¿Por qué a España le cuesta tanto asumir su historia?
Opinión
22 Jul 2026. Actualizado a las 05:00 h.
Sin duda, las guerras civiles son los conflictos más difíciles de superar. La de Estados Unidos finalizó hace 161 años y todavía es motivo de enfrentamientos políticos. Aunque ya queden pocas personas que la viviesen, la Segunda Guerra Mundial sigue estando muy presente en la memoria colectiva, no solo por el altísimo número de víctimas y la terrible destrucción que provocó, sino también porque tuvo mucho de guerra civil europea e incluso interna en bastantes países implicados. Las heridas que dejó todavía se perciben en Alemania, Francia, Croacia, Serbia, Italia... Al igual que en España, la renaciente extrema derecha tiene en esas naciones a los movimientos o regímenes políticos del nacionalismo fascista de aquella época como referencia histórico-ideológica más o menos explícita.
Es cierto que no todas las guerras civiles producen las mismas secuelas. En 1974, cuando comencé los estudios de Historia en la universidad, había pasado casi tanto tiempo del fin de la Segunda Guerra Carlista como ahora de la de 1936-1939 y aquella parecía un pasado muy lejano que, en todo caso, provocaba curiosidad. Se me dirá que la más reciente la había hecho olvidar, pero había otro motivo de peso: en 1876 habían vencido los liberales y se había establecido un sistema constitucional. Hubo represión sobre los vencidos, muchos se fueron al exilio, pero combinada con la indulgencia. No tardó demasiado tiempo en reaparecer la prensa carlista y en reconstruirse el movimiento político tradicionalista. También fue una guerra más limitada, no en el tiempo, pero sí en el ámbito geográfico. En cualquier caso, aunque el carlismo, muy minoritario, continuase existiendo, pasó a ser un episodio más de la conflictiva historia de la España contemporánea.
En 1939 se impuso la dictadura personal de un general antiliberal, con un régimen que la historiografía considera unánimemente que era en aquel momento fascista, aunque las derrotas de las potencias del Eje en la guerra mundial lo condujesen a un progresivo maquillaje que atenuó la retórica y la parafernalia falangista, que nunca abandonaría plenamente. No hubo reconciliación ni perdón para los vencidos. Solo sobrevivieron políticamente, aunque fusionadas en un artilugio creado por el propio general, las «familias» ideológicas derechistas que habían apoyado el levantamiento militar de julio de 1936: católicos, falangistas y carlistas. Los últimos cada vez más residuales, los primeros con fuerza creciente, aunque divididos en «subfamilias» no siempre bien avenidas, pero ninguna democrática. Los demócratas cristianos permanecerían en el ostracismo, al inicio en el exilio y, finalmente, en la época del fascismo más maquillado, en la oposición menos castigada o relativamente tolerada. Los falangistas se dividieron progresivamente en dúctiles, que acabarían protagonizando la transición como reformistas, e intransigentes, cada vez más minoritarios.
Los vencidos sufrieron una represión implacable, brutal, desconocida en la historia de España, por eso muchos fueron sorprendidos sin haber intentado huir o esconderse. Los asesinados se contaron por decenas de miles, España se llenó de campos de concentración porque los presos no cabían en las cárceles. Franco celebró sus «25 años de paz» con el cuerpo de Julián Grimau aun caliente. Si una herida no se trata adecuadamente, cura mal.
En 1975, cuando murió el dictador, habían pasado 36 años desde el final de la guerra. Como recordaba Julián Casanova en un artículo publicado el 17 de julio en El País, la historiografía franquista, el sistema educativo y la propaganda del régimen habían repetido que la Segunda República era la causante de la Guerra Civil, que los militares, con Franco a la cabeza, habían impedido que España cayese bajo el yugo comunista y, en la etapa final de la dictadura, que la guerra había sido una locura colectiva en la que todos habían perdido y el caudillo el gran modernizador del país tras la larga y dura posguerra. La esencia de lo que hoy sostiene el revisionismo político e historiográfico.
Si, como es evidente, esa visión de la historia caló en una parte de la sociedad española, no se debe solo a la propaganda. Como señalaba otro notable historiador, Enrique Moradiellos, el día 18 en ABC, la de 1936-1939 fue una auténtica guerra civil. Una parte importante de los españoles apoyó a los sublevados, no fueron solo militares, policías y escuadristas fascistas luchando contra el pueblo. Si eso se olvida, es imposible comprender por qué se asienta el nuevo régimen, algo que no se explica solo con la represión y el terror, y también la posterior historia de España. Las derechas fueron franquistas, no solo los terratenientes, financieros y grandes empresarios, sino las clases medias y populares católicas y conservadoras, que casi habían empatado a votos con el Frente Popular en febrero de 1936. No pretendo afirmar que todos los votantes de las derechas quisiesen un golpe de Estado, menos todavía una guerra civil, pero una vez que estalló, cuando comenzaron los asesinatos de sacerdotes y se produjo el movimiento revolucionario en las zonas fieles a la República, tenían claro su bando. Tampoco quiero decir que todos simpatizasen con los crímenes que cometían los sublevados o que fuesen fascistas, pero minimizaban los primeros o incluso los justificaban por los que cometían los «rojos». Era doloroso, pero era una guerra y el enemigo terrible.
Solo un sector muy minoritario de demócratas liberales o democristianos rechazó la rebelión de los militares o rompió con ellos al comprobar sus métodos y el sistema político que querían imponer. Durante la dictadura, la oposición interior más numerosa sería de izquierdas. No pretendo restar importancia a algunas personas relevantes, influyentes en exterior, útiles para que se notase la pluralidad de la oposición al régimen y para aglutinar en sus años finales a algún sector de clases medias, pero lo cierto es que, salvo en el País Vasco y Cataluña, tanto ellas como sus organizaciones tenían muy poca implantación en la sociedad, como se comprobó en las elecciones de 1977y 1979.
La conclusión es que la derecha política española procede del franquismo. Una parte de su base social era franquista en 1977 y otra, votante de UCD, aunque deseosa de una democracia moderna y ordenada, que nos equiparase al resto de Europa, no había estado incómoda durante la dictadura y estaba bastante impregnada por su propaganda. La derecha democratizada de la transición, que había tenido prebendas y cargos en la administración franquista, aunque no todos hubiesen sido dirigentes políticos del régimen, fue poco generosa con los liberales o democristianos que se habían opuesto a la dictadura. Fraga incorporó a alguno, convertido en extraño estrambote entre tanta momia franquista que poblaba su AP. Suárez realizó un esfuerzo mayor, pero la UCD reventó pronto. El PP de Aznar llegó a atraer a algunos, incluso a excomunistas, pero tuvieron poco peso. No es extraño que la derecha se sintiese incómoda con una historiografía que ponía al descubierto las miserias y la brutalidad de la dictadura y con una versión del golpe de 1936 y de la guerra que la deslegitimaba.
Es cierto que ya ha pasado mucho tiempo desde la transición, que los actuales dirigentes no tuvieron relación con la dictadura, salvo a través de sus familias, pero siguen apegados a Fraga Iribarne y a la visión de la historia que, en tanto que modernizador del país, considera que Franco fue el gobernante que preparó a España para ser una democracia, aunque no fuese ese su objetivo. Tampoco tuvo mucho éxito Aznar al intentar recuperar como referencia histórico-ideológica al liberalismo conservador de la Restauración o incluso a Manuel Azaña, su partido prefiere airear poco la historia o, como sucede ahora, usarla como arma contra las izquierdas y, especialmente, los socialistas.
Solo así se explica el empeño en vincular república y guerra e incluso en atribuir a la primera un carácter represivo que la equipararía a la dictadura. La Segunda República fue un intento de modernizar España y establecer una democracia plena, que contó con un apoyo transversal y entusiasta en sus inicios. No fue un régimen represivo o dictatorial. Aunque Vox se empeñe y el PP acepte su malévola ignorancia ¡la República no mató a nadie, el franquismo sí! Durante el periodo republicano hubo violencia política, como la había habido durante la monarquía, pero el Estado no persiguió, encarceló o asesinó a nadie por sus ideas o militancia política. Esas leyes de la discordia que promueven hoy las derechas y quieren llevar hasta 1931 el reconocimiento de las víctimas de la represión política carecen de justificación histórica ¿Saben esos manipuladores de la historia lo que fue la Semana Trágica, la huelga general de 1917 o el Trienio Bolchevique? ¿Saben lo que era la ley de fugas? Con mayor o menor dimensión, siempre hubo violencia política, también en la actual democracia, pero la violencia sistemática contra los disidentes es monopolio del franquismo.
Otra cosa es la Guerra Civil, en la que los dos bandos cometieron crímenes. Desde luego, no la provocó la República. El periodo republicano fue un ejemplo del compromiso de muchos intelectuales y jóvenes estudiantes, y del Estado, para alfabetizar el país y difundir entre las clases populares la cultura. Una etapa brillante para las ciencias, la literatura y las artes, que, por supuesto, recogía frutos del reformismo de décadas anteriores. Hubo reformas acertadas y errores de los gobiernos y de los partidos políticos, como durante la monarquía o en la actual democracia. Probablemente se podría haber atenuado el enfrentamiento político y social, la huelga general de 1934 fue un error evidente, aunque el primer intento de cambiar la situación política por la fuerza había sido el del general Sanjurjo, pero la polarización de 1936, característica de la Europa de la época, mírese a Francia o a Austria, por poner solo dos ejemplos, no es achacable a la República sino a los dirigentes políticos, o a buena parte de ellos, y a los problemas económicos y la desigualdad social.
En cualquier caso, la responsabilidad principal del estallido de la guerra corresponde a los militares sublevados. Me sorprendió leer, también en ABC, a otro catedrático de Historia Contemporánea que afirmaba: «La idea de que unos militares con inclinaciones fascistas atacaron a una democracia modélica no resiste el menor análisis. El levantamiento militar fue un pronunciamiento del viejo estilo que podría haber derribado a un gobierno débil, pero no unas organizaciones políticas y sindicales que no estaban dispuestas a abandonar el territorio que acababan de ganar». Los pronunciamientos se diferencian notablemente de los golpes de Estado, concienzudamente preparados para hacerse con el poder simultáneamente en todo el país, pero desconocer a estas alturas las órdenes de Mola y la actuación criminal de los golpistas desde el primer día y en las zonas en las que no hubo guerra porque encontraron poca resistencia es algo más que un error. Jamás un pronunciamiento triunfante se había dedicado a asesinar a los rivales políticos, por eso en 1936 muchas de las víctimas ni siquiera buscaron refugio. Cuando los militares se pronunciaban, los únicos con la vida en peligro eran ellos mismos si fracasaban.
Sería razonable que hubiese un acercamiento al pasado menos militante, que las derechas dejasen de estigmatizar a la Segunda República, como si el simple hecho de prescindir de la monarquía fuese un crimen del que solo podrían derivarse desastres. También que algunos historiadores o divulgadores, desde la izquierda, abandonen una visión idealizada que solo puede ser anacrónica. La historia se escribe en escala de grises. La guerra fue terrible, la memoria no puede dejar de lado a las víctimas de derechas o «burguesas». De hecho, la Secretaría de Estado no lo hace, como muestra el reconocimiento a Melquíades Álvarez. Los católicos y las derechas también tienen sus mártires y eso no lo tapa que los sublevados asesinaran a más del doble de personas que el bando republicano. También es cierto que los muertos que quedaron en fosas comunes sin identificar fueron del bando derrotado y que sus familias tienen derecho a un entierro digno.
Lo que sí sería muy sano es que todas las derechas que se consideran democráticas abandonasen de verdad la dictadura y reconociesen a sus víctimas, aunque no compartan todas sus ideas. El sector más moderado del PP debería ser más valiente. No es comprensible lo sucedido con el intento de colocar una placa en la antigua Casa de Correos de la Puerta del Sol de Madrid, que albergó la Dirección General de Seguridad de la dictadura. Un edificio que ya tiene otras placas conmemorativas. Solo un necio o un fascista puede sostener que una más desmerecería al edificio, a su historia o a su arquitecto. Pasee por Europa, señora Díaz Ayuso, y lea, si es capaz, las placas que portan tantos inmuebles históricos.
Tampoco creo que sea acertado poner en marcha ahora comisiones de la verdad para acontecimientos que son historia, menos todavía buscar chivos expiatorios. España no es Sudáfrica o Argentina, su historia ha sido distinta, lo que pudo tener sentido hace medio siglo no lo tiene en este momento.
Hay muy buenas obras publicadas sobre la Segunda República, la Guerra Civil y la dictadura del general Franco, lo mejor es leerlas y reflexionar. La Historia es apasionante, se puede, se debe, aprender de ella, pero pierde utilidad si se utiliza como arma arrojadiza.