La Voz de Asturias

De Afganistán a Gaza, la indiferencia ante los crímenes contra la humanidad constata la pérdida de valores morales de las democracias

Opinión

Francisco Carantoña
Mujeres afganas se manifiestan en Kabul para reclamar la preservación de sus derechos civiles, en una imagen de archivo

19 Aug 2026. Actualizado a las 05:00 h.

Coincidieron esta semana el quinto aniversario de la toma del poder por los talibanes en Afganistán con las declaraciones del ministro de Seguridad Nacional de Israel, Ben Gvir, que abogaba por asesinar a 30 o 40 palestinos cada noche y culminar el genocidio en Gaza haciendo desaparecer a los millones de personas que allí permanecen. Al presidente de la primera potencia mundial solo le preocupan las afganas si son inmigrantes sin papeles o desean emigrar a Norteamérica, de Gaza ya ni habla, los tibios intentos de buscar una solución fueron frenados este lunes por la negativa israelí. Trump continúa ejerciendo la política que encandila a la nueva derecha, enriquecerse a costa del estado, del suyo y de cualquiera que se ponga por delante, con desprecio a los pobres y dedicando los impuestos solo a gasto militar y policial. Ya no cabe ni llamarlo neoliberalismo, solo latrocinio institucional.

Estados Unidos ha abandonado cualquier maquillaje ideológico, sus dirigentes se han olvidado de la libertad, salvo la de enriquecerse, de la democracia, que desprecian, y de los derechos humanos, que ni mencionan. Eso sí, ha logrado extender por todo el planeta la idea de que la prioridad política es perseguir a los inmigrantes. Las idioteces que dice Donald Trump ya no alteran ni a las bolsas, pero aterra ver a centenares de personas, muchas con uniforme, aplaudiéndolas entusiasmadas, como cuando afirmó estos días que iba a incorporar el estrecho de Ormuz a su país. Nadie recuerda que prometió acabar con la guerra de Ucrania o reconstruir Gaza, quizá el señor Infantino, que se inventó un premio para el gran pacificador.

Con la gente irritada por la inflación, provocada por las políticas y las guerras de Trump, y por los recortes en gastos sociales que trae la nueva obsesión armamentista, los falsos profetas del nacionalismo, la xenofobia y el machismo acrecientan sus huestes, mientras los viejos partidos de derechas se ven tentados a emularlos y las izquierdas, desde la socialdemocracia a las que tienen un discurso más radical, naufragan en el desconcierto.

No hay motivos para el optimismo y que se mire para otro lado ante el criminal apartheid de género en Afganistán o el racismo asesino de un Estado de Israel dominado también por el integrismo religioso, en este caso agravado por el racismo y su combinación con la ideología trumpista del latrocinio; que se haya asimilado la carnicería de Ucrania como un elemento del paisaje; que la libertad de las heroicas mujeres iraníes ya no sea ni pretexto para la guerra contra el régimen de los ayatolás y nadie las recuerde fuera de su país; la desigualdad, que conduce al sufrimiento y la muerte de tantos migrantes, son razones suficientes para que se pueda afirmar que el mundo que se considera democrático o «civilizado» está perdiendo los valores que, al menos como desiderátum, lo fundamentaban.

Solo pequeños grupos de encomiables activistas se manifestaron en solidaridad con las mujeres afganas. Los partidos, incluidos los sedicentes de izquierdas o «progresistas», callaron. Los pragmáticos dirigentes de la UE quizá se sientan ahora respaldados para reintentar un acercamiento al régimen talibán que permita devolver refugiados a su país sin ninguna garantía, lo único que importa.

No debería ser necesario señalar que la reducción, por medio de la violencia más brutal, de las mujeres afganas a la ignorancia y la esclavitud es un crimen bárbaro que debería avergonzar al mundo. Tampoco que las iraníes tienen derecho vestirse como quieran, a creer en lo que les acomode y a vivir en plena libertad e igualdad. No es una cuestión «cultural», no es cosa de tradiciones, son ellas las que piden ser libres, no se lo desean imponer soberbios aculturadores occidentales.

En cualquier caso, me quedo con Diderot, Condorcet o Jovellanos, incluso con Voltaire, a pesar de su machismo de hace más de doscientos años, por no citar solo a mujeres ilustradas como Olympe de Gouges o Mary Wollstonecraft. Ellas fueron pioneras en la lucha contra el machismo, que también dominaba en el cristiano occidente, y contra sus bárbaras costumbres. Ellos lucharon contra tradiciones muy enraizadas, como la de quemar herejes en las plazas públicas, incluso contra otras que siguen teniendo muchos adeptos a pesar de su carácter sanguinario. Si somos razonablemente libres es porque nos hemos librado de esas taras, arraigadas por la historia y muchas veces afianzadas por la religión.

No hay nada más soberbio, paternalista y racista que el seudoprogresista que desea proteger la ignorancia y la brutalidad en determinadas comunidades humanas «exóticas», olvidándose de la dignidad de sus integrantes, como si fuesen curiosas piezas de museo dignas de estudio. Poco tiene también de progresista el que está dispuesto a simpatizar con cualquier tiranía con tal de que se enfrente a Estados Unidos. Débiles son igualmente los principios de las derechas que solo ven a otras culturas como fuentes de riqueza o como peligrosos aspirantes a emigrar a sus países, pero que predican un pragmatismo que les permite mirar hacia otro lado ante las injusticias.

Si nos mostramos indiferentes ante la iniquidad, si dejamos de luchar por los valores de la libertad, la democracia y la igualdad, si nos olvidamos de que todos los seres humanos son portadores de derechos, el fin de una sociedad que permita una convivencia razonable está asegurado. Y son valores universales, que no pueden aplicarse por países o por segmentos. Nuestro mundo es distinto al de los años treinta del siglo pasado, pero la amenaza de la bestia es igualmente peligrosa porque está venciendo en la batalla de las ideas. Estremecen el éxito del egoísmo individualista y la influencia y el poder de megamillonarios sin escrúpulos, el renacer del machismo, del racismo, de la xenofobia, del autoritarismo nacionalista. No han triunfado todavía, pero cada día son más fuertes y la resistencia que encuentran más débil y desorientada. La insensibilidad ante los crímenes, ante la vulneración de los derechos de las personas, ante la imposición de la ley del más fuerte, lo constata. Ojalá las elecciones parlamentarias de Estados Unidos concedan un respiro.


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