El timo de Villa Magdalena


Villa Magdalena es un diamante del gabinismo. Una muestra del calentamiento global de la economía de Oviedo en los tiempos en que De Lorenzo paseaba por las calles levantando los brazos como José Tomás, tiempos de Cardhú y de perritos de regalo. Gabino levantaba un dedo y un lacayo apuntaba el encargo en la libreta, después se le enviaba al pedigüeño el cocker con un lazo.

Seguramente no es el peor de los pelotazos. Tengo serias dudas de que se trate de una enorme negligencia, de una nefasta gestión para la ciudad: comprar a precio de diamante, como digo, una casita de muñecas que no sirve prácticamente para nada y que a sus dueños, originalmente la familia Rato Figaredo, les servía aún para menos. La negligencia no es uno de los tremendos defectos que adornan a De Lorenzo. La capacidad de cálculo sí que es, sin duda, una de sus virtudes más letales desde que manejaba números en Ensidesa.

Porque De Lorenzo sabía que este marrón cósmico nos caería a todos cuando él ya estuviera en un cómodo retiro político, donde los dardos del insumergible Rivi no le llegan. Es una certeza que conocía y calculaba los plazos de las alegaciones y vueltas y revueltas que iba a dar el precio de Villa Magdalena una vez que se resolviera definitivamente. Quizá hasta imaginaba que el PP ya no iba a estar gobernando: miel sobre hojuelas, de la que se libró el delfín Caunedo.

El exalcalde de Oviedo hacía y deshacía operaciones de este jaez más desde Benia de Onís que desde la plaza de la Constitución. Gobernaba en soledad y por fax, estrictamente hablando. Tenía mercenarios que procuraba buscar con, más o menos, la mitad de su inteligencia para que no le movieran la alfombra, como el ínclito Rodolfo, o el olvidable Luis Gómez, o algún que otro funcionario domado, todos más que bien recompensados por el trabajo sucio. Ahora pagaremos todos, incluidos los incautos que le votaron, por aquella barra libre continuada.

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