Por qué nos gustan tanto las finales
Sporting 1905
Artículo de opinión
12 Jul 2021. Actualizado a las 00:36 h.
¿Por qué nos gustan tanto las finales? ¿Por qué disfrutamos de los desenlaces agónicos? ¿No sería todo mucho más sencillo si estos partidos acabaran siempre con un tibio dos a cero o un descafeinado tres a uno? El típico partido lento, donde parece que todo ya está escrito y nadie arriesga más de lo necesario. Una final sosegada que nos permita observar con detenimiento las propuestas de cada entrenador, la disposición de los jugadores en el campo, las estrategias a balón parado.
Pero en partidos de esta altura aborrecemos la técnica, porque la técnica traiciona a los mejores en el peor momento posible. Así que olvidamos cualquier llamamiento a la cordura y nos disponemos a enterrar la razón durante el tiempo que dure el encuentro, que no abarca solo los minutos de juego, sino también las horas previas y los días posteriores. Y en medio de esta esquizofrenia colectiva nos reconocemos los locos, que a veces somos una minoría, y otras, las menos, incluso un país entero.
Nadie olvida su primera final, sobre todo si has tenido la suerte de vivir pocas. Porque tener finales como castigo desvirtúa el significado mismo de la palabra y no se lo desearía ni a mis peores enemigos. Tampoco es bonito pasar la vida viendo cómo son otros los que disfrutan de este privilegio, cómo son otros los que festejan victorias y maldicen derrotas. Así que tiene que haber un término medio: dos, tres, cuatro o, quién sabe, quizá cinco. Y si tienes la fortuna de vivir esos encuentros, de respirar el mismo aire de ayer y que hoy, sin explicación aparente, sabe distinto; entonces entenderás de qué te estoy hablando. Entonces tú también lo habrás vivido. Y aunque no lo creas, me da igual en qué bando estuvieras las otras veces, me da igual los colores que decías defender, porque nosotros, enemigos en el césped, nos parecemos mucho más de lo que creemos. Nosotros somos los únicos capaces de percibir que el aire hoy viene más cargado que nunca.
¿Y los jugadores? ¿Ellos entienden algo de todo esto? ¿Son capaces de imaginar lo que tú y yo sentimos cuando los vemos salir por el túnel de vestuarios? En fila india como cuando entrábamos al colegio, pero con la mirada al frente. Y tiene una explicación, lo de la mirada, que es no clavar los ojos en la copa. No mirar ni de reojo al trofeo hasta que no se sepa con total seguridad quién se lo va a llevar para casa. Menuda tontería, como si un simple movimiento de pupilas fuese a cambiar nada. Pero el premio es tan grande y la derrota tan punzante que sería estúpido tentar a la suerte de esa manera. Así que la copa no se mira.
Ya está todo dispuesto y se sortean los campos y el saque inicial. ¿Y tanto tiempo esperando para esto? ¿Para algo tan sencillo? ¿Para ver a once tipos delgados con tatuajes y tupés contra otros once tipos también delgados con similares tatuajes e idénticos tupés? Qué estafa, pensarán los que lo ven desde afuera. Qué básico todo. Veinte siglos de progreso y aún seguimos en el coliseo romano. Pero pasan los segundos y el árbitro no señala una falta y a los pocos minutos se olvida de sacar una tarjeta a un rival. Y lo que es peor, que ellos, los once tipos delgados con tatuajes y peinados como los de los tuyos, tienen un córner a favor que por suerte consigue despejar la defensa. Nos están comiendo, piensas. Y es por ese pensamiento casi inconsciente que estás hoy aquí, porque no puedes explicar lo que te duele que esos once tipos se estén comiendo a los once tuyos. Esa es la respuesta que llevabas toda la semana buscando, el temor que no te dejaba dormir por las noches.
Pero cuando menos te lo esperas tu equipo roba un balón e inicia un contragolpe. Y lo que estaba mal hace unos segundos ahora funciona a las mil maravillas y los que se tienen que preocupar entonces son ellos.
Cuánto sufrimiento por nada. Cuántos nervios, con sus uñas asaltadas y los ojos pidiendo auxilio de tanto frotarlos, por algo tan primitivo. Por una cuestión tan banal si la comparamos con todos los males que caen a diario sobre nosotros. ¿Y no será ese el motivo? ¿No será que después de tantos años de evolución seguimos necesitando jugarnos la vida metafóricamente durante noventa minutos para olvidar que de verdad nos la jugamos el resto del tiempo?
Pero quien dice noventa minutos, dice también ciento veinte. Porque el partido se va a la prórroga y todo sigue como al principio. Y nadie es capaz todavía de mirarle a los ojos a la copa. Entonces llegan los penaltis. La lotería de los penaltis, que nunca es en realidad tan lotería, lo va a decidir todo y te preguntas si no habría sido mejor un partido sin tantos sobresaltos, con un frío dos a cero o un descafeinado tres a uno. Pero cuando el quinto lanzador de tu equipo coloca el balón frente a la portería e inhala el mismo aire cargado que tú llevas respirando durante todo el día. Cuando inicia la carrerilla hacia la pelota y la golpea con fuerza… ¡Ay si es gol!, eso es lo último que piensas.
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