Ángel


Este nuevo director de La Voz de Asturias que ustedes intuyen más que ven --pues no le gustan los focos-- no es, ni mucho menos, un recién llegado. Parafraseando el cuento del dinosaurio de Monterroso, hace 21 años, cuando desperté en La Voz, más verde que Alfredo Landa en Alemania, Ángel ya estaba allí. Entonces le oí por primera vez su mantra: «Soy redactor jefe. Es lo que me gusta, lo que de verdad quiero ser». No incumplió su autopromesa: sólo cambió de nombre el cargo cuando no tuvo más remedio y siguió haciendo lo mismo en otro escenario. Podría decir que alguna vez pensé que Ángel es como el soldado japonés que no rindió su isla solitaria después de la capitulación, que siguió años y años esperando al enemigo, parapetado, amotinado contra el tiempo y la lógica. Afilando la katana y rumiando sueños de victoria. Pero el único enemigo que en realidad tiene el periodismo es el periodismo, y aunque Ángel haya seguido al pie del cañón, ahora pienso más en él como una mezcla imposible de Maturin, el médico naval de las novelas de Patrick O?Brian, y el sabio de Hortaleza. Tal vez porque en su largo viaje nunca ha terminado de enjuagar de su acento un punto castizo: llegó del Madrid garbancero, del que nunca renegó, como yo, y encajó en Asturias, que abrazó sin reservas y a la que considera ya su verdadera patria.

No voy a dedicar mucho espacio ni nombraré a más de un político infame que nos puso palos en las ruedas y que ahora estará rabiando por este retorno, si es que no está en la cárcel o el olvido, ni menos aún a algunos empresarios codiciosos y estafadores que nunca debieron posar sus zarpas sucias sobre La Voz. No escribí en aquella ocasión; me dan grima los obituarios y los dejo para otros más proclives al drama, y tampoco lo haré ahora. Es más valioso y escaso el silencio. En el intermedio desde el doloroso cierre de La Voz, Ángel escribió un gran libro (La reconversión humana, Ed. Trea) y volvió a la batalla después de los anuncios casi sin despeinarse. Ole.

No se dejen engañar por su risa explosiva y su cordialidad. Es duro como la piel del demonio, nunca se deja poner un bozal frente al poder, aunque usa una lealtad a veces casi absurda con amigos y ajenos. Y es testarudo si cree tener la razón en un titular como un terrier hambriento con un hueso. Seguramente que en estas cerca de tres décadas de profesión se ha ganado enemigos, no muchos, pero sí muy tontos, indolentes o incompetentes para trabajar a gusto con alguien como él. Lo que también pienso es que incluso ellos le reconocen su enorme capacidad. Y no iba para periodista, sino para cineasta: eso que ganó el periodismo. Llegó para escribir historias pero de las verdaderas, y para darles forma y sentido y ofrecérselas a la gente en bandeja.

En contra de sus principios y de sus ambiciones, estoy seguro, acepta ser el director de La Voz, un diario que es memoria de Asturias y necesidad en un panorama informativo más devastado que el Mojave. Enhorabuena.

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