La sanidad asturiana no necesita maquillaje


Un médico denuncia listas de espera maquilladas en la sanidad pública asturiana y se levanta una polvareda formidable. El Gobierno y su grupo parlamentario se irritan y revuelven contra lo que consideran una falsedad, corretean como pollo sin cabeza dando voces ofendidas en lugar de ofrecer transparencia. El sindicato de los facultativos confirma la denuncia e insiste en ella. Lo curioso del asunto es que se supone que mientras se propinan codazos entre ellos, tanto el personal sanitario como la Administración reman en la misma dirección: ambos defienden el sistema público de salud y quisieran que fuera infalible. Como yo. Por el camino, casi todo el mundo quiere cobrar más y trabajar menos; es legítimo, pero en un país con recursos limitados, sólo podemos tender a la mejoría sin llegar nunca a satisfacer nuestros deseos. Hay que madurar, amigos. Personalmente, prefiero que la nómina de los médicos sea mayor que la de los futbolistas o, ya puestos, la de los parlamentarios y desde luego la de los alcaldes; todo en función de lo que aportan de verdad al bienestar de la gente, aunque esto obviamente no funciona así.

Respecto a las decisiones políticas y económicas el bozal europeo deja muy poco margen para establecer diferencias entre derecha e izquierda. Tal vez sólo la sanidad y la educación se aprietan dentro ese margen. La derecha española, según se constata en otras comunidades como la madrileña, tiende por lo general a querer reducir la atención pública en provecho de seguros privados e intereses bastardos: un error tan colosal como inhumano y de una estupidez que trasciende ideologías. Se trata del liberalismo más ceporro y cegato como el de Esperanza Aguirre, que exige que cada uno se pague lo suyo o se muera en una esquina, sin molestar ni ensuciar, a ser posible. Una flagrante contradicción con la caridad cristiana que tanto alaba y cacarea.

Y en Asturias, ir a la privada constituye una insensatez por parte de los usuarios, vista la escasísima oferta y medios de la sanidad privada. Además, en muchos casos son los mismos médicos pluriempleados los que atienden en ambas ventanillas. Creo en la medicina pública como un logro social indiscutible e irrenunciable, el mejor modelo de los posibles, el más solidario, el único civilizado. Cómo de eficaz sea la gestión de lo público, es otra historia. La buena intención se supone, la capacidad ya es más un hecho por demostrar.

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