Que se acabe el urbanismo municipal, pero ya


Con la perspectiva que dan el verano y la distancia, uno no puede dejar de notar que en los lugares pequeños se cuece la misma incompetencia y desidia política que en cualquier otro lado. La inutilidad, si no algo más sospechoso, es una constante cósmica que sufrimos los ciudadanos en cualquier punto de España. A veces a una escala incluso mayor, en relación al tamaño de las arcas municipales. Si en Oviedo la herencia que dejó Gabino de Lorenzo entre Villa Magdalena, el Tartiere, el hípico y el Calatrava, por citar sólo algunos de sus planes estrella, es lo más lamentable de la democracia y parte de lo anterior, en Llanes tampoco son mancos. La licencia que el ayuntamiento dio para la obra de un hotel en la localidad de Barro y que anularon los tribunales va a costar a los llaniscos un pastón que tendrán que quitarse de otras necesidades urgentes. Otra muestra del despropósito y del bajísimo nivel profesional de nuestros políticos, los de antes y los de ahora. La tradicional dejadez municipal a lo largo de la costa es más que evidente: cunetas sucias y sin desbrozar, farolas que apenas alumbran, alcantarillas con estreñimiento crónico, permisos para aparcar millones de coches en parcelas junto a playas en las apenas caben unos cientos de personas, chiringuitos que surgen como setas sin control. Consiguen un turismo de chichinabo que no gasta más que en un bocata y ahuyentan al valioso, que se va a otros lares en busca de tranquilidad y calidad de vida. En fin, una gestión que los hermanos Marx harían mucho mejor en una noche de juerga.

Domingueros aparte, siempre dije que dejar el urbanismo en manos de los ayuntamientos era una bomba de relojería: a la vista está. Hacen urbanismo basura, low cost. Urbanismo de los chinos. Algo tan serio y que afecta a varias generaciones y a toda la población general no puede estar al capricho del alcaldín de turno, que o bien aprovecha el valor del suelo para obtener recursos cuando debería buscarlos en otro sitio, eso en el mejor de los casos, o bien hincha los bolsillos de unos cuantos allegados, si no los propios. Y ahora hablo de las docenas de casos que ya están los juzgados por toda España. Quien tuvo la ocurrencia de regalarle ese enorme poder a los consistorios nos hizo a todos un hijo de plástico. Y lo peor es que esas cagadas del calibre de un obús de campaña quedan impunes: para cuando se descubre el gran pastel, el pastelero ya hace tiempo que huyó a Luxemburgo. 

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