La Voz de Asturias

¿Es posible solucionar la crisis climática con medidas que requieren varias décadas para su aplicación?

Opinión

Benigno Ruiz Millán Presidente de la Asociación para la Recuperación del Cáñamo Tradicional
Contaminación atmosférica urbana en la ciudad de Faridabad (India).

16 Mar 2026. Actualizado a las 05:00 h.

«No nos dirigimos sin darnos cuenta hacia el apocalipsis, sino que avanzamos hacia él con plena conciencia de lo que está en juego. Aún más grave, ya podemos ver los efectos devastadores de nuestras acciones, que destrozan los medios de vida, e incluso las vidas, de comunidades vulnerables, a menudo pobres y con bajas emisiones [contaminantes], alejadas de las zonas con altas emisiones donde vivimos». Son palabras de Kevin Anderson, profesor de energía y cambio climático en la universidad de Manchester.

Es tan sólo un ejemplo de las innumerables declaraciones de científicos que conocen la situación real en la que nos encontramos.

Hasta ahora, se nos ofrecen soluciones que parten del hecho de que tenemos varias décadas para revertir la situación o, al menos, para evitar los peores efectos del cambio climático y de la crisis ecológica y ambiental. Así se viene planteando desde que, por marcar un hito concreto, en 1988, James Hansen, considerado el «padre del calentamiento global», pronunció un discurso en el Congreso de Estados Unidos advirtiendo de la extrema gravedad del problema y de lo urgente que era, ya entonces, tomar medidas drásticas.

Sin embargo, a pesar de que la gravedad extrema del problema se conoce desde mucho antes del discurso de Hansen, lo que más se oye en la opinión pública, en los medios de comunicación, son mantras que, de tanto repetirse, han quedado vacíos de significado.

Expresiones como «hay que tomar medidas drásticas y urgentes», y otras similares, resuenan con frecuencia. Pero estos eslóganes están lejos de provocar una toma de conciencia y el consiguiente cambio de rumbo. Parecería más bien que sirven para engrasar los engranajes de la maquinaria destructora que nos ha traído hasta aquí.

Sí, esas frases, ya huecas y sin contenido, junto a acciones más o menos llamativas que han demostrado ser totalmente ineficientes para revertir la situación y disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero, como la implantación masiva de energías renovables, conforman una atmósfera complaciente que ocupa todo el espacio y que nos dice con adormecedora voz: «Tranquilo, vamos bien. Tenemos un problema, pero está bajo control».

Nada más lejos de la realidad que esa ilusión de control.

La característica más relevante y decisiva de la situación climática actual es la urgencia a la que está sometida, la constatación de que el tiempo para solucionar el problema se ha agotado. Ese es el motivo por el que se acuñó el término EMERGENCIA CLIMÁTICA. Es decir, no se dispone de varias décadas para establecer un plan que revierta la situación.

El planeta bien puede ser considerado como un ser vivo. Al menos, en la relación interna que sus partes tienen entre sí, que las hace dependientes las unas de las otras, se comporta como tal. Ese ser vivo está profundamente enfermo.

Durante el parón del COVID se vivió una situación de urgencia extrema. Los expertos se enfrentaron a unas circunstancias desconocidas, completamente nuevas, y llegaron a la conclusión de que había que parar toda la economía, excepto los servicios esenciales, para evitar los contagios rápidos y masivos y el consiguiente colapso de los servicios sanitarios.

Y se les hizo caso en cuestión de pocas semanas.

En el asunto del cambio climático, los expertos, los médicos del planeta, como Kevin Anderson, son relegados al anonimato, su voz no es escuchada y mucho menos aún, se toman las medidas que proponen.

Es una situación insostenible, alejada de cualquier mínima lógica o sentido común y que, por lo tanto, debe ser cambiada. ¿Cómo efectuar este cambio?

  1. Poniéndola sobre la mesa, es decir, dejar claro que no se escucha a los expertos
  2. Implementando medidas similares a las tomadas durante el COVID. Obviamente, sin necesidad, en esta ocasión, del confinamiento

¿Cuáles son esas medidas?

No quisiera extenderme en el relato de sucesos alarmantes que están ocurriendo:

Según declaraciones de Raúl Sánchez Salguero, investigador del Área de Ecología de la Universidad Pablo Olavide de Sevilla, para el documental Las dos cabras de Hassan, «el cambio climático está afectando a la producción agrícola mundial y hay multitud de evidencias que han mostrado que la estabilidad del sistema [alimentario global] está totalmente comprometida a día de hoy».

Una declaración como esta debería, por sí sola, ser suficiente para cambiar de rumbo inmediatamente. Pero el arsenal de informaciones en ese sentido es descomunal. Otro ejemplo, dado no desde el activismo climático sino desde el corazón mismo del sistema económico que nos gobierna: Altos cargos de compañías aseguradoras como la alemana Allianz o la británica AVIVA, están poniendo de manifiesto, a través de varios estudios, el riesgo real de colapso por motivos climáticos de compañías aseguradoras, colapso que arrastraría a la banca y, consiguientemente, a todo el sistema económico.

En los últimos cinco años se ha producido un punto de inflexión que ha provocado el desconcierto de los científicos. Este punto de inflexión nos ha llevado en 2024 a superar el grado y medio de aumento de la temperatura del planeta con respecto a la era preindustrial. Es un aumento que en 2022 aún se veía posible que no sucediera hasta 2100. Eso da una idea de la velocidad y el caos de los acontecimientos.

De ahí que declaraciones como la siguiente, realizada al diario El País por el veterano meteorólogo Francisco Martín León en 2023, sean cada vez más frecuentes: «Los cambios se están produciendo a una velocidad sin precedentes. El sistema climático está fuera de control».

El anteriormente nombrado Kevin Anderson afirma: «Ya no quedan vías no radicales. Nos enfrentamos a una dura disyuntiva: un cambio social y técnico rápido y de gran alcance, o una transición retardada marcada por trastornos sociales cada vez más caóticos y potencialmente violentos a medida que se aceleran los impactos climáticos. A principios de 2026, el margen para tomar esta decisión se está cerrando rápidamente».

¿Están justificadas las peticiones para parar en seco este sistema tomando como referencia el parón del COVID, sistema que, de una forma injusta, insolidaria, egoísta y suicida nos está llevando al abismo?


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