Resacón en Oviedo


Y tras el fiasco de Villa Magdalena, la casita de muñecas más cara del mundo, llega el desastroso palacio hotel tienda de Calatrava. Un zurullo de selfie, así, con todas sus letras. Desde el punto de vista arquitectónico y funcional, un bodrio, como casi todo lo de Calatrava, que ha firmado en su carrera un catálogo más amplio de grietas que un tebeo de Pepe Gotera y Otilio. El valenciano se ha hecho un verdadero experto internacional en despropósitos y carcasas vacías sin sentido; supongo que cuando le dan una obra él contrata de antemano la defensa del juicio que inevitablemente viene después. Así, sobre plano, le sale más barato. Quien tuvo la ocurrencia de concederle el premio Príncipe de Asturias de las Artes en 1999 debió de quedarse bien a gusto o es que no se había leído el curriculum del personaje. Ah, qué años aquellos de bonanza, dietas y whisky por el grifo, de festichuelas en el club, de jolgorio equino.

Desde el punto de vista político, otra cacicada del PP de Oviedo de los noventa, o sea, Gabino de Lorenzo consigo mismo. Porque el PP no existía en la capital: no había juntas, asambleas, auditorías ni otro sursuncorda que él. Desde el punto de vista económico, un pelotazo monumental y una nueva bomba atómica para los bolsillos de los ovetenses. Es lo que pasa cuando se diseña todo a golpe de decreto y compadreo con la iniciativa privada, queriendo hacer creer al personal que los empresarios van a regalar algo a la ciudad. A algún bolsillo personal, no digo que no, pero a la ciudad, ni de globo.

El centro comercial está moribundo y el megacomplejo de El Vasco es un zombi. El calatrava parece una muela cariada en Oviedo, y eso que el Principado fue inexplicablemente al rescate y alquiló miles de metros cuadrados para las consejerías. De otra forma, esas oficinas que nadie necesitaba seguirían vacías y la operación habría estirado la pata mucho antes.

La dictablanda de De Lorenzo nos ha dejado, literalmente, un agujero millonario en obras con escaso o cuando menos dudoso aprovechamiento público: el Tartiere, Villa Magdalena, el Calatrava, el cómicamente llamado Cinturón Verde y sus párkings vacíos, la parcela de El Vasco? además de una serie de derribos históricos. En proporción a los habitantes de la capital asturiana, la revolución cultural china, vaya, que fue revolución pero de cultural tuvo poco. Nos pasamos de la tristeza carpetovetónica y grisácea de Masip, que aún sigue por ahí dando la cacharra, al cartón piedra con alegría, el Ikea del amueblamiento urbano. Nos dedicamos a gastar en toneladas de maquillaje de fachadas y aceras para que los paletos vieran guapa la ciudad y se hincharan en el reparto alimentario de canapés de las inauguraciones. Ahora viene el resacón.

Como decía la semana pasada, a esa cosa híbrida llamada tripartito le ha caído un marronazo que le desborda colosalmente. Menos mal que las elecciones le dieron tiempo de frenar esa monstruosidad del aparcamiento en Toreno, el último pelotazo ideado por el gabinismo, que amenazaba con asfaltar el Campo San Francisco y las arcas municipales al mismo tiempo.

Oviedo cambió mucho con Gabino y un poco menos con su delegado de clase, Caunedo, sí, pero a qué precio y con qué resultado. Cambió. Que cambiara para bien, es otra discusión.

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