Extraordinarios jugadores, poco fútbol, pero un gen ganador inigualable


Si nadie ni nada puede con el fútbol es por su tremenda capacidad para navegar por la senda de la impensado. Hace unos meses el Real Madrid se diluía en un mar de mediocridad y dudas, cuando no de ridículos y esperpentos. Ayer levantó la Copa de Europa. La undécima.

Las finales no se juegan, se ganan. Y el Madrid es un experto. Ha ganado las últimas cinco que ha disputado. Rompiendo una mala y duradera racha ante la Juve con aquel gol de Mijatovic; con autoridad ante el Valencia en el 3-0 del 2000; la del histórico golazo de Zidane ante el Leverkusen en el 2002; la de Lisboa ante el Atlético con el angustioso gol de Ramos; y la de los penaltis de ayer. La ganó quizá de la forma menos brillante de todas cuantas ha disputado. Gracias a un gol ilegal, en principio, y a los penaltis, al final. Ni la BBC, ni un decepcionante Ronaldo que a la postre acabó marcando el penalti decisivo, ni un atisbo del equipo galáctico que se supone que es, y que realmente es. Solo una versión rocosa de un grupo de futbolistas con un talento extraordinario, que en Milán durante muchos minutos jugó como un pequeño, pero que se agarró a su gen ganador para sacar adelante el encuentro.

El Real Madrid llegó a la final de Milán después de haber dejado en la cuneta al Roma, Wolfsburgo y City. Llegó con justicia, pero sin alardes. Ganó sin brillo a los romanos, sufrió ante los alemanes a quienes debió remontar un dos a cero de la ida. Y se impuso a un deplorable Manchester City con un único gol en los dos partidos. Zidane se ganó a sus futbolistas. Y estos se comprometieron con él como no lo hicieron con Benítez. Nunca logró darle vuelo al juego de un equipo espectacular en sus individualidades, pero con cierta indefinición en su personalidad más allá del vértigo que le imprime su tridente. Con el apoyo de sus futbolistas logró que compitieran y que lo dieran todo en el campo. Y, está demostrado, cuando el Real Madrid lo da todo, puede permitirse el lujo incluso de no jugar nada.

La otra cara de la moneda es un Atlético al que se le ha quedado una cara de perdedor que le va a costar olvidar. No mereció más que los blancos, pero tampoco menos. Al método del Cholo Simeone, además de suerte en el momento definitivo, quizá le falte un punto de calidad para levantar la Copa de Europa. Llevó más que al límite a su eterno rival otra vez, pero carece todavía de ese plantel que le permita imponerse con autoridad en una final de este empaque.

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Extraordinarios jugadores, poco fútbol, pero un gen ganador inigualable