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JAIME PRIEDE
La Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, estado de Jalisco (México)

15 Oct 2020. Actualizado a las 05:00 h.

Conocida popularmente como «el hada madrina de las letras hispanas», comentaba recientemente Marisol Schulz, directora ejecutiva de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que hace falta mucho más intercambio cultural entre España y Latinoamérica: «A nivel popular no se comprende a América Latina. Más que un lamento es una exhortación a que se entienda el papel que cumplen las Américas en esta nueva etapa del orden mundial». Desde hace tres décadas, la FIL, con sede en Guadalajara, capital del estado de Jalisco, que toma su nombre de la ciudad homónima de Castilla-La Mancha, y cuya etimología se remonta a un vocablo andalusí que se traduce como «río de piedras», ha dedicado todo su esfuerzo a limpiar de piedra ese río tan estático del intercambio cultural entre España y, como bien dice Schulz, las Américas.

Impulsada en 1987 por la Universidad de Guadalajara, reconocida desde 2013 como el encuentro del libro en español más importante del mundo, la FIL transforma cada mes de noviembre la urbe, la vuelve más mestiza, si cabe, al reunir durante nueve días a más de 20.000 profesionales del libro y a 2.200 editoriales. En la pasada edición, se dedicó por primera vez un pabellón propio a las lenguas indígenas mexicanas, muy debilitadas por el empuje del español y del inglés. Las diversas estancias del pabellón se cerraban con paneles de falsa arcilla arañada para escribir versos o grafitos en las lenguas prehispánicas. Desde la distancia, podemos imaginar a un visitante pasando la mano por esa rugosidad para tocar su pasado. Probablemente esa era la intención de la iniciativa, poner al alcance de la mano el ancestral bagaje lingüístico en que se han comunicado las culturas originarlas, dotarlas de visibilidad, de tacto, de sentidos. Esto es hacer cultura en nombre de la integración, de la diversidad, de la pluralidad, porque difundir una lengua es difundir todas las lenguas y, en definitiva, reivindicar la comunicación como punto de encuentro.

Toda Feria del Libro que se precie debe aspirar a tener una personalidad propia que se identifique con los valores de la ciudad que representa. A pesar de su expansión internacional, la FIL nunca ha sido ajena a la problemática local y, lejos de esconderla bajo una alfombra roja, se ha hecho eco de la huella que deja en una zona tan castigada la convulsión política, la violencia, la contaminación o la desigualdad mediante conferencias, coloquios o marchas reivindicativas por sus pasillos. En la FIL la cultura encuentra acomodo entre la realidad y la justicia, por ese motivo es un patrimonio vital de la cultura iberoamericana. Mediante sus tres áreas de acción (la editorial, la académica y la cultural), se ha consolidado como el foro más importante a nivel mundial de discusión en torno a la cultura contemporánea. Una oportunidad única, por ser la más relevante a escala mundial, para activar la relación de México no solo con los diferentes países latinoamericanos, sino también con un iberismo vencido por cierta pereza a la hora de reconocerse como parte de un patrimonio cultural común, basado en la increíble riqueza y diversidad de una lengua integradora que no deberíamos pensar española, sino hispana.

Un año después de la fundación de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, surge en Hay-on-Wye, un pequeño pueblo de Gales, una iniciativa similar como punto de encuentro de autores y lectores. Bajo una carpa en el jardín del pub Kilverts y en el trastero de la sede de la Legión Británica, unas 2000 personas, más o menos la población total de la localidad, acudieron a la llamada de Peter Florence, un joven actor de teatro que había viajado de gira con su compañía por diversos festivales de todo el mundo. Florence empatizó con esa energía y sintió en su propia piel la descarga eléctrica que supone la organización y desarrollo de un proyecto cultural de ese tipo. El pueblo en que vivían sus padres ofrecía espléndidos paisajes que compensaban el difícil acceso a Hay, un punto perdido en el mapa con un reducido número de habitantes pero que, no obstante, contaba con 28 librerías. Un lugar relajado y lleno de libros. Hay Festival, y tanto que lo hay. «He estado involucrado en más de 200 festivales, en 15 países, a lo largo de 30 años, y debo reconocer que he cometido más errores que nadie. Pero cada versión mejora a partir de los tropiezos», comenta su fundador. Independientemente del alcance, todos los que estamos involucrados en proyectos similares sabemos que esa es la única forma razonable de avanzar y de crecer con el objetivo de que la cultura sea un servicio público a pie de calle.

Precisamente en 2020 se cumplen quince años del primer Hay Festival en Cartagena de Indias. Gabriel García Márquez no podía viajar a Gales y, como la montaña de Mahoma, fue el festival quien viajó a Cartagena. En esa mágica ciudad, el Hay Festival adquiere una vertiente más literaria bajo el influjo de Gabo invitando a autores y a autoras de todas las culturas y abriendo las puertas a los que aman la literatura, vengan de donde vengan. Actualmente, el Hay Festival realiza ocho versiones anuales en seis países diferentes, entre ellos España, concretamente en Segovia, y cuenta con una directora internacional de origen español entregada a la causa de la pluralidad, Cristina Fuentes La Roche, pieza clave para iniciar el primer capítulo internacional del Hay. Desde 2006, el Hay Festival de Cartagena ha crecido hasta reunir casi 55.000 invitados, 138 medios acreditados de todo el mundo y una intensa actividad en redes sociales con 53.411 participantes en los encuentros literarios de la última edición. Quién se lo iba a decir hace 32 años a los habitantes de Hay-On Wye que acudieron al jardín del pub Kilverts.

El Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2020 ha recaído ex aequo en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara y en el Hay Festival of Literature & Arts, dos puntos de encuentro del libro, de los escritores, de los lectores y de la cultura en el mundo. Esto nos hace ser optimistas en tiempos difíciles llenos de incertidumbre. Un optimismo amparado en esta apuesta internacional por tender puentes culturales entre América, las Américas, y España en toda su diversidad (Andalucía, Cataluña, Madrid y Castilla la Mancha ya estuvieron presentes en la FIL como invitadas de honor) y en una concepción de la cultura como propagación que tuvo su punto cero en un pequeño pueblo galés y que se expande imparable por el mundo entero. Hay festival, pero nos queda mucho camino por hacer juntos.

*Director de la Feria del Libro de Gijón

 


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