Nadie rescató El Manantial


Redacción

Hace unos pocos años, más de los que parece, uno podía entrar a ser insultado o ninguneado cordialmente por los propietarios del histórico bar El Manatial, en pleno centro de Oviedo. Y sin embargo, por alguna arcana razón, la gente volvía. Supongo que porque se trataba de un punto de reunión social, una convención difícil de abandonar, por pereza del cambio o por amor a la costumbre. La zona estaba plagada de bares y pedía el alterne. Nada más lejos de mi intención el escribir con nostalgia de un chigre: trato de entender el modelo hacia el que ha ido derivando la ciudad durante los años de la fiebre especulativa, y creo que no ha sido para mejor. Cuando Aznar vendía las joyas de la abuela del Estado y Rato, mientras tanto, hacía sus propios y jugosos negocietes en la trastienda. Cuando entre ambos cristalizaban la peor debacle económica que ha vivido España en muchas décadas en combinación con la crisis mundial, y le echaban la culpa después a quién le tocó el marrón.

El edificio de El Manantial fue derribado y luego reedificado, pero en la entrañable esquina apareció en el lugar del chigre una nada entrañable sucursal bancaria: cambiamos bollinos de chorizo por chorizos a secas. No me malinterpreten, no me refiero ni mucho menos a los empleados del banco, cualquiera que sea: ellos también sufren el choriceo de su lamentable legión de ejecutivos hipervalorados e hipersalariados. ¿Qué han hecho los altos directivos de banca para cobrar lo que cobran, salvo trepar y estar en el lugar adecuado que les permite fijarse su propia retribución? Porque, obviamente, por capacidad de gestión no es.

De las épocas gloriosas y por la travesía del desierto gabinista sobrevivió el bar Montoto con su letrero retro inconfundible, en la calle San Bernabé, y no lo hicieron el Artabe, que recibió el nombre de su dueño, un jugador del Real Oviedo de principios de los años 60 del siglo pasado, donde ahora hay una sala de tragaperras, ni el bar Asturias con su mítico pollo asado. Algo parecido ocurrió con uno de los bares más frikis y de solera de la capital asturiana: La Perla, frente al Campoamor, y en su lugar hay una tienda de ropa infantil en un área que está siendo colonizada por completo por Inditex. Y con la sidrería Marchica, otro mítico que estaba muy cerca de El Manantial, en la calle Doctor Casal, en lo que hoy es una tienda de zapatos y una farmacia. Ahí daban vinos el Venecia y La Armonía, también desaparecidos. El Cantábrico, junto al paso de Nicolás Soria, se acabó trasladando a la acera de enfrente y finalmente también cerró. No muy lejos de ahí, en el tramo final de Nueve de Mayo estaba Avelino, que se estableció en lo que hoy es la ruta de los vinos. Mi suegro recuerda que, no hace tantos años, se alojaba otro cogollo de vinaterías en la calle San Francisco frente a La Escandalera, muy cerca del edificio histórico de la universidad. La moraleja, si la hay en un proceso de transformación que nunca se pausa, es que los bares aguantan peor la crisis que los bancos, y eso que los primeros suelen tener mucho más clientes. Pero nadie los rescata.

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