Los toreros muertos


Un torero llamado Víctor Barrio murió hace una semana en Teruel durante una corrida. Es la primera muerte en un ruedo desde el fallecimiento del banderillero Ramón Soto Vargas en 1992. Casi veinticuatro años entre una y otra: quedémonos con el dato por si surgen los tópicos del riesgo y el peligro, aunque mejor si no es el caso.

El caso es que ha habido reacciones para todos los gustos y desde todos los frentes. Para empezar, buena parte de la prensa española se ha deshecho en elogios al fallecido, sin racanearle páginas en las famélicas secciones de cultura de los diarios. Luego se han dado algunos comentarios de trazo grueso que expresaban alegría por la cogida e incluso trataban de razonarla en términos de militancia animalista. Las redes sociales y los medios de comunicación han dado pie a una batalla de insultos en plan «se rompe España» y, en el colmo de la carambola dialéctica, un personaje de esos que para mi asombro llaman «famosos», y que todavía no sé a qué se dedica salvo anunciar helados, se congratuló en Twitter de la muerte del torero, provocó un boicot de los taurinos a la empresa a la que presta su imagen y fue cesado finalmente por esta, algo que evidentemente no hicieron con su presidente cuando se pronunció a favor de privatizar el agua.

Aclaremos una cosa: la tendencia del ser humano a hacer el bocazas debería ser considerada una constante antropológica. La prudencia antes de hacer el primer comentario que se nos viene a la cabeza es algo tan raro que incluso el silencio y la precaución son a menudo objeto de mofa, odio y desprecio. No hay nada esencialmente maligno en decir que te alegras de la muerte de un torero; no, al menos, en una sociedad donde el número de asesinatos de toreros es cero. Quien afirma alegremente que Víctor Barrio se lo merecía y que ojalá todos los toreros corrieran la misma suerte es, sencillamente, un bocazas. Eso no le convierte en mejor persona, pero conviene que vayamos descartando la idea de una yihad antitaurina que ni existe ni es previsible que exista.

Personalmente (aclarémoslo también) no puedo decir que me entristezca la muerte de Víctor Barrio ni más ni menos que la de cualquier desconocido. Tampoco me alegro de que haya muerto ni creo que se lo mereciera. Por mucho que me repugnan las corridas de toros, considero que lo que debería hacerse es prohibirlas; entre tanto, mi repulsa a esa tradición estúpida y execrable no llega al extremo de considerar que un torero sea una especie de Hitler con peor gusto en el vestir. Lo siento, no llego a tanto. Y me atrevería a decir que ni siquiera la mayoría de los que dicen alegrarse de su muerte llegan a tanto.

Ya puestos a confesar incredulidades, tampoco me creo ese argumento de la igualdad entre el toro y el torero del que se valen tantos antitaurinos, como si el toro al embestir ejerciera su derecho a la legítima defensa: es tanto como pretender que el torero hace lo mismo al clavarle el estoque. Por supuesto que habrá muchas personas que empaticen con el animal hasta el punto de ser capaces de ver en esa cogida una suerte de reparación por el sufrimiento causado. Pero los sentimientos que salen a la luz en estos casos revelan otra cosa.

No es, como he oído por ahí, que el antitaurino despoje al torero de su humanidad y eso le permita desear su muerte y alegrarse si se produce. Al contrario: el conflicto es entre seres humanos, y aun diría que entre dos concepciones del ser humano y, por tanto, del lugar de la violencia en la cultura: enfrenta a totalidades, no a individuos. Igual que el aficionado a los toros ve en el antitaurino a una especie de monstruo empeñado en destruir todo su sistema de valores, es frecuente que los antitaurinos creamos que el torero haría todo lo posible por aniquilarnos. Lo que aquí está en juego es la dialéctica entre amigos y enemigos, entre los míos y los otros. Algo comprensible cuando agoniza una institución o una mentalidad o ambas cosas, como ahora ocurre con el toreo: nunca ha sido tanta ni tan visible la oposición a la mal llamada fiesta nacional, y es probable que los cambios legislativos que muchos deseamos no estén tan lejos como creemos a veces.

La última baza que les queda por jugar a los defensores de la tauromaquia es la del respeto a sus costumbres, y es una baza inteligente por cuanto atrae mayores simpatías que el hostigamiento y el desprecio: al decir que no obligan a nadie a ir a los toros, se vuelven de golpe liberales y permisivos, en comparación con todos aquellos que exigimos ni más ni menos que una prohibición (con lo feo que es prohibir). Dejémosles hacer. Dejemos que sea la sociedad quien decida, y veremos cómo la tauromaquia se extingue por sí sola en cuanto los gobiernos dejen de inyectarle oxígeno en cuenta bancaria. Vitorear a un toro por hacer de toro no nos pone más cerca de esa meta, y tal vez sí un poco más lejos.

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