Nuevas elecciones, nueva mayoría


Nada suscita más temor que la inestabilidad, sobre todo cuando todavía están vivas las repercusiones de la crisis económica y el Brexit ha traído una incertidumbre añadida. La incapacidad de los cuatro grandes partidos para llegar a acuerdos tras las elecciones de diciembre desconcertó a los ciudadanos y frustró las esperanzas de cambio, la amenaza de que la situación pudiera reproducirse inclinó a parte del electorado del PP, que se había abstenido o votado a Ciudadanos, a retornar a la fuerza que parecía tener más posibilidades de articular la formación de un gobierno. Por contra, la abstención castigó más a la izquierda, especialmente a Unidos Podemos, que había desaprovechado la mayoría obtenida en las urnas.

En diciembre, PSOE, Podemos e IU sumaron 11.643.131 votos, frente a 10.715.976 de PP y Ciudadanos; en junio, PSOE y Unidos Podemos consiguieron 10.474.443 y los dos partidos del centroderecha 11.039.954. En escaños estaban prácticamente empatados (161-162), ahora los primeros tienen 156 y los segundos 169. El PSOE continúa bajando, pero el descenso más notable se ha producido en las fuerzas situadas a su izquierda. Una tentación fácil, en la que algunos medios ya han caído de forma interesada, sería la de atribuirlo a la propia coalición que, paradójicamente, ha evitado que la disminución del voto se haya reflejado en el número de diputados.

Es muy improbable que el fiel votante de Izquierda Unida, aun con reticencias, haya rechazado la posibilidad de que una coalición de la que formaba parte pudiera convertirse en el eje del gobierno, también que sus diputados aumentasen, especialmente cuando dirigentes históricos le habían dado su respaldo. También lo es que votantes de Podemos procedentes de la izquierda moderada o poco ideologizados lo hayan abandonado por aliarse con «los comunistas», algo que lleva haciendo el PSOE desde 1977 y Podemos desde las pasadas elecciones municipales y regionales. Resulta mucho más probable que la desafección se deba a la errática actuación de Pablo Iglesias desde las elecciones europeas, la indefinición ideológica e incluso programática de Podemos y la desvaída campaña electoral que de ello se derivó. Para que un partido pueda ganar las elecciones debe inspirar confianza. Eso no depende de peinados o corbatas, lo importante es mostrar coherencia y dar la impresión de que se sabe lo que se quiere hacer una vez que se alcance el gobierno. Una buena gestión municipal hubiera sido decisiva, el PSOE se benefició de ella entre 1979 y 1982, no parece que eso haya sucedido ahora, al menos los ciudadanos no lo han percibido así en la mayoría de los casos. El exceso de teatralidad resulta perjudicial si no se traduce en hechos. Es cierto que Unidos Podemos se encontró con la radical hostilidad de la prensa madrileña ?el PSOE tuvo históricamente, al menos, el apoyo de un importante grupo de comunicación? y la animosidad de la inmensa mayoría de los columnistas y tertulianos del país. Con toda seguridad eso influyó en algunos electores, pero Pablo Iglesias tiene mucha responsabilidad en que todas las encuestas lo presenten como el político peor valorado después de Mariano Rajoy.

El peor valorado ganó, a pesar de todo, pero fue más bien a pesar suyo. Sin duda otro dirigente, más joven y no afectado por la corrupción, hubiera obtenido mejor resultado. El PP no debería dejarse engañar por los exultantes medios afines que lo presentan como vencedor rotundo de los comicios. Todavía no ha recuperado los resultados de 1993, solo uno de cada tres votantes le ha dado su apoyo y es probable que bastantes con una pinza en la nariz. Su victoria no le concede la mayoría y tendrá que pactar para lograrla. En todo caso, aunque haya ganado en buena medida a causa de la división y los errores de sus contrarios, Rajoy sale reforzado de las elecciones y hoy es más difícil discutirle su derecho a encabezar el gobierno. Lo lógico sería que se formase un gabinete de coalición entre PP y Ciudadanos. El partido naranja podría exigir cambios legislativos que garantizasen la independencia de jueces y fiscales, la autonomía de los medios de comunicación públicos, las libertades cercenadas por la ley de orden público y la reforma de la ley electoral. Su presencia en el gobierno podría moderarlo, es arriesgado, pero siempre podría romper el acuerdo si el PP mantuviera su sectarismo, la corrupción y las políticas ultraconservadoras. El papel del PSOE no es fácil, los malos resultados electorales, los casos pendientes de corrupción, su división interna y la escasa solidez de su dirección lo dejan en una situación muy débil. Probablemente, si fuese necesario, debería permitir con su abstención que se formase gobierno, eso sí, a cambio del compromiso formal por parte de PP y Ciudadanos de pactar las reformas legislativas imprescindibles.

La izquierda dejó pasar su ocasión. Unos pudieron tener más responsabilidad que otros, pero ni los barones del PSOE ni Pablo Iglesias y parte de la dirección de Podemos están libres de culpa. Lo cierto es que ahora las cosas han cambiado, la mayoría está en el centroderecha y lo peor, lo que no perdonarían los ciudadanos, es un nuevo bloqueo que condujese a unas terceras elecciones. Es preferible que PSOE y Unidos Podemos se resignen a hacer una buena oposición y aprovechen unos para regenerarse y otros para madurar.

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