El Horno La Vallina, una de las confiterías señeras de Siero, cerrará tras 45 años de actividad
Siero
Su fundador, Esteban Fernández Cimadevilla, jubilado desde hace años, recuerda la incertidumbre de sus inicios en Hevia: «Empezamos sin tienda ninguna, vendiendo desde casa, y tuvimos la suerte de que acudía la gente»
10 Jul 2026. Actualizado a las 23:29 h.
El Horno La Vallina, una de las confiterías emblemáticas de Siero, cerrará sus puertas próximamente, por jubilación de sus dos actuales gerentes, los hermanos Jorge y Aquilino Fernández, hijos del fundador, Esteban Fernández Cimadevilla. El negocio está muy bien asentado gracias a un oficio pastelero que atesora años y años de experiencia. Pero sus actuales responsables llevan ya mucho tiempo dando el callo y sus hijos tienen otras ocupaciones. Toca descansar y, aun así, tienen sentimientos encontrados. Por una parte, está dejar una actividad que requiere mucha dedicación y, por otra, el hecho de cerrar un negocio que sigue siendo rentable y que, además, tiene a mucha clientela satisfecha. Son muchas las personas que se acercan lamentando el cierre.
Esteban Fernández contaba 16 años cuando empezó como aprendiz en la confitería Garal, de Oviedo, «con bastante sacrificio», según sus propias palabras. Cuenta que, durante aproximadamente año y medio, entraba a las ocho de la mañana y salía a las diez de la noche. Entonces, iba corriendo a tomar el último tranvía que lo dejaba en Colloto y, desde ahí, iba caminando a su casa en Hevia. Esto fue aproximadamente durante año y medio, porque después ya empezó en la confitería Santa Cristina, y tanto la ubicación como los horarios mejoraron. En esta última entró de aprendiz y salió, 28 años más tarde, de maestro confitero.
Fue en 1981, tras el fallecimiento de su mujer, cuando tomo la arriesgada decisión de lanzarse a montar su propio negocio. Así nació La Vallina. El nombre se debe al lugar de Hevia donde estaba, y todavía está, su casa, en la parte alta de la parroquia. En una sala habilitó un obrador y comenzó a ofrecer sus pasteles. Coincidió entonces que sus dos hijos varones, que son mellizos, se fueron a hacer el servicio militar. Empezó ayudado por su hija Marisa y varios jóvenes de la parroquia, algunos de los cuales siguen hoy en la empresa. «Empezamos sin tienda ninguna, vendiendo desde casa, y tuvimos la suerte de que acudía la gente», relata. Y aunque lo atribuye a la suerte, lo cierto es que fue muy importante su buen hacer. Porque los pasteles empezaron a tener muy buena fama. No solo se acercaban los vecinos sino también empezaron a servir a bares y a hacer tartas y aperitivos para bodas.
Una vez que el negocio despegó, en 1984 abrió un despacho en la Avenida de Oviedo de El Berrón y poco después, una cafetería en el mismo local. Más tarde, abrirían otra cafetería con despacho en la calle Casimiro Argüelles de Pola de Siero, que finalmente trasladarían a la Avenida Ildefonso Sánchez del Río. Además, en 1994 trasladaron su obrador a una nave en la parroquia de La Carrera. Tanto los despachos como el obrador siguen hoy a pleno rendimiento. La Vallina ha tenido siempre muy buena fama por sus pasteles, y aunque ha hecho muchas creaciones, su gran sello de identidad han sido los pasteles en miniatura vendidos al peso. Esteban Fernández asegura que, cuando él estaba en las confiterías ovetenses, se hacían pasteles pequeños, pero eran de otro tipo, «más finos, más especializados». Su propuesta fue otra, y dio en el clavo, porque no era muy común. Se trataba, simplemente, de hacer los pasteles que siempre se habían hecho pero en miniatura. Entonces, en una de sus bandejas aparecen pequeños petisús, cubiletes de almendra o milhojas, entre otros muchos.
La idea cuajó desde un principio. «Tuvo un éxito tremendo, y lo sigue teniendo», asegura el fundador de la confitería. Esteban Fernández Cimadevilla cuenta actualmente 91 años y está jubilado desde que tenía 75. Su hijo Jorge comenta que hasta el último día estuvo al pie del cañón y pendiente de todo. Una vez que dejó la empresa, sus hijos tomaron el relevo con el mismo entusiasmo porque, aunque duro, el trabajo siempre ha sido muy satisfactorio para ellos. «Cuando me dicen que es muy esclavo, yo siempre les digo que es un trabajo muy dulce», concluye Jorge. Aun así, es hora de pasar página y La Vallina pronto cerrará o cambiará de manos.