La Voz de Asturias

Torrente en el fin del mundo

Opinión

Xabier Pérez
Santiago Segura, que encarna una vez más a Torrente, también dirige, de nuevo, la sexta entrega de la saga.

22 Mar 2026. Actualizado a las 05:00 h.

Mucho se ha escrito sobre el último y escurridizo estreno de Santiago Segura, tras semanas de una promoción casi ilusionista que ha hecho invisible cualquier avance en foto o vídeo, más allá de la única imagen que se filtró hace unos meses y que mostraba la faceta política de la nueva película en una analogía bastante literal de VOX. Ahora que uno de los hombres más rentables del cine español ya ha permitido que se haga público el póster y el tráiler oficial, tal y como él mismo comunicó en su reciente entrevista con su amigo Pablo Motos (que también hace de Pablo Motos en la película), es un buen momento para que los articulistas u opinadores nos refiramos al resultado con argumentos que puedan hablar abiertamente de ejemplos concretos con respecto al contenido argumental y de forma.

Si tuviera que resumir mi experiencia de ayer en unos cines de Oviedo, donde además tengo el gusto de colaborar, la experiencia se vería resumida tal que así: me sorprende gratamente el arranque fresco y renovado de una introducción que me recuerda al universo animado de Francisco Ibáñez, reconozco a Torrente aunque se le vea más mayor y delgado y porque está claro que el tiempo no ha pasado para él, me río levemente con algún chiste bien entrado por muy desagradable que pueda antojarse, empiezo a comprender la voluntad satírica que magnifica la situación política de España con bastante gracia por momentos y con algo de exceso de distopía en su caricatura, no me molesta el cuñadismo inflado de los aspavientos del protagonista porque intuyo que el creador de su personaje lo considera tan cuñado como realmente lo es, sí empiezo a molestarme con que haya más figurantes con investigaciones judiciales en su historial con independencia de que también hagan acto de presencia gentes sin manchas en su trayectoria profesional, y luego me doy de bruces todavía un poco más y peor con la realidad cuando el filme me muestra a un Kevin Spacey haciendo de último villano por sorpresa que, en lugar de poner a prueba los mínimos códigos honorables de José Luis Torrente, sencillamente termina sacando lo peor del policía corrupto que se vende a sus intereses extranjeros y a su control mesiánico.

La no existencia de una batalla final donde Torrente hubiese podido medir sus propias fuerzas morales es lo que pone en entredicho la existencia misma de la película desde una vertiente narrativa, porque Torrente tiene un objetivo político que apenas encuentra conflicto antes de que aparezca resuelto en bandeja de plata, cuando en su lugar podría haber restaurando el orden constitucional y democrático frente a un malo muy malo extranjero que secuestra el futuro de un país que, por mucho que le disguste su modernidad y su corrupción cuando ésta no es de derechas ni franquista, sigue siendo el mismo país rojiblanco de su estimado Atleti, el de El Fary que tanto idolatra, el de los bares, el de jamón serrano, el de tantas horas de sol y, a fin de cuentas, el de sus amigos incondicionales (que es lo que hace más profunda y redonda a la primera entrega). Pero no, Santiago Segura despoja toda posibilidad de luminosa redención a su cuñadísimo «putero y machirulo», parece que no cree en el arco de los personajes que los gigantes del oficio como Eastwood sí procuran a los suyos en una constante evolución y rectificación humanista. Aún así, si la contratación de un reconocido actor de Hollywood acusado de abusos sexuales nos enseña algo a propósito de sus propia intervención en la historia de Torrente es, din duda, que la política española está subordinada a las causas personalistas y a los chantajes o las influencias que emanan sus respectivas cuotas de poder, normalmente desde la gran empresa privada procedente de Estados Unidos, la misma que favoreció el segundo ascenso presidencial de Donald Trump, que también tiene su particular cameo en el metraje.

Sin embargo, seleccionar precisamente a rostros tan controvertidos y polémicos como Kevin Spacey, el Pequeño Nicolás, Vito Quiles o Willy Bárcenas, que tan pronto te compone el tema principal de la película como te hace de pijo cayetano que acaba de tesorero igual que su padre condenado, no pone demasiado fácil a Segura aclarar en varias entrevistas que la película solo tiene buenas intenciones y que tan solo aspira a entretener y divertir. Que sí, que Jordi Évole está, que Cristina Pardo e Iñaki López también, como Marta Flich o Gonzalo Miró, pero no es menos evidente que la predominancia en el casting se la llevan las «perlas» anteriormente concretadas con nombre y apellido. Por no hablar de Claudio Bermejo, más conocido como el Dandy de Barcelona, un tipo que presume de haberse acostado con miles de prostitutas y que en el preestreno continuó compadreando con Vito Quiles ya fuera de la pantalla y mandando recados en sus canales de YouTube a los «rojos». Este es, probablemente, el problema de Torrente Presidente como título de estreno, que igual no es «facha» ni «fascista» pero tampoco es todo lo contrario: ¿Por qué si no tantas ganas de contar con personalidades tan cuestionables? Luego, puede que la intención sincera de Santiago Segura sea la de equiparar las maldades de unos y otros como un problema sistémico de las instituciones actuales a través de una sátira inofensiva, pero, cuando escuchas a voces de jolgorio detrás de tu butaca que banalizan la realidad más allá de la ficción y marchan de la sala riéndose de que «todo da igual» porque parece que la realidad es tal cual se muestra en la ficción, quizás la película quiere ser inofensiva al tiempo que ejercita la nocturna cultura del caballo de Troya: la apariencia inofensiva y neutral puede ser el cuerpo de un organismo más complejo que lleva a la reafirmación del espectador que ve en Torrente una fotocopia de lo que le rodea, de manera que, si todo da igual incluso en democracia, solo queda el individualismo como forma de convicción y evasión, es decir, invocar la personalidad y psicología del mismo José Luis Torrente. Como los mejores cuentos, que entretienen mientras enseñan y promulgan una serie de determinados valores, el entretenimiento que propone «el brazo tonto de la ley», se quiera o no se quiera, también lo hace. Santiago Segura debería saber, si no lo sabe ya, que las películas no son solo películas, como los cuentos infantiles no son solo para la infancia.

A colación de los titulares sensacionalistas tras la recaudación de Torrente Presidente, puede ser conveniente precisar en estos días que el éxito comercial de un estreno está fuertemente condicionado por el alcance de las productoras y las distribuidoras a las redes generalistas de promoción, por los canales de visibilización y exhibición que lo admitan y en base a otras cuestiones técnicas, creativas o corporativas. Evidentemente, las películas que se incentivan en los Goya no suelen estar respaldadas por el oligopolio mediático que componen Mediaset o Atresmedia, que es el que suele estar detrás del emprendimiento audiovisual de Santiago Segura, y ello no responde a un criterio discriminatorio hacia el estilo particular de los proyectos del autor en cuestión, sino a un principio equitativo de justicia para con los nuevos talentos emergentes y las productoras que son específicamente cinematográficas, que previamente han tenido que competir desde una cuota de pantalla bastante limitada en favor de las grandes producciones norteamericanas y en festivales de cine nacionales e internacionales que han tenido que seleccionar y valorar positivamente a cargo de la recepción del jurado, de los críticos y, al final de todo, de todo el público en general. Hay mucha demagogia y desinformación interesada de parte sobre estas cuestiones y cómo funcionan desde dentro, solo faltaría que, a estas alturas de la película y de la historia, los proyectos financiados por grandes entidades debieran supeditar a las menos grandes también a nivel académico. El dinero obtenido no siempre dictamina la calidad de una cinta, muchas veces no ha sido así en la historia del cine, y, en cualquier caso, el dinero obtenido depende de todo el engranaje ligeramente advertido aquí.


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