Otegi eleva el listón de la infamia política


De una crisis política como la que estamos atravesando, se sale. España no es el primer país que se encuentra en una situación tan esperpéntica, y todas las naciones que han pasado por una coyuntura similar acabaron formando gobierno. De una crisis económica tan grave como la que padecemos, todos los países que la han sufrido en términos parecidos han acabado recuperándose más tarde o más temprano. Pero lo que resulta más complicado es que un país recupere su dignidad cuando ha perdido ya toda referencia moral, hasta el punto de que los ciudadanos se acostumbren a presenciar cada día las mayores vilezas y se limiten a ignorarlas o a mirar hacia otro lado.

La tournée por Cataluña que ha llevado a cabo el exterrorista de ETA Arnaldo Otegi, su entrevista con los diputados de Junts pel Sí, la CUP y Catalunya sí que es Pot, su reunión con la presidenta del Parlamento catalán, que representa o debería representar a todos los grupos parlamentarios, y su nauseabunda afirmación de que «el Estado español no tiene ningún interés en que ETA se desarme», constituyen desde ya uno de los hitos en la historia de la infamia política de España, rica en acontecimientos en los últimos tiempos.

Otegi se paseó ayer por Cataluña con una sonrisa permanente en su rostro, desafiante y perfectamente consciente del escarnio que supone para las víctimas el intento de normalizar políticamente a alguien que era miembro de ETA en los años en los que esa banda terrorista asesinó a centenares de inocentes, incluidos niños y ancianos. Se paseó por instituciones y medios catalanes amparado por dirigentes de tres partidos y defendido por el propio presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, a pesar de que ni cuando era un terrorista en activo ni ahora, después de haber pasado más de seis años en la cárcel por ello, ha considerado necesario condenar jamás los atentados de ETA ni pedir perdón por las más de 800 personas a las que asesinó su banda.

En el totum revolutum de la política española, hay quienes pretenden que confundamos el derecho de un ciudadano que ha cumplido su pena a integrarse en la sociedad con el hecho de que pasar por la cárcel le otorgue a un terrorista alguna autoridad moral para dar lecciones políticas o para convertirse en una especie de Mandela de Elgóibar. Otegi, el mismo que secuestró a punta de pistola junto a otros siete etarras al empresario Luis Abaitua y lo mantuvo encerrado diez días en un agujero excavado en el monte, pretende convertirse ahora en presidente del Gobierno vasco. Junts pel Sí (CDC y ERC), Catalunya sí que es Pot (Podemos, ICV y Equo) y la CUP están dispuestos a ayudarle a lograrlo. Allá ellos con sus amistades. Pero lo que resultaría letal para la democracia es que el resto de españoles asistiéramos indiferentes al macabro intento de convertir a un exterrorista en lendakari, como si se tratara de una opción política más. Porque de esa sima moral sí que sería imposible recuperarse.

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