La Pequeña Siria


Nueva York es una mano que contiene el mundo. En su palma están las líneas de la vida y la muerte. Hay una Little Italy que, con excepción de las pequeñas banderas tricolores y del tomate de sus pizzas, se ha ido destiñendo, asumiendo su condición de decorado de otros tiempos. Hay una Chinatown en la que, a la vuelta de cada esquina, brillan los patos laqueados y saludan los gatos de la suerte. Y hubo una Little Siria anterior a muchos de los grandes símbolos de la metrópoli. Alexandre S. Levine recuerda en The New York Times que entre 1890 y 1920 se establecieron en la ciudad miles de inmigrantes sirios, libaneses y jordanos. Cuenta que las calles olían a café turco y a pistachos. Muchos de estos nuevos estadounidenses trabajaban la seda en sus países de origen y se reciclaron en América confeccionando kimonos y ropa interior femenina. Después llegaron griegos, armenios, eslovacos... Sufrieron juntos como vecinos la Gran Depresión y los conflictos bélicos que desangraron el mundo. Michael Yanoscik, originario de Eslovaquia, fue el primer soldado de Little Siria que murió en la Segunda Guerra Mundial. Su funeral fue organizado por un trabajador portuario árabe, un policía irlandés y un barman polaco. Lo relata el libro The Financial District?s Lost Neighborhood: 1900-1970. Este ejercicio de memoria es una excepción. Como la exposición que el Arab American National Museum le dedica a aquel curioso universo. La Pequeña Siria ha sido una huérfana en el relato de la historia de Manhattan. Su identidad acabó diluyéndose y las demoliciones provocadas por la construcción del Brooklyn-Battery Tunnel fueron su sentencia. Pero, si el barrio siguiera existiendo como tal, el World Trade Center estaría en Little Siria. Irónico. Y amargo.

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