La Voz de Asturias

Tiempo de incertidumbre

Opinión

Francisco Carantoña

18 Mar 2026. Actualizado a las 05:00 h.

Cuando han transcurrido más de quince días desde el inicio del ataque de Estados Unidos e Israel a Irán, tenemos algunas certezas y muchas incógnitas. No cabe duda de que fue Netanyahu el que arrastró a Trump a la guerra, lo afirmó el propio secretario de Estado Marco Rubio; tampoco de que la meta del gobierno israelí es destruir la capacidad militar y económica de Irán y de las organizaciones chiíes que lo apoyan, especialmente Hezbolá en el Líbano. También son conocidos sus métodos y su escaso respeto a la población civil.

Estados Unidos atacó a Irán empujado por Israel, pero ¿con qué objetivos? Conocerlos sería importante para poder saber cuándo podría terminar la guerra, pero las contradictorias declaraciones de su presidente dan a entender que o eran quiméricos o no están definidos. Quimérico era pensar que con bombardeos, sin una invasión terrestre, caería el régimen de los ayatolás. Cualquier persona medianamente informada, esas que el bermejo albardán detesta y ha alejado de su entorno, sabía que Irán no era una dictadura personal sino un régimen político institucionalizado, que no tendría dificultad para reponer a sus líderes. ¿Cuándo considerará entonces Trump que ha obtenido la victoria? Una rendición incondicional de Irán no es probable a corto plazo. El régimen sabe que supondría su desaparición y los bombardeos sobre escuelas, hospitales y zonas residenciales han reforzado el patriotismo de los iraníes. Es comprensible que una buena parte de la población rechace que dos potencias extranjeras, tradicionalmente enemigas y que solo desean empobrecer al país, sean las que dicten su futuro. El peso de la religión en la voluntad de resistencia tampoco es despreciable.

¿Cuánto puede resistir Irán? La propaganda oficial ha señalado que posee grandes reservas de drones y misiles en almacenes subterráneos. Si es cierto, puede seguir atacando a sus vecinos aliados de Estados Unidos y a las bases de este país y bloquear el tránsito de buques por el estrecho de Ormuz durante semanas. En Irak solo ha habido hasta ahora incidentes menores, aunque crecientes, pero si ese país estalla con un levantamiento de los chiíes todo se complicará aún más para judíos y americanos y para las monarquías árabes sunnitas, en absoluto neutrales. The New York Times ha informado de que Bin Salman ha pedido a Trump que siga golpeando duro a Persia. Los hutíes de Yemen, chiitas, muy castigados por Arabia Saudí, Israel y Estados Unidos, han permanecido pasivos, pero si bloqueasen Bab el Mandeb la crisis del comercio internacional se agravaría enormemente. Podría darse la vuelta a la pregunta: si Irán no se rinde o queda pronto sin armamento ¿cuánto resistirá Donald Trump?

Es asombroso que la administración Trump no haya previsto que Irán, colocado en una situación desesperada, respondería de la forma en que más podría dañar a Estados Unidos y a sus aliados árabes sunníes, con el ataque a la producción, refino y comercialización del petróleo y sus derivados. El elevado precio de la guerra puede no ser suficiente para disuadir a la enferma mente del presidente americano, el déficit ya lo pagará el país cuando haya terminado su mandato y, ahora, se están beneficiando empresarios amigos e incluso familiares directos con la producción de armas. Ha llegado a afirmar que el elevado precio del petróleo enriquece a Estados Unidos, primer productor mundial, pero la inflación, el aumento del paro y una posible recesión hundirían a los republicanos en las elecciones de noviembre, limitarían mucho los dos últimos años de su mandato e incluso podrían sacarlo anticipadamente de la Casa Blanca.

Como bien decía el domingo Shlomo Ben Ami en El País, lo excepcional no es que la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán viole el derecho internacional. Recordaba en su artículo que, desde 1945, solo dos guerras fueron autorizadas por el Consejo de Seguridad de la ONU, la de Corea de 1950-1953 y la primera del Golfo, de 1990-1991. En el periodo de entreguerras, Estados Unidos ni siquiera perteneció a la Sociedad de Naciones. Por mucho que digan bien intencionados tertulianos y analistas de escasa memoria o poco conocimiento de la historia, no se trata de volver a un periodo de respeto del derecho internacional que nunca existió, el objetivo debería ser establecer un nuevo marco y conseguir el compromiso de las superpotencias, incluido Estados Unidos, de que lo respetarán.

Para Ben Ami, la principal diferencia con el pasado es que esta guerra carece de un objetivo claro o alcanzable, pero hay algo más. Aunque siempre actuase con prepotencia, Norteamérica solía consultar a sus principales aliados-subordinados o incluso buscaba implicarlos, como en la segunda guerra del Golfo o la de Afganistán. Ahora, Estados Unidos e Israel han atacado a Irán por sorpresa, sin consultarlo con nadie y sin valorar las consecuencias, por eso es asombroso que Trump pida apoyo internacional para abrir el comercio por el estrecho de Ormuz. No se sabe si cree que Irán no se atreverá a atacar a una flota multinacional o si lo que pretende es que los drones persas hundan barcos británicos, franceses, italianos o españoles y no estadounidenses. Es posible que acabe contando con el siempre fiel Reino Unido, aunque Starmer parece que quiere demostrar que no es Toni Blair, pero Europa lo ha rechazado. Estuvo muy acertado el ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius, cuando se preguntó '¿Qué espera Trump que puedan lograr un puñado de fragatas europeas en el estrecho de Ormuz que no pueda conseguir la poderosa armada estadounidense?'. No se trataría de proteger el comercio internacional, sino de un acto de guerra contra un país que intenta defenderse de una agresión con los medios de que dispone.

Paralelamente, el bermejo albardán ha hecho un nuevo desaire a sus “aliados” europeos al decidir unilateralmente levantar parte de las sanciones a Rusia. Hace tiempo que se desentendió de Ucrania y dejó de suministrarle ayuda, ve ese conflicto como un mero contratiempo que le impide normalizar las relaciones con la Rusia de Putin.

No ha tenido mucho recorrido la aseveración del trumpismo hispánico, impulsada por un desvarío de la señora von der Leyen, de que rechazar la guerra es apoyar a la teocracia iraní. Podrían haber surgido dudas si los atacantes hubieran demostrado que su objetivo era conducir a ese país hacia la libertad, la democracia y la igualdad para las mujeres. Eso hubiese exigido un plan serio, en el que tendría que haber tenido protagonismo la oposición. Nadie tiene ya dudas de que eso no está sobre el tablero. No sé de ningún demócrata o progresista que haya derramado alguna lágrima por Jameneí y sus secuaces, pero quienes sí las merecen son las niñas de la escuela de Minab, los miles de mujeres y de hombres, de niñas y de niños que, en Irán y en el Líbano, como en Gaza, ven diariamente sus vidas destrozadas y sus casas derruidas, los millones de desplazados.

Irrita especialmente la inmoralidad del trumpismo. Fue intolerable la explicación que dio el amoral presidente ante sus seguidores, mientras bailoteaba como el reyezuelo de una tribu de caníbales de película de los años cuarenta, de que había decidido hundir una nave persa cerca de Ceylán porque ¡era mas divertido que capturarla! Mas de ochenta muertos, decenas de heridos, pero el gorila y su tribu se divirtieron mucho. No sé qué tienen que ver con el Evangelio las predicaciones de esos charlatanes que estuvieron adorando al bermejo albardán en la Casa Blanca y animándolo a continuar con sus desatinos, más bien parecían integrantes de una secta satánica.

Es incierta la duración de la guerra, también la gravedad de sus consecuencias. No es posible asegurar que el trumpismo sea derrotado en las elecciones de noviembre, ni siquiera es inverosímil que Trump intente evitar que se celebren. Tampoco es seguro que su derrota devuelva cierta estabilidad al mundo. Eso sí, es muy probable que la mayoría acabemos el año siendo más pobres y que Trump y su banda lo hagan siendo más ricos. No hay certezas sobre Ucrania, a la que Bélgica también propone ahora abandonar, es caro resistir a Putin. Incertidumbre añadida crea la ola reaccionaria que sufre Europa. Quizá Hungría permita la entrada de un rayo de esperanza, si Orbán pierde en abril, pero la inquietud seguirá, al menos, hasta las presidenciales francesas de 2027.

En este tiempo de incertidumbre, Castilla y León ha celebrado unas elecciones que han dejado pocas sorpresas. Como siempre, salvo en 1983 y 2019, aunque en este último caso el PSOE fue la fuerza más votada, pero las Cortes tuvieron la habitual mayoría de centroderecha, vencieron las derechas, con el Partido Popular como primera fuerza. Ni siquiera aumentó mucho su peso, PP y Vox sumaron ahora el 54,39% de los votos, poco más que los partidos de centroderecha en convocatorias anteriores, la mayor diferencia estriba en el ascenso de Vox, que ha sustituido a Ciudadanos o a las otras corrientes centristas que históricamente tuvieron representación. En Castilla y León, el giro a la derecha, más que en un aumento de sus votos frente a las izquierdas, se muestra en la radicalización de parte del electorado conservador. A pesar de todo, Vox parece haber frenado su crecimiento, lo que sería una buena noticia. El PSOE salvó los muebles, con un ligerísimo avance en porcentaje de votos y dos procuradores más, pero a costa de que las fuerzas situadas a su izquierda se convirtiesen en extraparlamentarias.

Las tres elecciones autonómicas que se han celebrado desde enero muestran que cada comunidad es diferente y que puede conducir a error extraer conclusiones precipitadas de los resultados. El PP consiguió un rotundo triunfo en Extremadura, un fracaso, aunque lograse la mayoría relativa, en Aragón y una victoria con subida en votos y escaños en Castilla y León. El PSOE rozó la catástrofe en las dos primeras, pero obtuvo una derrota digna en la última. Las tres confirmaron la hegemonía de las derechas, con Vox por debajo del 19%, que no deja de ser un porcentaje estimable, pero no justifica las ínfulas victoriosas de su caudillo: en todas ellas, más del 81% del electorado prefirió a otras candidaturas. Lo que sí puede concluirse es que el PSOE tendrá muy difícil aspirar a formar gobierno en 2027 si para llegar al 30% de los votos necesita que se hundan sus posibles aliados de izquierda. No tiene garantizado el apoyo del centroderecha nacionalista y regionalista, al que el PP preferirá acercarse si los resultados de las elecciones generales le permiten librarse de la garra de Vox.


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