El plan de Boris


Se podría decir que la propuesta más seria que se ha lanzado hasta ahora en el Reino Unido para gestionar el brexit es la creación de un nuevo Estado: Scotlond. Una unión entre Escocia y Londres, los dos polos con más voto en favor de la permanencia en la UE, en la que Harrods habilitaría una planta entera para telas tipo tartán y los gaiteros ampliarían su repertorio de los Beatles. De momento, permanece misteriosamente oculto el plan de Boris Johnson, Michael Gove y Nigel Farage. Solo hay dos posibilidades. O bien por su extraordinaria complejidad. O bien por su llana inexistencia. En la agenda de Farage la prioridad es ejercer de hooligan en Bruselas para restregarle el resultado del referendo a Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión. Y Juncker habría tenido mucha más autoridad para rebatirlo y para convencer a los británicos si no hubiera dado alas a Luxemburgo para convertirlo en un paraíso fiscal.

En muchos sentidos, el Reino Unido parece el reino de las excusas cuando solía ser el de la determinación. Es que yo voté por el leave porque daba por hecho que mis compatriotas no cometerían la misma locura. Es que igual podemos salir de la UE pero quedarnos, bien calentitos, en el mercado común europeo. Es que lo de los fondos para la sanidad se entendió mal. Es que yo solo pasaba por aquí. Es que nos ha eliminado Islandia. Ahora hasta se menciona la posibilidad de que el Parlamento de Westminster rechace la activación del artículo que inicia el brexit y aborte la ruptura. La cuestión es qué sucederá después. ¿Será posible digerir una rectificación de semejante tamaño? Ya lo decía Churchill: «A menudo me he tenido que comer mis palabras y he descubierto que eran una dieta equilibrada».

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