La Voz de Asturias

120 años de un amor que no entiende de razones

Opinión

Dani Souto
Ferrero y Casas durante un partido en El Molinón. 1975. Muséu del Pueblu d'Asturies

Un sentimiento que crece desde la herencia y resiste pese a una realidad anclada en Segunda. El Sporting llega a su aniversario con el peso de su historia y la deuda de su presente.

09 May 2026. Actualizado a las 09:21 h.

120 años dan para mucho. Especialmente para generar un arraigo y un sentimiento de pertenencia que aún en la actualidad no cesa de crecer. Un amor a unos colores y un escudo que hoy solo se entiende por esa herencia de abuelos a nietos, alejada prácticamente de toda razón lógica. Ser del Sporting es fácil por muchos motivos, por más que se empeñen en ponerlo difícil. No son pocos los domingos que te preguntas por qué, pero el lunes sigues ahí. Y es que el amor muchas veces vive en el plano irracional.

En 120 años el Sporting tuvo tiempo para atravesar diversas crisis económicas, vivir ascensos y descensos, alguno incluso librado por la suerte de una moneda. Da hasta para medirte a los mejores, mirarlos de tú a tú, mostrar tus colores por Europa con orgullo o probar los sinsabores de quedarte a la orilla de ser el mejor. Pero también da para vivir la oscuridad y la mediocridad. Y en mis ojos, con poco más de 30 primaveras, ha sido casi la única experiencia vivida, apenas con dos chispazos a modo de excepción.

Premios en forma de ascenso que, seamos honestos, son muy menores si los comparamos con los momentos de mayor lustre de la entidad. A pesar de ello, también creo que se es injusto con el recuerdo a la historia del club, pues alguien de mi edad en los años 60 podría pensar que esta era su única realidad. Algo que muchas veces se olvida o se obvia. Todos preferimos quedarnos con lo bueno, pero el Sporting es un todo, de ahí el peso de su escudo. Su afición es fiel reflejo de ello; siempre está presente, en cada rincón, en las buenas y las malas.

La mejor radiografía de su historia y su presente, curiosamente, la ofrece el himno, a pesar de haberse compuesto en 1984. Nos habla de un club con solera e historial, una entidad legendaria, pero no tarda en presentarnos una realidad ya alejada de lo que un día llegamos a ser. Se reza que otra vez volverá a triunfar, se apela a que la fe nunca decaiga o a que reviva sus laureles. Cuando por entonces era su presente. Lo que sí sobrevive al paso del tiempo es que del Sporting siempre esperamos más.

 

Un club que acostumbra históricamente a no cumplir con su propia expectativa. Un club que en la actualidad continúa atravesando horas bajas, anclado en Segunda. Podremos repetir que su masa social, su estructura interna o su infraestructura —ahora sí— son de Primera, pero eso no sacia a nadie. Nuestra realidad es la Segunda División, y no es nada circunstancial: vamos camino del décimo año consecutivo en la categoría. En mi vida he visto al Sporting 22 temporadas en ese escalón. Me es difícil conocer otra cosa.

El Sporting es lo que es hoy gracias a que en los 70 encontró su camino. La lástima fue tirarlo por la borda a inicios de los 90, con el punto de inflexión de las SAD. Qué mal nos salió aquello y qué contraste con esa generación dorada; las eliminatorias europeas con el gran Milan de Sacchi como referencia, las finales ante el Real Madrid, los grandes duelos ante el Barcelona. Todo eso lo viví en diferido, 30 años después. Algo demasiado frío para explicar un sentimiento que va tan adentro. Lo tomé como herencia, de las historias de esos padres y abuelos, pero es muy lejano a los recuerdos que yo he ido construyendo. 

Debo reconocerlo: ya no vivo el fútbol ni el Sporting como hacía antes. No soy capaz de desengancharme, aunque confieso que tampoco lo intento. Algo dentro de mí se ha ido apagando de forma inevitable. Y agarrarme a épocas que no viví no me sale. Pero vivir con ilusión el presente, tal y como se presenta, tampoco.

El cambio de propiedad en el verano del 22 me quiso avivar la esperanza de que por fin las cosas podían cambiar. Por fin podía ver algo diferente en mi vida rojiblanca y que el Sporting se acercarse a lo que debe ser. No le pido repetir las maravillosas décadas de los 70 y 80, el fútbol de hoy es muy diferente, pero sí ser algo más acorde a la expectativa. Tras cuatro años con Orlegi al frente, esa llama se fue apagando, como en el grueso de la afición. Ahora me conformo con que tomen decisiones coherentes, que sus buenas intenciones no resuenen en el eco y se conviertan en realidades.

120 años dan para mucho, pero el punto de partida sobre el que se seguirá escribiendo la historia de este gran club está lejos de ser el deseado. Lidiar con el peso de la historia les genera una deuda muy elevada con su presente. Ahí es donde más trabajo tienen por delante. Una historia de la que no se vive eternamente, pero sí se es. La afición ya ha demostrado que no los va a abandonar. La gran pregunta es si ellos harán lo necesario para a estar a su altura. En su mano está.


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