¿Turismofobia o miedo racional?: Las reacciones a la masificación en tiempos de coronavirus

s.d.m.

ASTURIAS

La ruta del Alba cortada con árboles
La ruta del Alba cortada con árboles

Asturias vive varios episodios de rechazo a las aglomeraciones. Escenas similares se registran en otras regiones. Las redes sociales se llenan de mensajes contra los madrileños en muchas partes de España

26 ago 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Tres autobuses repletos de viajeros desembarcaron hace unos días a la vez en Sotres. Esta pequeña localidad de Cabrales, con solo un centenar de habitantes, se encuentra en el corazón de Picos de Europa y pasa por ser el pueblo a mayor altitud de Asturias, dos buenos ganchos para el turismo. Los viajeros se bajaron a respirar el aire de la montaña y muchos de ellos, tal y como reconocía el alcalde del concejo, José Sánchez, se olvidaron hasta de la mascarilla. El miedo al coronavirus llevó a los vecinos a meterse en casa y cerrar la puerta. Pocos días después los hosteleros de Bulnes protagonizaron un «cierre patronal». Cuatro bares y un albergue bajaron la persiana después de que se detectase el positivo de un camarero y por el miedo al contagio debido a la «relajación» de los turistas. En el parque nacional de Redes, otra de las zonas turísticas de la montaña del Principado, fueron incluso más expeditivos. Talaron varios árboles y los colocaron a modo de barricada para impedir el paso de los senderistas en la ruta del Alba. Por si cabía alguna duda, colocaron carteles en los que se podía leer «los pueblos no viven de los veraneantes, sobreviven por sus habitantes». Son tres ejemplos contundentes de la reacción de los asturianos ante una temporada alta mejor de lo esperado, en la que las buenas cifras de la crisis sanitaria han servido como reclamo. ¿Sufre el Principado de turismofobia? ¿Es algo exclusivo de Asturias o se han registrado escenas similares en otras regiones?

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El caso de Barcelona

La turismofobia no ha sido la tónica general del verano. Más bien ha sucedido lo contrario. Destinos tradicionalmente masificados, en los que se habían registrado protestas vecinales en años anteriores, buscan ahora el modo de recuperar el pulso. El editorial de El Periódico de Cataluña decía hace solo unas semanas que «son decenas de miles de ciudadanos de Barcelona los que cruzan los dedos para que Barcelona vuelva a ser un destino turístico». El teniente de alcalde de Economía, Trabajo, Competitividad y Hacienda del ayuntamiento de la ciudad, Jaume Collboni, asume en público que el coronavirus tendrá efectos muy negativos en el turismo de la ciudad. Pero, al mismo tiempo, ha demostrado a la población lo que denomina «el drama» que supondría la desaparición de la actividad turística y está convencido de que aplacará los ánimos de «aquellos que practicaban la turismofobia». 

Madrileñofobia

En realidad, el fenómeno no empezó en verano sino con la declaración misma del estado de alarma, en el mes de marzo. La turismofobia comenzó como la madrileñofobia. Proliferaron las noticias de los madrileños que hacían las maletas para pasar el confinamiento en sus segundas residencias. Alcaldes, sobre todo del Levante, dieron la voz de alarma y exigieron controles exhaustivos. Con la desescalada el miedo se extendió. No se podía salir del concejo pero ya había millones de comentarios de madrileños paseando por las playas de Galicia o el Mediterráneo. Sobre si la diáspora fue real o exagerada hay dudas pero la huella en las redes sociales aún es perceptible. Hashtags tan agresivos como #OdioMadrid o simplemente #Madrileñofobia aún son rastreables. Las manifestaciones en el barrio de Salamanca o en Colón sin mascarillas y en contra de las medidas sanitarias solo ayudaron a acrecentar esta corriente.