Las encuestas son una idiotez


Es ya una tradición. Con cada convocatoria electoral se publican docenas de encuestas muy caras y muy pomposas que aseguran una predicción de resultados con un 5% de margen de error, lo que siempre, sin excepción, termina por ser una diferencia real de hasta el 25% o más. Es un rito asombrosamente estúpido en el que caemos todos, tanto políticos como periodistas y votantes en general. Para lo que daban algunos de los sondeos publicados, era más precisa la apreciación a ojo de cualquier ciudadano con una pequeña porción de sentido común.

Da la impresión de que existen múltiples factores e intereses que generan ese desfase tan desconcertante y tan recurrente. Empecemos por los no maliciosos: dado que la estadística es una, llamémosla ciencia, más bien inexacta, lo que de por sí ya constituye una contradicción, el sistema electoral español hace casi imposible que en una encuesta con 1.000 entrevistas, que es el tamaño estándar, sirva para algo. Dado que tenemos 50 provincias y dos ciudades autónomas y cada una de ellas requiere su propio análisis, con un buen reparto tocarían a unas 19 encuestas por provincia: de risa. ¿De verdad pretenden con esa muestra tan ridícula contar algo de lo que va a ocurrir con el reparto de escaños? Obviamente los ‘huecos’ se los inventan. Lo que ellos llaman «cocina», que debería llamarse «imaginación». Hasta el cacareado CIS, que nos cuesta un pastón a los contribuyentes, cae en análisis tan clamorosamente erróneos como inútiles.

Por si esto fuera poco, existe un factor fundamental que las empresas de sondeos llaman «indecisos». O sea, los que no les da la gana de contar su tendencia política a un becario que le llama por teléfono o en verdad no lo tienen decidido. Eso suma en muchos casos un 20% de los encuestados. ¿Cómo tienen los «cocineros» la caradura de obviar este factor y tirar de calculadora con lo demás? Es francamente deshonesto, cuando lo que  deberían hacer es advertir de que la incertidumbre es demasiado alta para ofrecer una predicción fiable en esas condiciones.

En tercer lugar, el omnipresente corta y pega hispánico, de propios y ajenos. Parece que nadie se atreve a dar un resultado diferente de los demás para no quedar en fuera de juego: mejor nos equivocamos todos, no vaya a ser que yo quede marcado como el único que se coló. O sea, una seriedad y profesionalidad a prueba de balas.

Tal vez no sea el último ni menos importante de los factores, pero queda la intencionalidad política como elemento de distorsión de los resultados. Es decir, las ganas de manipular, consciente o inconscientemente, los resultados a demanda del cliente. Porque es muy probable que las encuestas cumplan algo de aquella vieja teoría de las profecías autorrealizables de Merton, según la que una predicción influye directamente en el resultado. Como la paradoja temporal de «Regreso al futuro», vaya. Todo esto nunca lo sabremos con certeza, pero parece muy factible que el miedo al ascenso anunciado de Unidos Podemos haya favorecido la recuperación del PP, la caída de Ciudadanos y el freno al desplome del PSOE en el último momento. Y para ello, los votantes se habrían basado en una percepción quizá falsa de la situación generada por los sondeos de intención de voto. De poco sirve decirlo: en las próximas elecciones, que esperemos no sean pronto, volveremos a devorar con fruición las estúpidas encuestas.

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