La Voz de Asturias

Florentino Pérez: el poder, el palco y el ocaso de la autocrítica

Opinión

José López Antuña
Florentino Pérez, durante la rueda de prensa celebrada el pasado martes.

16 May 2026. Actualizado a las 05:00 h.

La figura de Florentino Pérez trasciende desde hace décadas el ámbito estrictamente deportivo. Presidente del Real Madrid, constructor al frente de ACS, antiguo dirigente vinculado al entorno político del Partido Popular y uno de los hombres más influyentes del capitalismo español contemporáneo, Florentino representa un modelo de poder donde fútbol, empresa, política, comunicación y capacidad de influencia convergen en una misma estructura de mando.

El reciente episodio vivido en la rueda de prensa ofrecida por el dirigente madridista, marcada por el nerviosismo, el tono victimista y una retórica conspirativa impropia de un presidente institucional, ha evidenciado algo mucho más profundo que una simple reacción emocional tras dos temporadas consecutivas decepcionantes.

Lo sucedido no fue únicamente una comparecencia desafortunada. Fue la expresión visible de un modelo de liderazgo construido durante años sobre el control absoluto del relato, la ausencia de contrapoderes internos y la incapacidad creciente para aceptar críticas o asumir responsabilidades propias.

El «modus operandi» del poder: controlar el relato para evitar la autocrítica

Diversos análisis periodísticos y especialmente el libro Florentino Pérez: el poder del palco, del periodista Fonsi Loaiza, describen un patrón reiterado de actuación basado en varios elementos: influencia mediática, relaciones estratégicas con el poder político y económico, presión institucional y construcción de enemigos externos como mecanismo de cohesión interna.

Cuando el Real Madrid gana, el modelo aparece como una maquinaria perfecta. Cuando pierde, el sistema necesita buscar culpables fuera. Árbitros, UEFA, periodistas críticos, futbolistas señalados, «antimadridismo», medios incómodos o supuestas conspiraciones internacionales. La comparecencia encajó exactamente en esa lógica.

En lugar de ofrecer a los socios y aficionados un ejercicio serio de análisis deportivo y autocrítica institucional, Florentino Pérez optó por una huida hacia adelante. Nada explicó sobre las cuestiones realmente trascendentales: qué ha fallado en el vestuario, por qué el equipo ha mostrado una preocupante falta de intensidad competitiva, qué responsabilidad tiene la dirección deportiva, qué ocurrió con determinadas decisiones técnicas o cuál será la verdadera hoja de ruta del club.

No hubo reflexión sobre la gestión de la plantilla, sobre el deterioro táctico del equipo, sobre los conflictos internos, ni sobre una política deportiva basada más en el marketing global que en la construcción equilibrada de un proyecto futbolístico.

El fracaso deportivo y la cortina de humo

El gran problema para Florentino Pérez no son únicamente los dos años en blanco en términos competitivos. El verdadero problema es que el relato de superioridad permanente se ha resquebrajado. 

El FC Barcelona, con menos músculo financiero y atravesando enormes dificultades económicas, ha sido deportivamente superior durante largos tramos recientes. Y lo ha sido jugando mejor al fútbol, con una estructura táctica más reconocible, una apuesta más coherente por determinados jóvenes talentos y una identidad competitiva mucho más clara.

En vez de analizar qué ha hecho bien el rival y qué ha hecho mal el Real Madrid, la dirección blanca ha preferido refugiarse en discursos arbitrales y victimistas más propios de tertulias tabernarias que de una institución centenaria.

Resulta especialmente contradictorio que quien durante años defendió alianzas estratégicas con el Barcelona en proyectos como la Superliga europea utilice ahora el llamado «caso Negreira» como arma política y emocional, precisamente cuando el asunto continúa judicializado y todavía no existen condenas firmes concluyentes. Convertir sospechas o investigaciones abiertas en dogmas absolutos constituye una irresponsabilidad institucional.

Y además existe una realidad histórica difícilmente discutible: el Real Madrid ha sido tradicionalmente el club con mayor capacidad de influencia institucional en España. Negarlo sería desconocer décadas de relaciones privilegiadas con estructuras económicas, políticas y mediáticas.

Un liderazgo presidencialista y poco democrático

Otro elemento preocupante es la progresiva deriva presidencialista del modelo Florentino. La convocatoria anticipada de elecciones, unida a requisitos estatutarios prácticamente inasumibles para cualquier candidato alternativo, consolida una estructura casi inaccesible para la oposición interna. Formalmente puede existir democracia; materialmente, la competencia resulta extraordinariamente limitada.

La situación recuerda a ciertos modelos políticos donde el líder concentra tanto poder que termina confundiendo la institución consigo mismo. El club deja de ser una entidad plural para convertirse en una prolongación personal del presidente.

La reacción de Florentino contra periodistas críticos, medios de comunicación o madridistas discrepantes resulta especialmente reveladora. Hablar de «malos madridistas» o señalar indirectamente a periodistas por cuestionar su gestión refleja una concepción profundamente intolerante del debate público.

Paradójicamente, numerosas informaciones conocidas desde hace años describen precisamente a Florentino Pérez como un extraordinario operador de filtraciones, maniobras mediáticas y utilización interesada de determinados comunicadores cuando ello favorece sus objetivos estratégicos.

La libertad de prensa parece legítima cuando aplaude; problemática cuando fiscaliza.

El Bernabéu, la soberbia y el «rey desnudo»

La gran tragedia del poder excesivo es que termina aislando a quien lo ejerce. Cuando alrededor de un dirigente desaparecen las voces críticas reales, el líder corre el riesgo de confundirse con una figura infalible. Y ahí comienza la decadencia. Lo ocurrido transmitió precisamente esa sensación: la de un hombre poderoso, enormemente influyente, acostumbrado a imponer su relato, pero visiblemente incapaz de gestionar el cuestionamiento público.

Más que un presidente institucional, apareció un dirigente irritado, defensivo y emocionalmente desbordado. Un «rey desnudo» al que casi nadie se atreve ya a decirle que el problema no siempre está fuera. Porque quizá el verdadero enemigo del Real Madrid no sean los árbitros, ni la UEFA, ni los periodistas críticos, ni el Barcelona.

Quizá el verdadero peligro sea un modelo de poder donde la autocrítica ha desaparecido, la soberbia sustituye al análisis y el relato importa más que la realidad. Y cuando una institución histórica deja de mirarse honestamente al espejo, incluso el palco más poderoso puede terminar convertido en un lugar profundamente vacío.


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