¿Es posible un «hispaexit»?


Redacción

Decía John Carlin, hispanobritánico que milita en el periodismo de la verdad y la ética, que los europeos nacidos después de 1960 hemos sido tres generaciones de afortunados, porque a nuestra ciudadanía de nación se ha ampliado con una de elección, la que representa el imperio de la civilización. Ser europeo es, pese a los malos vientos de la eurohostilidad, disponer del pasaporte moral que nos legaron los padres fundadores de la Ilustración, entre ellos nuestros asturianos Gaspar Melchor de Jovellanos o Álvaro Flórez Estrada, y cuyo legado continuaron los regeneracionistas del XIX, los republicanos de principios del pasado siglo y los demócratas que soportaron la dictadura franquista con su autarquía criminal empeñada en elevar la altura de los Pirineos.

La decisión de una mayoría de los británicos de abandonar la Unión Europea es una mala noticia. Y traerá dolores de cabeza. Pero invoquemos su flema: el Reino Unido, pese a ser una de las cunas de la civilización continental y una armada invencible frente al nazismo, nunca hizo suyo ese anhelo surgido de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial y del Holocausto que se tradujo en la creación de una Unión de Estados Unidos Europeos. Su altanería imperialista sin imperio llevó a Gran Bretaña a rechazar integrarse en el núcleo fundador de Francia, Alemania Federal, Italia y el Benelux. Y cuando lo quiso corregir en 1973 optó por quedarse en el porche de la Unión Europea. ¿Y qué decir de Margaret Thatcher? Su conservadurismo de caspa y te a las cinco, cuya metáfora cómica la representaban George y Mildred Roper en su popular serie televisiva de los años setenta, fue alimento perfecto para los adictos a las dietas sobradas de calorías de nacionalismo, xenofobia y aislamiento.

Pese a todo, la Unión Europea siguió adelante por el impulso dado por los diferentes gobiernos socialdemócratas, cristianodemócratas y liberales, personificado durante la década de los ochenta en el añorado Jacques Delors, y pasó de un acuerdo de entendimiento comercial al germen de una futura confederación política. Así se convertía en una potencia de bienestar, libre circulación de las personas, no sólo de las mercancías, de ayuda al desarrollo y de exportación de los valores democráticos.

Y los españoles lo sabemos bien. Cuando en 1986, Fernando Morán, ministro de Asuntos Exteriores, y Felipe González, presidente del Gobierno, suscribieron el tratado de adhesión a Europa materializaron un viejo anhelo de generaciones. España rompía con el aislamiento de ese espacio moral y social nacido del hermanamiento de las civilizaciones milenarias surgidas en Atenas y Jerusalén y que la Ilustración armonizó en un sueño que no alimentaba monstruos.

Pero el capitalismo depredador y el nacionalismo tribal afilaron sus piquetas para demoler el edificio europeo en construcción. Y han conseguido sus resultados. Hoy es el «brexit». Marie Le Pen ya se frota las manos y los populismo de izquierdas y de derechas ya hacen cálculos en otras latitudes para continuar con el derribo. Para lo que cuentan con el aliento interesado del club de la mezquindad, que lideran personajes como Donald Trump, Vladimir Putin o Xi Jinping, presidente de esa singular dictadura capitalista de hoz y martillo de China.

¿Y España está libre de la peste antieuropeísta?  En principio sí, pero hay motivos para la preocupación. En 2008, antes de la crisis, más del 80% de los españoles eramos militantemente europeístas. Con los rejonazos de la crisis y las curas de caballo económicas impuestas por la Comisión Europea, que controla la alemana Ángela Merkel y dicta el Bundesbank, se sembraron las semillas del diablo del escepticismo y del antieropeísmo. Diferentes encuestas apuntan que más de un 40% de los españoles recelan hoy de la UE. (Ver los estudios de Metroscopia).

España no sufre la lacra de los partidos xenófobos. Pero el rechazo al diferente, al otro se camufla de diferentes maneras. Cuando el Gobierno de Mariano Rajoy y su PP levantan alambradas contra los huidos de la pobreza y de los genocidios actuales, limita la recepción de refugiados o excluye de la sanidad pública a los inmigrantes no comunitarios está atiborrando de bilis a las huestes recelosas del extranjero pobre, dominadas por el miedo a la competencia laboral del foráneo y dominadas por los espectros de la ignorancia,  la ruindad y lo montaraz. Es decir, los colores de guerra de la tribu.

La actitud política del PP y su rancio nacionalismo rojigualda -volverán a gritar los patriotas de hojalata, hoy más que nunca, Gibraltar español- se armoniza con un servilismo a las imposiciones mercantilistas, al servicio de los intereses de algunos gobiernos europeos, pero no de Europa como espacio común. Y esto se llama irresponsabilidad. No nos confundamos: cuando la Comisión Europea y demás integrantes de la Troika han impuesto vigilias de hierro a Grecia, Portugal y España, sólo estaban salvando el culo de los banqueros alemanes y de los intereses privados de algunos oligarcas que tributan en paraísos fiscales. Y las únicas asignaturas aprobadas con nota por el Gobierno del PP han sido la de la sumisión a los poderosos y la de la crueldad con los españoles más débiles y desprotegidos económicamente.

No son los únicos que han sembrado la cizaña contra la Unión Europea. La izquierda reaccionaria, hoy agrupado en la coalición Unidos Podemos, nunca fue europeísta. Su obsesión con la Europa de los mercados es la máscara perfecta de un nacional-leninismo (teorizado por Jorge Vestrynge, exfascista, exsecretario general de la Alianza Popular de Manuel Fraga y profesor compadre de la casta fundadora de la formación morada) que busca ocultar su odio a las sociedades abiertas, sustentadas en la ciudadanía democrática y no en esa entente fantasmagórica llamada pueblo, sustantivo manoseado y salivado tanto por Hitler como por Stalin, por Franco como por Fidel Castro, por Trump como por Putin.

Julio Anguita, padre espiritual de la entente de intereses entre Pablo Iglesias Turrión y Alberto Garzón, lo ha dicho abiertamente: hay que salir del euro y de la Unión Europea. Hace mes y medio, el partido de Garzón aprobaba una ponencia oficial reclamando el abandono de la casa común europea y hay suficientes testimonios del conducator de Podemos en contra de la construcción de los Estados Unidos de Europa. Todo ello rematado con su pertenencia a Izquierda Unitaria en el Parlamento Europeo, donde anida un antieuropeísmo rancio de oxidadas hoces y martillos. Justo es decir que en la coalición rojimorada están los verdes de Equo y los ecosocialistas valencianos de Compromís, formaciones que abogan abiertamente por una federación europea, donde los Estados Nación pierdan competencias en favor de una UE federal.

¿Es posible un «hispaexit»? Si los dos extremos del arco parlamentario, es decir, PP y Unidos Podemos, se siguen nutriendo mutuamente de estrategias patrioteras y arengas antieuropeístas para colmar sus ansiedades electorales estarán abriendo las puertas no sólo al escepticismo, sino también a la eurofobia. Y ese magma silencioso irá asentándose en la sociedad. Para ello es indudable que contarán con la colaboración de los independentistas catalanes y vascos, al acecho siempre de una oportunidad para buscar su acomodo como esa aldea gala inexpugnable de una ficticia Arcadia.

Pero a los eurohostiles no se les combate con una eurofilia de hinchas irreflexivos. Es la hora del europeísmo crítico. De decir, a las claras, que la UE será el sueño de los padres fundadores si se convierte en un espacio global de derechos civiles y económicos, en el que el único pasaporte sea el de la ciudadanía, la democracia, el progreso social y el bien común. Si aboga sólo por un territorio de intercambio de mercancías se estará abonando la tierra baldía de las fronteras y la insolidaridad. Y también de la debilidad ante Estados Unidos, Rusia y China. Es decir, la insignificancia del patriota de pecho de hojalata y besabanderas.

Por ello es necesario inteligencia, pedagogía y firmeza. Los años gloriosos de la casa europea fueron aquellos en los que se avanzó hacia esa utopía posible (permítaseme el oxímoron) de unos Estados Unidos de Europa. Si hay que optar por reducir el número de miembros comprometidos con el proyecto, hágase, pero sobran los quintacolumnistas y aquellos que quieren disfrutar sólo de la terraza, pero no compartir los gastos de toda la casa. El primer ministro italiano, Mateo Renzi, con su perspicacia florentina ya lo ha dicho: «Dobbiamo cambiarla per renderla più umana e più giusta. Ma l'Europa è la nostra casa, è il nostro futuro». Es decir, refundémosla si es necesaria.

Para que la plaga del «brexit» no se extienda, para que nunca se produzca un «hispaexit», se hace necesario que algunos dejen de jugar con fuego y su patrioterismo, rojigualda o morado, se traduzca en velar por los intereses reales de los españoles, que no son otros que el de ser ciudadanos europeos en plenitud. Y también exige mostrar firmeza de acero con aquellos que prefieren irse. Ningún incentivo a los populismos ni a los soberanismos: quien quiera pertenecer a este club de libertad, derechos civiles y progreso social («Mes que un club», diría un buen culé) sabe que tiene que venir ideológicamente aseado y limpiarse bien los zapatos del barro de la mezquindad y del egoísmo en el felpudo de la puerta de nuestra casa común.

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