucho más frecuentemente de lo que creemos. Y en la intersección de ambas, los eventos traumáticos del pasado que, a su vez, son parte constitutiva de nuestra forma de entender y relacionarnos con el mundo.

En el artículo Trauma de lesa humanidad conté los ejemplos de dos casos extremos de perturbados que, en contra de nuestra natural tendencia hipersocial a conectarnos, vincularnos y cooperar para sobrevivir, acapararon un poder que les permitió provocar un sufrimiento terrible al mundo y aniquilar a decenas de millones de personas.

En la actualidad, el jefe de Estado de una teocracia anacrónica y cruel ha sido asesinado por orden de un jefe de Estado, de una plutocracia con ínfulas de teocracia anacrónica y cruel, que, además, está apoyando a un genocida primer ministro de otro Estado, con la expectativa de hacer negocio construyendo complejos turísticos, una vez devastado el territorio que se quieren apropiar por la fuerza. Mientras, en otros conflictos bélicos alrededor del mundo, relacionados también con la apropiación de territorios y recursos, y confrontaciones étnicas y/o religiosas, es difícil contar cuántas decenas o centenares de miles de personas han sido asesinadas. A pesar de que las religiones, en general, condenan la violencia y el asesinato, y promueven la fraternidad y la paz. Da igual; dame tus recursos y llámame hipócrita. Y muere. Que se lo digan a Mossadegh, que en paz descanse.

Pero volvamos a las emociones, los traumas, los prejuicios y algunas de sus derivadas. Uno de los referentes teóricos de la derecha radical occidental fue el filósofo e historiador alemán del primer tercio del siglo XX, Oswald Spengler (1880-1936). Autor de «La decadencia de Occidente», predijo que alrededor del cambio de milenio llegaría el fin de la supremacía blanca por la revolución mundial de color: la población no blanca, aprovechando los avances de la ciencia y tecnología occidentales, acabarían sintiendo «su propia fuerza común» y rechazarían el imperialismo y el colonialismo blancos. A pesar de estos temores, aborrecía el antisemitismo de Hitler, a quien consideraba poco menos que un tuercebotas tras una reunión con él, así como a su partido, guiado por el odio y al que se sumaba lo peor de la sociedad alemana. Sus temores tenían que ver con la dilución de la identidad blanca y que «las razas oprimidas del anillo exterior» vinieran y contaminaran el interior del lívido anillo central. Justificaba así la necesidad de un cesarismo antidemocrático que evitase la destrucción de la blanquérrima civilización occidental.

Qué lleva a alguien, en ausencia de conflicto directo o agresión, a imaginar a otras personas, a otras poblaciones, a otras culturas, como una amenaza. ¿Tendrá algo que ver una experiencia vital traumática? Enfermizo, solitario y con ideaciones suicidas: «Ningún amigo, ningún amor», «Toda mi vida, absolutamente toda, estuvo dominada por un sentimiento: el miedo», escribió Spengler en sus notas personales.

Los obstáculos y amenazas a la satisfacción de las necesidades humanas básicas —y la identidad es una de ellas— activan nuestra respuesta emocional, que tiene en cuenta nuestra experiencia vital desde la primera infancia. Como, por ejemplo, la calidad de los vínculos afectivos: buenos vínculos generan confianza, y su carencia, inhibición, miedo, hostilidad. En un proceso posterior, damos significado a nuestras sensaciones y a nuestra conducta.

Así, los discursos que justifican las acciones y, por extension, las ideologías que las orientan, resultan de un proceso del que solemos subestimar el peso de las emociones, presentes y, sobre todo, pasadas. Y son los pasados traumáticos los que suelen subyacer a las explicaciones del mundo basadas en la violencia que pretenden justificar la discriminación, el abuso y la agresión no defensiva.

En un mundo en el que se multiplican —¿interesadamente?— las amenazas a la satisfacción de las necesidades humanas básicas ¿se dan las condiciones para una crianza con buenos vínculos afectivos?. O estamos retroalimentando a la bestia.


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