El abandono de los pueblos pone en peligro el «prau» asturiano

Los expertos alertan que la despoblación está desfigurando el paisaje, especialmente las praderías. La falta de empleo y de servicios, junto con la soledad, siguen vaciando la zona rural, un territorio caro de mantener, asilvestrado y desaprovechado


Gijón

El bosque bajo lleva décadas comiéndole terreno al prau asturiano. El paisaje asturiano ya está desfigurándose como consecuencia del abandono del campo. La falta de trabajo, de servicios y la dureza de vivir en soledad son las causas de que dos de cada diez pueblos de Asturias estén abandonados o tengan un solo habitante. Las consecuencias ya se están pagando: el territorio asturiano es caro, está asilvestrado y desaprovechado. Es un círculo vicioso al que, de momento, no se le ha puesto solución. Ocho de cada diez pueblos de Asturias tienen menos de 50 habitantes y, cuatro de cada diez, menos de diez habitantes. En 2015, había 155 pueblos abandonados más que en el año 2000. 

En los diez años que separan 2005 de 2015, según el nomenclator del Instituto Nacional de Estadística y teniendo solo en cuenta las entidades singulares de población, el número de pueblos inhabitados creció en un centenar hasta llegar casi a los 700. Buena parte se concentran en concejos como Lena, Mieres, Langreo, Laviana, Aller, San Martín del Rey Aurelio, Tineo, Piloña o Villaviciosa. Los expertos, además, aseguran que la pérdida de habitantes del medio rural seguirá aumentando pese a que en los últimos años algunos urbanitas hayan decidido mudarse al campo.

¿Por qué pierde población el campo asturiano?

El sociólogo Jacobo Blanco, decano del Colegio Oficial de Ciencias Políticas y Sociología de Asturias, lo achaca a tres razones. La primera es la falta de trabajo. «Si hace 30 años los agricultores eran 100.000 hoy son 20.000. Se ha perdido empleo en la industria pero nadie habla de lo que se ha perdido en el campo. Si hace décadas había 80.000 explotaciones ganaderas hoy son 30.000», indica. A menos explotaciones, menos empleo. Además, se ha pasado como quien dice de la cuadra a la explotación ganadera, de mayor tamaño y más especializada. «La escasa diversificación de las explotaciones ganaderas han hecho caer aún más en picado la población en comparación con otras regiones o países», señala Blanco.

La segunda razón es que no existen servicios. «La gente se ha ido yendo y cada vez hay menos servicios. Las escuelas se van cerrando porque no hay niños. No hay tiendas, el tejido comercial y de distribución va desapareciendo y se depende del autobús o del coche para ir a las villas de la costa, que son las únicas que mantienen población, y el área central. Todo lo rural se ha vaciado», asegura. 

La tercera razón para irse del campo es la soledad. «Los que quedan son varones y si hay pocas mujeres no se pueden casar, no tienen hijos y desaparecen los niños del mundo rural. Y cada vez se depende más de lo de fuera, no hay servicios y la gente mayor que no puede moverse tiende a irse». Como consecuencia de esa despoblación, entre quienes se quedan el peso de la soledad puede llegar a pagarse con la aparición de enfermedades o trastornos psicológicos, «que explican que la tasa de suicidios de Asturias sea la más alta de España. Internamente, la soledad se lleva mal y, cuando eres agricultor, no puedes coger unas vacaciones».

¿Cuáles son las consecuencias?

Primero, como ya se ha mencionado, la transformación del paisaje, con el bosque comiendo terreno al característico praderío asturiano. Segundo, ese paisaje antropizado, es decir, todos esos pastizales hechos por el hombre, se infrautilizan y, como consecuencia, están desapareciendo. «Se lo está comiendo el bosque bajo y otro tipo de vegetación», insiste Blanco, que explica que la tercera consecuencia es que Asturias no ha aprovechado la gran oportunidad que ofrecía «ese recurso fantástico que tenemos en el campo asturiano», un territorio difícil de gestionar por la diversidad de la propiedad y en la que la tradición urbana ha provocado que el éxodo del campo a la ciudad sea aún mayor que en otras regiones y otros países europeos. 

Blanco pone varios ejemplos: «En Austria, las explotaciones ganaderas son mucho más pequeñas que las nuestras, pero funcionan con sistemas cooperativos que producen leche y quesos tradicionales que se distribuyen por todo el país. Viven de las subvenciones, de la leche, de hacer quesos, mermeladas o conservas y del turismo, ya que llevan a la gente a sus casas. Han conseguido fijar población en el campo. Tienen una diversificación que aquí no se hizo».

También menciona los kilómetros de explotaciones de frutales que existen en comunidades como Aragón. «Aquí la manzana la traemos de fuera porque los manzanos están viejos, no están cuidados como en otros lugares», dice, poniendo como modelo de lo que debería hacerse las plantaciones de kiwi o de frutos silvestres que sí existen en Asturias: «Esa debería ser la idea para aplicar al manzano, a la pera.. pero todo eso ha desaparecido y tampoco tenemos industria maderera que aproveche el bosque como sí lo hacen en otros países en los que funciona. Aquí el territorio es difícil, porque esta dividido en muchas propiedades, pero también en países como Suiza la gestión de los bosques fue complicada».

El geólogo y experto en medio rural Jaime Izquierdo también aporta otros ejemplos de países, como Francia, que se anticiparon al abandono del campo poniendo en marcha en los años 60 políticas para ello. Llevando las fábricas a los pueblos sin ir más lejos. «En España el único modelo posible fue el desarrollo urbano y ahora cuesta mucho. Es un país muy desequilibrado por no haber tenido cautelas. Otros países nos sacan mucha ventaja porque fueron capaces de prevenir», considera, «estamos mal pero vamos a estar peor». Blanco añade que, en Francia, el campo es muy tranquilo y con áreas de actividad que concentran todos los servicios estratégicos.

«Estamos creando un territorio muy caro de mantener»

Ni siquiera la crisis y la pérdida de empleos que supone para las ciudades ha conseguido devolver población al campo. «Por cada uno que volvió al campo marcharon muchos más. Y si en general los que tienen mas iniciativa son los que se van siempre, lo mismo ha ocurrido con el campo», añade Blanco. «La dispersión de población es enorme, tienes pueblos de una o de dos personas, y hay que prestarles servicios. Si hay un niño, o si hay un enfermo, eso es carísimo», dice. La dispersión poblacional es una variable económica muy presente en Asturias. 

«Estamos creando un territorio muy caro de mantener. Es un círculo vicioso difícil de mantener y los servicios tienden a ser malos. Desaparecen los núcleos y, con ellos, la vivienda tradicional asturiana, que ya de por sí era de mala calidad», indica Blanco,«todo el ciclo que había antes, con la matanza del cerdo por ejemplo, desaparece. Los praos van desapareciendo porque no hay ganado y los bosques llegan hasta el borde de las casas». Izquierdo recuerda que al asilvestramiento del paisaje se añaden otros síntomas del abandono del campo como la aparición de animales salvajes en las ciudades: «Los territorios abandonados generan muchos problemas».

Valora este artículo

25 votos
Comentarios

El abandono de los pueblos pone en peligro el «prau» asturiano