La Voz de Asturias

Llanes: conservar lo salvaje también es saber convivir

Opinión

Paula Alicart
Vista del centro de LLanes

17 Jul 2026. Actualizado a las 05:00 h.

Desde hace treinta años, mis padres, mi hermana y yo regresamos al concejo de Llanes. No escribo desde la pretensión de que quien conoció un lugar antes tenga más derecho sobre él que quien acaba de descubrirlo. Escribo desde el afecto y desde la preocupación de haber visto cómo una Asturias recóndita, libre y profundamente vinculada a su paisaje empieza a perder aquello que la hacía distinta.

No me molesta que Asturias atraiga cada vez a más visitantes. Sería incoherente: mi familia y yo también llegamos de fuera. Lo preocupante no es que venga más gente, sino el modelo de visita que estamos normalizando. Hemos pasado, en demasiados lugares y demasiados días, de visitar a ocupar; de escuchar el paisaje a trasladarle el ruido de la ciudad; de disfrutar de una playa a convertirla en una extensión del aparcamiento, con altavoces, residuos, enormes neveras, juegos de pelota en cualquier espacio y la sensación de que todo debe adaptarse a quien llega.

Torimbia representa especialmente bien esa transformación. El propio Ayuntamiento de Llanes la define como una playa natural, popular desde los años sesenta por la práctica del nudismo y caracterizada por un entorno paisajístico agreste. Ese carácter no es un decorado ni una herramienta publicitaria: es precisamente su valor. Sin embargo, algunos días Torimbia corre el riesgo de convertirse en una especie de M-30 de arena. Cada vez queda menos de aquella convivencia espontánea entre vecinos, naturistas y viajeros que entendían que entrar en un espacio así exigía respeto, silencio y capacidad para adaptarse al lugar.

En ese contexto, la prohibición general de acceder con perros durante la temporada de baño resulta especialmente difícil de comprender. Un perro identificado, controlado, atado cuando sea necesario y acompañado por una persona que recoge inmediatamente sus excrementos no debería ser considerado, por definición, una amenaza para la higiene o para la convivencia. Naturalmente, quien no controle a su animal, no recoja, moleste a otros usuarios o altere la fauna debe ser sancionado. Nadie pide impunidad ni acceso sin condiciones.

Pero la responsabilidad debe ser individual. No se prohíbe la entrada a todas las personas porque algunas abandonen colillas, envases, restos de comida o pañales; tampoco porque otras instalen un altavoz, invadan el espacio común o hagan sus necesidades donde no corresponde. Se sanciona —o debería sancionarse— la conducta incívica. ¿Por qué, entonces, se excluye preventivamente a todos los perros y a todas las personas responsables de ellos por lo que podrían hacer algunos? La incivilidad no tiene cuatro patas.

Esta petición, además, no es una extravagancia contraria a la legislación. El artículo 29.7 de la Ley 7/2023, de protección de los derechos y el bienestar de los animales, dispone que los ayuntamientos promoverán el acceso a las playas y otros espacios públicos de los animales de compañía que no constituyan un riesgo, sin perjuicio de lo que establezcan las ordenanzas municipales. También establece que los municipios determinarán lugares específicamente habilitados para su esparcimiento. La norma no concede un derecho ilimitado a entrar con un perro en cualquier playa, pero sí invita claramente a sustituir la prohibición automática por una regulación razonable y con alternativas. El Gobierno del Principado recordó en marzo de 2026 que permitir o no el acceso de animales domésticos a las playas es una competencia municipal que debe ejercerse mediante ordenanza.

Asimismo, el artículo 4.1 de la Ley 40/2015 exige a las administraciones que, cuando establezcan medidas restrictivas, apliquen el principio de proporcionalidad, justifiquen su necesidad y valoren la medida menos restrictiva que permita alcanzar el objetivo perseguido. Esto no significa que nunca pueda prohibirse el acceso a una playa: habrá arenales, épocas o zonas especialmente sensibles en las que existan razones ambientales o sanitarias acreditadas. Significa que una prohibición general no debería ser la única respuesta cuando pueden estudiarse horarios, sectores delimitados o playas alternativas.

Llanes cuenta con más de treinta playas distribuidas a lo largo de 56 kilómetros de costa. ¿Es realmente imposible habilitar en todo el concejo una playa, un tramo claramente señalizado o unas franjas horarias para personas acompañadas de perros? Podrían establecerse horarios de primera y última hora, una zona piloto durante una temporada o espacios seleccionados después de los correspondientes informes ambientales y sanitarios. Las condiciones podrían ser estrictas: supervisión permanente, correa en las zonas compartidas, recogida inmediata de excrementos, prohibición de acceder a dunas o áreas sensibles, respeto a los demás usuarios y sanciones efectivas para quien incumpla.

Ni siquiera es imprescindible que Torimbia sea el lugar elegido. Si los informes técnicos concluyen que sus características ambientales hacen desaconsejable una zona canina permanente, deberá buscarse otro arenal compatible o establecerse únicamente algún horario concreto. Lo difícil de aceptar es que, en más de treinta playas, no exista ninguna alternativa legal durante la temporada de baño para quienes actúan responsablemente.

El Pleno municipal aprobó inicialmente en mayo de 2026 una modificación de la ordenanza para la tenencia, protección y derechos de los animales. Esa revisión constituye una oportunidad para debatir esta cuestión y para que la regulación no se limite, una vez más, a prohibir lo más sencillo de prohibir.

Pero el debate va más allá de los perros. Llanes debe decidir qué modelo turístico quiere. Salou y Benidorm son destinos perfectamente legítimos, pero representan una forma distinta de entender el litoral: concentración, volumen y adaptación intensiva del espacio al visitante. Llanes no puede copiar ese modelo sin dejar de ser Llanes. Su mayor riqueza no consiste en recibir el máximo número posible de personas, sino en conservar aquello por lo que esas personas desean venir.

¿Queremos un visitante que se adapte al carácter del lugar o un lugar continuamente transformado para absorber más visitantes? ¿Queremos una costa singular o una costa estandarizada? ¿Queremos que «Asturias, paraíso natural» sea una realidad o únicamente un eslogan?

Preservar el carácter salvaje de Torimbia y del litoral llanisco no significa ausencia de normas. Significa aplicar normas inteligentes, proporcionadas y dirigidas a las conductas que realmente generan suciedad, ruido, riesgo o deterioro. Significa poner límites a todos, también a los seres humanos. Y significa reconocer que un perro controlado y acompañado por una persona responsable no es el enemigo.

Por ello, solicito al Ayuntamiento de Llanes que estudie y habilite al menos una playa, un sector delimitado o unas franjas horarias para el acceso responsable con perros, con las condiciones y controles que resulten necesarios. No sería un privilegio, sino una medida elemental de convivencia. Se debe sancionar a quien incumple, no excluir anticipadamente a quien cumple. Asturias todavía está a tiempo de recibir visitantes sin perder su alma. La pregunta es si estamos dispuestos a protegerla de verdad.

 

 


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