La política no es un juego
Opinión
01 Apr 2026. Actualizado a las 05:00 h.
La brutal extravagancia de Donal Trump debería convertirse en una catarsis para las democracias, incluso para la ciudadanía de todo el planeta, independientemente del régimen político. La política no es un juego, votar o apoyar a cualquier cantamañanas, o facilitar que gane con una abstención poco meditada, porque ha subido la inflación, hay alguna norma que disgusta o las candidaturas alternativas son convencionales y aburridas, puede resultar peligrosísimo. Es más que legítimo el disgusto con la política, el desapego hacia los partidos tradicionales, pero no todo vale como castigo. Un fantoche vendedor de humo puede entretener en un show de televisión o en las redes sociales, pero otorgarle la confianza, entregarle el gobierno, es una irresponsabilidad.
Probablemente, entre los millones de manifestantes que el sábado 28 llenaron las calles de las ciudades de Estados Unidos al grito de “¡No Kings!” y contra la guerra de Irán había bastantes arrepentidos de haber votado al bermejo albardán o de haberse abstenido. Muchos serían latinoamericanos, que ahora se sienten despreciados y perseguidos, también estarían los que creyeron en las promesas de prosperidad, pero ven que los precios suben en vez de bajar y que son demasiados los signos que anuncian una grave crisis económica. Para los norteamericanos más reflexivos y de firmes convicciones democráticas debe suponer una humillación diaria contemplar como ese tipo ridiculiza a su país, mancilla su historia y pisotea las leyes y la Constitución. Es importante el rechazo popular a una guerra sin sentido, inmoral como casi todas y para la que no se adivina un final que palie los daños. Aunque no parece que la protesta sea suficiente para amilanar al endiosado patán, las elecciones parlamentarias de noviembre cada día están más cerca.
Italia ha mostrado como un país que, probablemente en busca de una mejora de la economía y de cierta estabilidad, votó a una coalición muy conservadora puede evitar que dañe a la democracia. El pueblo italiano le dijo claramente a su gobierno que no le había dado carta blanca para transformar el sistema político. La reforma judicial impulsada por el gobierno de Meloni iba más allá de separar las carreras de jueces y fiscales, que ya lo están en la práctica, buscaba disminuir la independencia judicial e incluso humillar a unos magistrados a los que muchos poderosos no perdonan el golpe que supuso la campaña de “manos limpias”. La justicia italiana es lenta y por eso muchas veces injusta, pero los jueces depuraron a los políticos corruptos y asestaron duros golpes a la mafia y la camorra. No es casual que fuese en el sur, en Campania y en Sicilia, donde el “no” obtuvo mayor porcentaje de votos. Como había sucedido antes con Renzi, aunque su propuesta de reforma fuese muy diferente, los italianos demostraron que ven en la Constitución una garantía para la democracia, prefieren que no se reforme en vano, aunque tenga defectos. Es muy importante el apoyo masivo de los jóvenes al “no”, ni es natural que se inclinen por la extrema derecha ni es imposible combatir la influencia que esta ejerce sobre parte de ellos en algunos países como España.
“Un Dios que rechaza la guerra, al que nadie puede utilizar para justificar el enfrentamiento, que no escucha la oración de quienes hacen la guerra y la rechaza diciendo: ‘Por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: ¡las manos de ustedes están llenas de sangre!’”. Al escuchar las palabras que León XIV pronunció el Domingo de Ramos era inevitable recordar la escena, entre ridícula y dantesca, de los predicadores, sedicentes “evangélicos”, implorando por su señor de la guerra en la Casa Blanca, o el rezo del secretario de Defensa Hegseth para que “cada bala dé en el blanco”. Ni Trump ni Hegseth son católicos, tampoco los “evangélicos” creen en el Dios del Evangelio, pero el papa tiene un fuerte ascendiente moral sobre el conjunto de los cristianos e incluso entre otras religiones.
Resulta patético que los trumpistas españoles, la señora Ayuso y los reconquistadores de Vox, que alardean de católicos, hayan puesto el antisanchismo por encima de las que debieran ser sus convicciones morales. Incluso el Partido Popular se mueve en una ambigüedad que contrasta con la claridad de dirigentes europeos no ya de su misma tendencia política, sino teóricamente más derechistas, como Giorgia Meloni. Hasta el principal periódico conservador madrileño, siempre católico además de monárquico, parece incómodo con tener que informar sobre la guerra, que casi oculta, y con la firmeza del papa. No hubo pronunciamientos contra la provocación anticristiana de Israel el mismo Domingo de Ramos, que no fue un error. El integrismo judío que apoya a Netanyahu detesta a los cristianos como a los musulmanes, lo manifiesta en Palestina y en el Líbano. Su objetivo es un Estado confesional, en el que si queda alguna minoría religiosa sea puramente residual, el pleno control de Jerusalén y el crecimiento de su territorio a costa no solo de los palestinos de Gaza y Cisjordania, sino también de libaneses y sirios. Nuestra derecha debería ser consciente de que coincidir con Pedro Sánchez cuando tiene razón no contamina, le hace más daño enfangarse en el sectarismo o estar siempre atemorizada por las bravuconadas de Abascal.
Es difícil aventurar que hará Trump porque ni siquiera se sabe por qué hace las cosas, su verborrea, permanentemente contradictoria, tampoco ayuda. El lunes dio una rueda de prensa para presentar bocetos digitales ¡de su salón de baile en la Casa Blanca! Parece claro que atacó a Irán empujado por Netanyahu, pero sorprende que sus asesores no hubiesen previsto las complicaciones que ya se están produciendo, desde cómo afectaría a sus aliados árabes sunníes hasta la muy probable extensión del conflicto a Irak y al Yemen, con el añadido del posible bloqueo del estrecho de Bab el-Mandeb. Ni la inflación provocada por el encarecimiento del gas y el petróleo ni el endeudamiento de Estados Unidos lo benefician políticamente, menos lo hará el incremento de militares muertos. ¿Será cierto que Netanyahu puede chantajearlo? ¿Habrá puesto por delante de su futuro político los beneficios económicos de su familia? ¿Su estúpida vanidad lo hará soñar con una entrada triunfal en Teherán? Es verdad que le quedan menos de tres años de mandato, pero se arriesga a salir de la Casa Blanca anticipadamente, con un impeachment, o, al menos, a que su último bienio sea un infierno. Aunque lograse una victoria sobre Irán, las consecuencias económicas de la guerra serán duraderas.
No es posible saber si realmente hay abierta una negociación entre Estados Unidos y los gobernantes de Irán, tampoco si Trump atacará por tierra o si en cualquier momento decidirá poner fin al conflicto atribuyéndose una victoria. Continúa la incertidumbre, también las muertes de inocentes, la destrucción y los desplazamientos masivos de población. La extrema derecha siempre es una amenaza para la democracia y para la convivencia, pero que la encabece un cretino multiplica los riesgos, votar no es jugar.