Maldad y estupidez
Opinión
14 Apr 2026. Actualizado a las 05:00 h.
Según el principio de Hanlon no se debe atribuir a la maldad lo que se explica adecuadamente por la estupidez y, muchas veces, esta regla es útil para tratar de entender algunos comportamientos perturbadores y dañinos. En el caso del Presidente Trump, sin embargo, esta tesis ha de ceder ante la comprobación empírica, reiterada y contumaz de la combinación de maldad y estupidez altamente concentrada en el hombre más poderoso del mundo.
Que la maldad anida en su proceder lo contemplamos en sus actos y su escalada verbal, donde ya no puede llegar más alto su abyección. Para lanzar el repetido ultimátum a Irán importa con desparpajo la retórica que el fanático Gobierno de Israel ha utilizado asiduamente al amenazar con llevar a la Edad de Piedra a sus vecinos (así lo ha dicho respecto de Gaza y del Líbano, con actos consecuentes a tal aspiración destructiva). Probablemente Estados Unidos tenga esa capacidad de demolición, en efecto, aunque quien ya está moralmente en la Edad de Piedra (y que me perdone el hombre de las cavernas) es en todo caso él y no el pueblo iraní. Se autoimputa crímenes de guerra al fijar como objetivos infraestructuras y plantas energéticas, convirtiendo la devastación en el signo de su acción militar, atacando también universidades, escuelas y centros sanitarios (como ha reportado valientemente The New York Times), en un patrón nuevamente similar al de su feroz aliado. Y culmina todo ello con la advertencias de destruir de la noche a la mañana una civilización, ofreciendo de un solo golpe la prueba de cargo de la intención genocida de sus posibles actos. Apercibir con extirpar una civilización de la faz de la tierra es el lenguaje puro y duro del nazismo. Lo que el romo nacional-populismo trumpiano es incapaz de entender es que en el acervo «occidental» del que se erige adalid también se encuentra aquello que dice estar dispuesto a erradicar, pues de un modo u otro todos somos producto de la relación intercultural. En esas confluencias, sedimentos y decantaciones, además, la civilización persa no ha sido precisamente improductiva o discreta. Por ejemplo, persa es la incorporación de los pantalones como prenda masculina, el reconocimiento escrito de derechos al pueblo en el cilindro de Ciro, la popularización de los jardines, la mensajería a caballo, el cultivo de las espinacas, el conocimiento médico de Avicena, el álgebra y la matemática de Omar Jayam (también poeta) y de Al-Juarismi, de cuyo nombre latinizado derivan los términos «guarismo» y «algoritmo», tan de moda. Sus amigos tecnofeudales de Silicon Valley quizá puedan explicárselo. Cuando un criminal como Trump habla de acabar con una civilización, en suma, también está hablando de segar sus propias raíces, porque todas están entrelazadas, y este axioma vale para cualquier potencial genocida aunque lo desconozca y no se atreva a preguntárselo.
Que la necedad gobierna los actos de Trump lo vemos por las consecuencias perniciosas para sí y para su propio país, además, naturalmente, del dolor que causa a sus víctimas (en este caso, el castigado pueblo iraní). Cumple, por ello, la estricta definición de estupidez dada por Cipolla, al causar daño a los demás sin obtener beneficio o incluso provocando el perjuicio propio. El poder de negociación ganado por el régimen iraní tras esta etapa del conflicto; la desaparición por tiempo indefinido de la navegación segura y libre en el Estrecho de Ormuz; las tensiones en los mercados de gas y petróleo mundiales, que probablemente nos conduzcan a una recesión infligida por la memez del emperador; la previsible subida de tipos de interés con el perjuicio al crédito empresarial y familiar; la lesión al poder adquisitivo y al ahorro con el repunte de la inflación; el impacto en la agricultura por los precios de fertilizantes y combustibles; la inestabilidad social y precariedad alimentaria que todo ello traiga (para Estados Unidos y para tantos otros países), serán la huella de insensatas decisiones de intervención militar que carecen probablemente de planificación, conocimiento, objetivos, y, por supuesto, amparo legal. Todo ello con el añadido dramático para los movimientos de contestación en Irán, silenciados y reprimidos por un poder brutal que ahora se siente reforzado a pesar de los estragos, donde las voces reformistas quedan acalladas y los sectores más recalcitrantes se reafirman. Precisamente cuando, tras oleadas de contestación popular cada vez más intensas y cada vez más frecuentes, el régimen podía ser sobrepasado por la fuerza y carácter masivo de las protestas. La conversación entre líderes intelectuales de la diáspora iraní que cierra la obra colectiva «Mujer, Vida, Libertad» (Editorial L’Iconoclaste, septiembre de 2023) bien lo recoge, con carácter premonitorio, cuando el politólogo iraní Farid Vahid, investigador en la fundación Jean-Jaurès y miembro de la joven generación que cuestiona el estado de cosas en su país, afirmaba, en el momento de aquel diálogo retratado, que «lo único que hoy podría reforzar al régimen islamista sería que un país extranjero decidiera atacar a Irán. Yo diría que es su sueño. No hay otro contexto en el que este régimen sea capaz de subsistir». Aunque la incertidumbre y los cambiantes acontecimientos puedan deparar otra cosa, de momento ese pronóstico tiene visos de cumplirse.
La estupidez trumpiana tiene, por otra parte, su reflejo estético y su aspecto grotesco. Lanzar amenazas vandálicas de destrucción mientras se acoge a niños y sus familias en un juego de Pascua en la Casa Blanca y con un figurante disfrazado de conejo a su lado, demuestra la vertiente surrealista del nacional-populismo. Llevan su exaltación de la muerte a todos los rincones, también a una actividad infantil a la que no se priva de contemplar un espectáculo de tal pornografía. Puede que veamos algo parecido cuando en unos días reciba en el despacho oval a los astronautas de la misión Artemis II, que nos han dedicado las palabras habituales sobre la belleza y unidad del planeta vista desde el espacio. «Todos los humanos formamos parte de la misma tripulación», dijo Christina Koch, junto con otros mensajes parecidos de sus compañeros. La opinión pública norteamericana, que aparentemente saluda esa afirmación, sigue siendo incapaz de entender a quién sirve la propaganda anudada a la carrera espacial. En efecto, a tenor de los precedentes, es probable que Trump utilice el éxito de la misión en beneficio de su discurso ultranacionalista y su apología de la supremacía de los Estados Unidos, ocultando las aportaciones de terceros países en ese mismo programa (Canadá y la Agencia Espacial Europea) y por supuesto acompañándola de su discurso militarista, porque no entiende ningún aspecto de la vida sin depredación y eso evidentemente incluye las misiones espaciales. El presidente felón elogiará el módulo que les trajo de vuelta, que se ha denominado, «Integrity», que es precisamente de lo que él carece. Lo hará con la misma contradicción con la que habla de ley y orden mientras los desprecia y subvierte, y no sólo en el plano internacional. Si se llega a pisar nuevamente el satélite bajo su mandato, no le veo alentando «un gran paso para la humanidad», porque ese último término no entra en su vocabulario, si no es para contar sus potenciales siervos. Y conociendo sus credenciales, no va a despreciar ninguna ocasión para ponerse en la cúspide y al resto en el fango. Por otra parte, nadie de los que desfila por su despacho para reírle las gracias ha tenido la valentía de pedirle cortésmente ante las cámaras que detenga su política cruel; ya va siendo hora de que alguien dignamente se salte el protocolo, ojalá fuese la propia Koch.
No hay conciliación posible con el trumpismo, ni con sus émulos en estas latitudes, pues el problema no sólo es su retórica ni sus bravuconadas, sino su proceder continuado, sin redención posible y con consecuencias inmediatas y tangibles. No funciona tampoco la humillante lisonja para lograr pequeñas salvaguardias, que algunos dirigentes europeos triste y cobardemente han ensayado, ni limitarse a esperar que el tiempo pase aceleradamente hasta que concluya su mandato. Sí cabe la serena contención de sus desafueros, su aislamiento y la suspensión de toda colaboración con su Gobierno mientras la sociedad norteamericana no se sacuda de encima el nacional-populismo que ha permitido su coronación. Hasta que lo que quede de las instituciones de su país, tras su asolador paso, comience a reparar los destrozos de su vileza.