Cuarenta años no son nada


9 de junio de 2016: último año de la prueba de selectividad.

10 de junio de 1975. Tenía yo 17 años. Con mis compañeros bajé del autobús delante de la facultad de biología en el casi nuevo campus de Llamaquique, en Oviedo. Nerviosos y un tanto asustados, los chavales de La Inmaculada, el colegio jesuítico de Gijón, íbamos a realizar el examen de selectividad para ingresar en la universidad. Era el primer año que se hacía y nadie, ni siquiera nuestros profesores, sabía muy bien de qué iba aquello. Nada más llegar, un grupo de universitarios, al grito que luego me iba a ser muy familiar de «el hijo del obrero a la universidad» y gritando consignas contra la selectividad irrumpió en la facultad. Los grises, con poco miramiento, arrastraron a aquellos jóvenes hasta los furgones policiales. Nos estábamos bautizando: entrábamos en la universidad. Franco con una pata en El Pardo y otra en Cuelgamuros, cinco sentencias de muerte pendientes de confirmación, huelga en nuestro país, como era habitual recurrentemente desde 1966, pero también esta vez en Vizcaya y en Barcelona.

El sistema de COU entonces era de libre opcionalidad: podías elegir tres asignaturas sin recorrido ni concordancias, cosa que se modificó después. Es verdad que los de ciencias solían escoger matemáticas avanzadas, física, química y biología, y los de letras latín, griego, historia y geografía. Los de ciencias eran los grupos 1, 2, 3 y 4. Los de letras eran los grupos 5, 6, 7 y 8. Entre el 9 y el 15 estaban los eclécticos. Llamaron al grupo 13. Sólo tenía un alumno: David Rivas. Era el grupo de matemáticas avanzadas, historia del arte e introducción al derecho.

Llegó el examen. Primer día. Una conferencia y un comentario de texto. La conferencia trató de la formación geológica de la Tierra y había que resumirla. El texto resultó ser del Londres de Julio Camba, cosa que yo no reconocí, evidentemente. De esto sí me acuerdo. Camba explicaba que la contaminación de Londres obligaba a la gente a lavarse más que a la de Madrid. Había que poner un título. Como me pareció de un profundo humor ?años después me dí cuenta que entre un gallego como Camba y un asturiano como yo es fácil comprender nuestra peculiar «vis comica»- lo titulé: «no es más limpio quien más se lava o la relatividad en el cuarto de baño». Cuando se lo conté a mis amigos me dijeron: «nun aprebes nin de puta coña». Pues fue la máxima nota en comentario. Por supuesto que de lo de la geología ni me acuerdo.

El día 11 por la mañana era el examen de las asignaturas comunes. Matemáticas fundamentales: a elegir entre un problema de cálculo integral y otro de cálculo de probabilidades. Elegí el de la probabilidad. Lengua: a elegir entre «formas verbales del castellano» y «significado y significante». Elegí la segunda. Día 11 por la tarde, la hora de las optativas. De las tres cayeron las dos segundas, para mí arte y derecho. Historia del arte: «el arte de la monarquía asturiana» y «el impresionismo». Elegí el arte asturiano. Derecho: «las fuentes del derecho» y «el contrato social y los fundamentos constitucionales». Elegí el segundo.

El día 12 por la mañana tocaba inglés y, después, ¡folixa asgaya! Tuviéramos que traducir una parte del discurso de Churchill de «sangre, sudor y lágrimas». Tuve suerte porque lo conocía en español, ya que lo teníamos en la biblioteca de casa. Fue el más cabrón de los exámenes porque el inglés de Churchill en los discursos es muy retórico y con bastantes medievalismos, muy ampuloso también. A mí me pareció que querían cribar con el inglés (y con el francés, donde les cayó un texto de Camus).

¿Para qué valió la selectividad? Para nada, salvo para poner nerviosos a chavales de 17 o 18 años. Todo el mundo sabe que el acceso a la universidad lo marcan las mafias de los colegios profesionales, los que son de colegiación obligatoria. Cuarenta años de selectividad y cada vez es mayor el fracaso académico. Seis planes viví desde estudiante hasta este momento en el que estoy cerca de la jubilación y puede que vea aún otro. Y, de verdad, cada uno peor que el anterior. Los gobiernos de la derecha han llenado la universidad y sus filtros de clasismo y casticismo, mientras que los de la izquierda la han llenado de mediocridad y falsa igualdad.

Recientemente, el estudio del Observatorio de Innovación en el Empleo, vinculado al World Economic Forum, nos ofrece algunas cosas muy curiosas. Las principales carencias que los universitarios españoles tienen en lo que llaman «habilidades hard» son, en orden decreciente, la comunicación escrita, la habilidad para hablar en público y el análisis de datos. En cuanto a «habilidades soft» son la resolución de problemas, la atención a los detalles y la comunicación. Es curioso pero, precisamente, esas son las seis habilidades que tiene la mayoría de los profesores de universidad. ¿Qué es lo que falla?, ¿dónde se produce la disfunción?

La disfunción tiene una causa doble. Por una parte los modelos docentes han consagrado a un estudiante indolente, con poca capacidad de sacrificio y esfuerzo, y que piensa que todo es rápido y fácil. El acceso a la información le hace creer que sabe mucho y, a veces, que sabe más que su profesor porque éste, si pasa de una determinada edad, es bastante torpe con las nuevas tecnologías. A eso se le añade una familia enormemente complacida en su listísimo vástago y una administración que dota de todos los derechos al estudiante y hace sospechoso al profesor. Y eso es un error. La enseñanza nunca es democrática porque la opinión de unos es muy superior a la opinión de otros. Confundir la igualdad de derechos civiles con la igualdad en el conocimiento es una barbaridad.

La otra causa se encuentra en el modelo docente de nuestras universidades. Los profesores se ven obligados a cumplir con unos estándares atrabiliarios donde una investigación sobre las estupideces del modelo más inconsistente es más valorada que la docencia. En nuestras universidades la vocación docente está castigada con menores retribuciones. El profesor, el «que profesa» es considerado idiota o sospechoso, como en los mejores años de la represión cultural.

Volvamos a 1975. Cuando me senté en aquel escaño de la facultad de biología de la universitas ovetensis ya tenía decidido estudiar economía pero dudaba entre tres opciones de futuro: economista del estado, diplomático o profesor. Elegí la última opción. Es la menos rentable y la menos valorada en los salones a los que acude el rey, la farándula y los imputados de todo color. Pero es una profesión que te deja una vida plena y un espíritu libre.

Y todo empezó con aquella prueba de selectividad. 

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