El Reconquista, un micromundo de todos los saberes y disciplinas

La recepción de los reyes a los premiados fue el eje de una mañana en la que el vestíbulo del hotel se transformó en escenario de ceremonias y hervidero social y cultural

Los reyes y los premiados, durante la recepción en el Reconquista
Los reyes y los premiados, durante la recepción en el Reconquista

Oviedo

Lo ha dicho Lluís Pasqual en el patio del Reconquista, haciendo suyas de otro modo las palabras que un día antes había pronunciado en el teatro Jovellanos de Gijón su querida Núria Espert: «El teatro es un antídoto contra la soledad». Algo que también podría decirse sin exageración alguna de los Premios Princesa de Asturias y de todo lo que los rodea. En particular, el día de la entrega, con todos sus preámbulos, recepciones y corrillos en los que junto a la política ha habido también tiempo para otras conversaciones. Con una puesta en escena más o menos protocolaria, más o menos estricta según el rango del ceremonial, toda la jornada está siendo, desde primera hora de la mañana, una gran puesta en escena donde para el contacto entre disciplinas donde la cultura siempre encuentra su hueco. Un teatro de todas las disciplinas en el que también es imposible estar solo.

Al margen de la ceremonia del teatro Campoamor, es la recepción real a los premiados el acto que más carga protocolaria concentra en la jornada. La capilla del hotel acogió -este año con casi diez minutos de retraso- el acto en el que los Reyes tienen un primer contacto con los galardonados y les imponen la insignia que les acredita como tales. Excepto ese desfase en la hora, nada se salió este año del programa, incluyendo los broches de esas insignias que algún año se resistían a ser fijadas en la solapa de alguno de sus titulares. Mary Beard, Siddhartha Kaul, Pedro Puig, Hugh Herr, Núria Espert, James Natchwey, Javier Gómez Noya, Richard Ford, Patricia Espinosa y Christina Figueras desfilaron, por ese orden y con sus respectivos acompañantes, ante Felipe VI y doña Letizia para estrechar brevemente sus manos y compartir algún fugaz e inaudible comentario.

Con todo, el momento quizá más sobrecogedor discurrió en un silencio solo roto por el suave sonido de las prótesis de Hugh Herr avanzando con paso firme sobre la alfombra roja de la capilla con un pantalón entre el traje y la bermuda, cortado para exhibir a la vez su lucha y su talento. En el otro extremo, los instantes más distendidos los protagonizó el escritor Richard Ford, que rió e hizo reír a los monarcas y que intercambió algunas palabras más con doña Letizia, casi dicharachero y acomodado a su izquierda en la foto de grupo. Igualmente cálido fue el gesto de la reina al posar su mano brevemente sobre la espalda de una radiante Núria Espert cuando la actriz ya había cumplimentado a los monarcas y se alejaba de la pareja real.

Después de la foto, y mientras los patronos de la Fundación Princesa de Asturias compartían con los reyes el salón contiguo a la capilla a la espera del almuerzo, la animación arreció en el vestíbulo del Reconquista durante hora y media. Un lugar donde ha sido posible ver contemporizar a productores de cine como Eric Abraham, que financió la brillante Ida de Pawel Pawlikowski, junto académicos de la lengua como Darío Villanueva, presidente de la Real Academia, hablaban con satisfacción de los «73 millones y medio de consultas» que ha recibido la web de la RAE en mayo, toda una garantía para el reto de «profundizar» en la primera versión del diccionario que se publicará como «nativa digital», y en la que estuvo trabajando «ayer mismo».

Por el contrario, Villanueva eludió pronunciarse sobre el duelo verbal que en las últimas fechas han protagonizado dos de los miembros más notables de la RAE. «No me pronuncio sobre las opiniones personales de otros académicos», zanjó el director de la institución, que prefirió hablar de la evanescencia de las «palabras globo» que «se inflan y luego se desinflan y desaparecen», antes de poder ser fijadas, limpias y dotadas de esplendor.

Otros invitados se han permitido flotar, como las palabras globo de Villanueva, entre lo terrenal y lo sideral, entre el trato mundano y el compromiso. El astronauta y premio Príncipe español Pedro Duque atendía a los medios mientras sacaba tiempo también para interesarse, en un aparte, por la apertura de la escotilla y el ingreso de la nueva tripulación en la estación Soyuz MS-02, o para manifestar -vía Twitter- su apoyo a su colega estadounidense Ron Garan, embarcado en una cruzada contra los lobbies en su país. También esperaba, como el resto del planeta, noticias de Marte y la sonda europea extraviada en el planeta rojo. No es de extrañar en quien espera «de las naves espaciales que nos den todas las grandes respuestas».

No muy lejos, la catedrática de Ética Adela Cortina escuchaba las explicaciones de Antonio Garrigues-Walker sobre un brazo en cabestrillo que el abogado achacaba reiteradamente a «un mal paso», mientras Núria Espert insistía en la grandeza del teatro y esperaba «que todo salga bien» en su parlamento de esta tarde en el Campoamor, uno de los más importantes, sin duda, de cuantos haya pronunciado en su «carrera de Guinness» sobre las tablas.

No había visto todavía a su amigo y director de escena, Lluís Pasqual, quien conversaba con el presidente de la Fundación Banco Sabadell, Miquel Molíns. Pasqual, en cierto modo, admitía acudir también como premiado, ya que considera que «además del premio a la generosidad, al coraje y al talento, a la capacidad de riesgo en momentos a veces difíciles e incluso imposibles», el Princesa de Espert condecora también «a sus amigos y toda la gente del teatro, a todos los que admiramos tanto a Núria».

«Desde Vittorio Gasmann, ya tocaba», ha dicho Pasqual, que, con los ecos de su nuevo montaje sobre La quinta del biberón aún emocionando a los espectadores, ha recordado que «en teatro tenemos siempre que hacer las cosas con otros, es una especie de enfermedad, no sabemos hacer nada solos: en el interior de un teatro, de repente, esa soledad se convierte en una colectividad». Es de suponer que se incluye al Campoamor en una tarde de Premios Princesa. Y el vestíbulo del hotel Reconquista una hora antes también. 

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