El pelo de Hillary


Las aguas del río Potomac vuelven a su cauce. Ahora que el FBI recomienda no presentar cargos contra Hillary Clinton por emplear su correo personal para asuntos de la diplomacia estadounidense, sus detractores más simples pueden centrarse en los temas relevantes. Su pelo y su ropa. A muchos republicanos a los que le parecía perfectamente natural que la dinastía Bush coleccionara presidencias les escandalizan los intentos de la señora Clinton. A ciertos demócratas a los que les resultaba escandaloso que un negro hubiera tardado tanto en llegar a la Casa Blanca no les extraña el déficit femenino en el Despacho Oval. Kathleen Kennedy Townsend escribe en The New York Times un artículo en el que explica por qué su tía, Eunice Kennedy Shriver, no entró en la carrera presidencial como hicieron tres de sus hermanos, todos hombres. Se veía como algo imposible. Dice que, en la siguiente generación del clan de los Kennedy, ella fue la única mujer que optó a cargos electos. Sus asesores la obligaron a llevar medias en días en los que el termómetro rondaba los 35 grados y le dijeron que tenía que cortarse el pelo. Cuando fue elegida vicegobernadora de Maryland fue criticada porque a sus labios les faltaba rouge, como si fuera un anuncio de Chanel. Para un exgobernador el problema es que lucía «demasiadas pulseras». Aunque un escritor creía que el gran drama era que al Estado le había tocado «la Kennedy menos glamurosa». Probablemente por caminos peores transitará Donald Trump, ese hombre que insinuó que la actitud incisiva de una periodista se debía a que tenía la regla (¿cuál es tu excusa, Donald?). Quizás este candidato sea el único que puede aprender algo productivo de la serie House of Cards. Nunca trates a Claire Underwood como un florero. Es una planta carnívora.

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