«121 años de amor por el Sporting que no entiende de razones»
Sporting 1905
Opinión | El Sporting llega a su aniversario con el peso de su historia y la deuda de su presente
01 Jul 2026. Actualizado a las 12:49 h.
Este 1 de julio el Real Sporting de Gijón cumple 121 años, un tiempo que da para mucho. Da, esencialmente, para generar un arraigo y un sentimiento de pertenencia que aún en la actualidad no cesa de crecer. Un amor a unos colores y un escudo que hoy solo se entiende por esa herencia de abuelos a nietos, alejada prácticamente de toda razón lógica. Ser del Sporting es fácil por muchos motivos, por más que se empeñen en ponerlo difícil. No son pocos los domingos que te preguntas por qué, pero el lunes sigues ahí. Y eso es así porque el amor también transcurre en buena medida en el plano irracional.
En 121 años el Sporting tuvo tiempo para atravesar diversas crisis económicas, vivir ascensos y descensos, alguno incluso librado por la suerte de una moneda. Da hasta para medirte a los mejores, mirarlos de tú a tú, mostrar tus colores por Europa con orgullo o probar los sinsabores que se sienten cuando te quedas a la orilla de ser tú el mejor. Pero también da para vivir la oscuridad y la mediocridad. Y en mis ojos, con algo más de 30 primaveras, ha sido casi la única experiencia vivida, con apenas dos chispazos a modo de excepción.
Premios en forma de ascenso que, seamos honestos, son muy menores si los comparamos con los momentos de mayor lustre de la entidad. A pesar de ello, también creo que se es injusto con el recuerdo a la historia del club, pues alguien de mi edad a inicios de los 60 podría pensar que esta también era su única realidad. Algo que muchas veces se olvida o se obvia. Todos preferimos quedarnos con lo bueno, pero el Sporting es un todo, de ahí el peso de su escudo. Su afición es fiel reflejo de esa importancia y ese amor; siempre está presente, en cada rincón, en las buenas y las malas.
La mejor radiografía de su historia y su presente, curiosamente, la ofrece el himno, a pesar de haberse compuesto en 1968 y lanzado en 1970. En su letra nos habla de un club con solera e historial y una entidad legendaria, pero no tarda en presentarnos una realidad ya alejada de lo que un día llegamos a ser. Se reza que otra vez volverá a triunfar, se apela a que la fe nunca decaiga o a que reviva sus laureles. Cuando precisamente por entonces esos éxitos formaban su presente. Lo que sí sobrevive al paso del tiempo es que del Sporting siempre esperamos más.
Un club que acostumbra históricamente a no cumplir con su propia expectativa. Un club que en la actualidad continúa atravesando horas bajas, anclado en Segunda. Podremos repetir que su masa social, su estructura interna o su infraestructura -ahora sí- son de Primera, pero eso no sacia a nadie. Nuestra realidad es la Segunda División, y no es nada circunstancial: vamos a por el décimo año consecutivo en la categoría. En mi vida he visto al Sporting 22 temporadas en ese escalón. Me es difícil conocer otra cosa.
El Sporting es lo que es hoy fundamentalmente gracias a que en los 70 encontró su camino. La mayor desgracia vivida fue tirarlo todo por la borda a inicios de los 90, con el punto de inflexión de las SAD. Qué mal nos salió aquello y qué contraste con esa generación dorada que germinó tantos héroes; las eliminatorias europeas con el gran Milan de Sacchi como referencia, las finales ante el Real Madrid, los grandes duelos ante el Barcelona. Todo eso lo viví en diferido, 30 años después. Algo demasiado frío para explicar un sentimiento que va tan adentro. Lo tomé como herencia, de las historias de esos padres y abuelos, pero es muy lejano a los recuerdos que yo mismo he podido ir construyendo con el tiempo y la realidad presente.
Debo reconocerlo: ya no vivo el fútbol ni el Sporting como lo hacía antes. Aun así, no soy capaz de desengancharme, aunque confieso que tampoco lo intento. Igualmente, algo dentro de mí se ha ido apagando de forma inevitable. Y agarrarme a épocas que no viví no me sale, aunque sería lo fácil. Pero vivir con ilusión el presente, tal y como se presenta, tampoco. Sin afán de boicotear la ilusión de nadie o llevarlo a mi terreno de amargura.
El cambio de propiedad en el verano del 22 me quiso avivar la esperanza de que por fin las cosas podían cambiar. Que por fin podía ver algo diferente en mi vida rojiblanca y que el Sporting se acercarse a lo que debe ser. No le pido repetir las maravillosas décadas de los 70 y 80, el fútbol de hoy es muy diferente y hay que tener los pies en el suelo, pero sí ser algo más acorde a la expectativa. Tras cuatro años con Orlegi al frente, esa llama se fue apagando, como en el grueso de la afición. Ahora me conformo con que tomen decisiones coherentes. Simplemente. Que sus buenas intenciones no resuenen en el eco y se conviertan en realidades. No sé si es demasiado pedir. No por conformismo, sino por desgaste.
121 años dan para mucho, pero el punto de partida sobre el que se seguirá escribiendo la historia de este gran club está lejos de ser el deseado. Lidiar con el peso de la historia les genera una deuda muy elevada con su presente. Ahí es donde más trabajo tienen por delante. Una historia de la que no se vive eternamente, pero sí se es y te define. La afición ya ha demostrado que no los va a abandonar. La gran pregunta es si ellos harán lo necesario para a estar a su altura. En su mano está, como siempre ha sido.