Josep Piqué: «No supimos anticipar el estallido de la burbuja inmobiliaria»

Economista y empresario, considera que España tiene todavía muchas reformas pendientes


Santiago / La Voz

Es doctor en Economía, fue ministro de Industria y Exteriores, y presidente y consejero de grandes empresas, como Vueling, OHL o Aena. Josep Piqué (Vilanova i la Geltrú, Barcelona, 1955), estuvo hace días en Santiago en un almuerzo privado con empresarios organizado por la Asociación Española de Directivos (AED).

-Usted ha escrito recientemente un libro que se titula «El mundo que nos viene». ¿Cómo es?

-Un mundo todavía en fase de recomposición. Salimos de uno estático, bipolar, con un bloque occidental y otro soviético, y ahora ha surgido una nueva potencia, China, que cuestiona a la otra, EE. UU. En medio hay otros poderes que quieren tener su lugar. El resultado es un mundo más incierto y volátil.

-Hasta ahora se veía a China como la gran fábrica del mundo...

-Pero ya no lo es. La producción a bajo coste se ha trasladado a la India, al sudeste asiático e incluso a África, a países como Etiopía. China es la gran potencia tecnológica que le está disputando a Estados Unidos la supremacía. Y lo más preocupante es que en esa pugna Europa se está quedando atrás.

-¿A cuánta distancia?

-Europa tenía una posición importante hasta el 3G, con compañías como Nokia, Ericsson, Siemens. Pero esa capacidad de estar en la punta de los desarrollos tecnológicos se pierde con el 4G. De hecho, de las cinco grandes compañías de telefonía inteligente móvil, la primera es coreana, y puede ser superada por la segunda, Huawei, que es china, que ha adelantado a Apple, la tercera. Las otras dos son chinas. Está en juego ver quién va a liderar la nueva generación. Y todo apunta a la supremacía china.

-¿Qué hay en juego?

-El 5G es la manifestación de una pugna tecnológica mucho más amplia: en realidad estamos hablando de la inteligencia artificial, del Internet de las cosas, de la nube, del big data, de la robotización, de todos esos nuevos conceptos que hacen que quien domine la tecnología y el acceso a la misma sea quien pueda ejercer la economía a nivel global.

-¿Qué lugar ocupa España en todo esto?

-Tiene algunas ventajas competitivas: se han hecho muchas inversiones en infraestructuras de fibra para el hogar y para las empresas. Hay buenos operadores de servicios de telefonía, tanto fija como móvil. Hicimos bien la liberalización, pero necesitamos una estrategia europea. Y ahí es donde tenemos nuestra mayor debilidad. Europa está perdiendo el tren. No hemos sido capaces de crear una agenda digital común. Cada país está desarrollando su propia estrategia y esa es una de nuestras grandes carencias.

-¿Qué le preocupa de la guerra comercial entre China y Estados Unidos?

-Es un aspecto más de una pugna a otros niveles. Hay una guerra estratégica, cibernética, tecnológica. Pero la comercial no es la fundamental. Hay otros debates clave en la lucha por la hegemonía: la propiedad intelectual, la política de subsidios a las empresas, la absorción de tecnología china a terceros. Todo eso distorsiona el comercio internacional, y no es tanto una cuestión ya de flujos comerciales o de aranceles. Hay un debate muy profundo sobre las reglas del juego, y por eso es tan difícil resolverlo.

-¿Cómo cree que está saliendo España de la crisis?

-Seguimos teniendo muchas reformas pendientes. Ha habido una recuperación, que es evidente, se ha crecido en empleo, aunque sea precario, y eso no es un fenómeno solo español. Eso va asociado a las nuevas tecnologías. Pero necesitamos reformas estructurales muy profundas, en terrenos como la educación. Cuando hablamos de las nuevas tecnologías, estamos hablando de recursos humanos. No hemos sido capaces de articular consensos básicos en la formación, algo que si se consiguió en la sanidad o las infraestructuras.

-¿Se siente tentado de volver a la política?

-No. Una cosa es la política como algo que merece atención permanente, que forma parte de mis pasiones intelectuales, y otra es la actividad política. Aquí es un no rotundo. En relación a lo primero, la política no le deja nunca a uno. Es como un virus que se inocula desde pequeños.

-Usted formó parte de los gobiernos de Aznar. ¿Qué hay de mito en su proclamado milagro económico?

-La realidad estuvo en los datos. Vivimos un ciclo global favorable. No fue un mérito específicamente español. Pero si algo se hizo bien fueron las reformas estructurales. No basta con administrar las cosas y controlar las cuentas públicas. La economía necesita revulsivos desde el lado de la oferta.

-¿Y cuáles fueron?

-La liberalización energética, de las telecomunicaciones, la privatización del sector público industrial o la reforma laboral.

-En esa época también se infló la burbuja inmobiliaria que tan cara pagamos después...

-Y antes, y después. Ningún gobierno fue capaz de prever lo que pasó. Y pensábamos que lo que iba bien iría bien siempre. Nosotros no supimos anticipar el estallido de la burbuja inmobiliaria, y había cosas que no tenían sentido. En el 2007, justo antes del pinchazo, España hacía más viviendas que Alemania, Francia e Italia juntas. Y eso no era sostenible.

-¿Cuál es el coste económico del proceso independentista?

-Cataluña tiene un tejido empresarial denso, resistente. Pero hay una consecuencia evidente: la pérdida de peso específico y estratégico de la economía catalana respecto al conjunto de España. Esto tiene un reflejo a la hora de captar inversiones. Y se está empezando a notar en la extranjera.

-Usted ya tenía una exitosa carrera en la empresa antes de llegar a la política. ¿Qué opina de las puertas giratorias?

-Aprovecharse de una trayectoria pública para luego obtener responsabilidades en el sector privado a mí es algo que personalmente me repugna. Defiendo a la gente que decide aplicar la experiencia adquirida en el sector privado al servicio del interés general, pero sabiendo que no se tiene que vivir permanentemente de la política. Esto es sano. Y esas son las puertas que me gustan.

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