Sí, se puede


El 24 de mayo de 2015 sucedió algo extraordinario. El 25 de mayo de 2015 en la portada de los principales diarios de este país podíamos observar una imagen unánime: rostros largos en las principales fuerzas políticas de nuestro país, que hasta entonces se habían ido alternando en el poder de una legislatura para otra mediante la fórmula conocida como «turnismo político» y, por otro lado, rostros de visible alegría y emoción. Esta dicotomía iba más allá de los rostros, también se apreciaba en la vestimenta de cada cuál, en el lugar en el que seguían la noche electoral o el número de ciudadanos y ciudadanas que rodeaban cada celebración. En estas portadas, frente a la condesa de la corrupción, frente a Esperanza Aguirre, estaba una Manuela Carmena que inspiraba un Madrid diferente y que en muy poco tiempo «carmenizó» Madrid y logró polarizar con el Partido Popular desde un movimiento ciudadano como Ahora Madrid. Frente a Xavier Trías, que se sentía orgulloso del acto de transparencia que suponía decirle a la ciudadanía que un tercio de los concejales y concejalas de su Ayuntamiento cobraban una cantidad sensiblemente superior a la que cobra el presidente del Gobierno, una activista de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca emocionada tras conocer que había ganado las municipales en Barcelona desde una plataforma ciudadana.

Ana Taboada no abrió las portadas de los periódicos tras ser la segunda fuerza más votada en Oviedo y legítima alternativa al continuismo-gabinismo del imputado Caunedo, sino cuando demostró la generosidad que el cambio político tiene para desterrar del poder a las peores cara de la política: la corrupción y la mala gestión del erario público. Así, cediéndole la Alcaldía a Wenceslao López e impugnando las artimañas de una FSA que acusaba a Podemos de fagocitar sus aspiraciones de que gobernase Gijón un candidato implicado en un proceso que investiga la ampliación de El Musel por posible corrupción y que podría acabar imputado siendo alcalde, logró echar a aquellos grandes gestores que llevan anotados en su debe grandes logros como la Operación de los Palacios o Villa Magdalena, suponiendo un coste para la ciudad de 96 y 60 millones de euros, respectivamente.

Varias cosas en común en muchas ciudades muy diferentes. Gente normal, en candidaturas de Unidad Popular que no se podían presentar si no lograban un determinado número de avales en apenas unos días, sin dinero para hacer grandes campañas ni profesionales que maquetaran sus programas electorales, recorriendo cada rincón de sus ciudades para decirle a la ciudadanía que ahora sí, que ahora había una alternativa a «lo de siempre» en sus ciudades.

Tras un año en los ayuntamientos, podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que las candidaturas de Unidad Popular que gobiernan en múltiples ciudades, algunas de las más importantes del Estado, son antagónicas con los partidos tradicionales, sobre los cuales podríamos decir que parecen salidos de la fabricación en serie para estar en cada municipio, sin más pretensión que eso. Muchos de estos nuevos concejales y concejalas hacen, no pocas veces, alusión a que sí, se pueden cambiar las cosas. Pero no tanto como les gustaría, ni tan rápido. Si a día de hoy hubiese un cambio de Gobierno en esas ciudades, al Gobierno entrante no le costaría volver a hacer las cosas como las había hecho hasta entonces. Con esto lo que quiero decir es que los ayuntamientos, tal y como están concebidos desde el Gobierno central, son meros cajones de sastre sin las herramientas necesarias para evitar los rotos, aunque sí los descosidos.

Quienes hoy se presentan a las elecciones del 26 de junio como unos excelentes gestores, tienen en su haber los casos de corrupción más flagrantes de la historia de nuestro país, la primera imputación a un partido político en democracia o un embargo inminente en caso de no pagar más de un millón de euros por su Caja B y han dejado unas herencias en las grandes ciudades de nuestro país que, aquellos que iban a acabar con la democracia, van a tener que costear a lo largo de su legislatura. Y en muchos casos en minoría.

Es por esto que, si poco a poco se van pudiendo cambiar las cosas, en muchos casos es gracias al esfuerzo de muchas personas normales que se han metido en política para cambiar las cosas, dejando de lado proyectos personales y vitales para ser oposición en pequeños ayuntamientos y levantar alfombras o abrir puertas y ventanas que llevaban muchos, muchos años cerradas. Si poco a poco se va abriendo paso el cambio político en nuestro país, es porque la gente corriente ha ganado batallas culturales que lo permiten: la vivienda, el modelo de partidos tradicional, el secuestro de nuestra democracia, la falta de participación activa en la política institucional, unos ayuntamientos que no tienen recursos que gestionar o bien unas leyes que no son iguales para todas. Es gracias a que el 24 de mayo de 2015 se empezó a poder en muchos rincones de España que hoy no contemplamos con normalidad que quien llamaba antisistema a quien decía que la Constitución la habían roto otros pueda saltarse las leyes y, como está en funciones, no rendir cuentas de lo que se está haciendo con los fondos públicos.

El 24 de mayo de 2015 es un día bonito de recordar para quienes creemos que las cosas se pueden hacer de otra manera. O de otras. De muchas maneras, respetando el bien común y no saltándonos las leyes o cambiándolas cuando no benefician a nuestros intereses particulares. Pero también es un día del que aprender que, si no somos más, tendremos que seguir jugando con sus reglas quién sabe si demasiado tiempo como para impedir que la ventana de oportunidad siga abierta. Si el 26 de junio estamos ante la primera segunda vuelta técnica de nuestra democracia, urge desempatar a favor de la gente corriente que intenta un día tras otro reivindicar la palabra política: de los ciudadanos, de las ciudadanas, de las ciudades.

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