Lo políticamente incorrecto


Lo que se pone de moda en EEUU se extiende con rapidez por todo el mundo, lo último es el fenómeno Trump y la incorrección política. Soy plenamente consciente de que tiene más detractores que admiradores entre los considerados creadores de opinión: artistas, actores, escritores, periodistas, la mayoría de los políticos de los grandes partidos... Es cierto, pero también que el trumpismo, prefiero el neologismo porque el populismo es tan universal que el término ya no sirve para definir nada, ha llegado para quedarse. Entre otras cosas, porque ya estaba bien arraigado. Berlusconi, Bossi, Le Pen, Boris Johnson, Pegida o los sedicentes liberales austriacos no necesitaron a Donald Trump para obtener carta de naturaleza. Tampoco las salchichas y las hamburguesas nacieron en Norteamérica, pero las pusieron de moda sus cadenas de comida rápida

Parece que la clave del éxito trumpista está en la incorrección política. Confieso que no me extraña. Los políticos han logrado crear un discurso tan vacío y su crédito es tan escaso que nadie los escucha. Incluso me sucede a mí que siempre tuve una obsesión enfermiza por la información. He abandonado los informativos de radios y televisiones, solo leo la prensa escrita, impresa o digital. Es la única forma de librarme de las declaraciones de los políticos, generalmente con ver los titulares me sobra y en los periódicos nadie me obliga a leerlas completas. Es comprensible que alguien que dice cosas distintas, aunque sean disparates, llame la atención.

Más difícil de entender resulta que solo por ser llamativo obtenga tantos votos y eso dice bastante poco en favor de los electores. La historia nos muestra terribles ejemplos de incorrectos exitosos, siempre con un punto de histriones y escaso bagaje ético y formación intelectual. Cuántos alemanes e italianos se habrán maldecido en los años cuarenta por haber dejado de apoyar a los aburridos, mediocres, banales, ineficaces e incluso corruptos, pero, al menos, previsibles políticos tradicionales. En ocasiones, vale más esperar a que aparezca algún partido o líder razonablemente atractivo y no precipitarse y votar al primer vendedor de humo.

En cualquier caso, la defensa de la incorrección política comienza a extenderse fuera del ámbito de los medios y los partidos declaradamente trumpistas. Me sorprendió ver estos días en el más clásico de los conservadores diarios madrileños a un columnista de sonoro apellido germano, cierto que siempre inclinado a los excesos verbales, entusiasmado con el candidato republicano y, sobre todo, con las declaraciones en su apoyo de Clint Eastwood, las mismas en las que sostenía que «vivimos en una generación de maricas». Otro día fue el director del mismo medio quien, en su columna diaria, clamaba contra la “esclavitud de lo correcto” para oponerse a la prohibición de las corridas de toros. Ya lanzados, en otro diario también monárquico, conservador y marianista, pero con menos solera, Albert Boadella realizaba una afirmación que, precisamente en España, sonaba incluso extravagante: «La sociedad del bienestar ha creado un sentimentalismo despreciable hacia los animales». No sé si, tras la derrota de esperanza Aguirre, habrá trasladado su domicilio a Londres.

Lo que más me sorprende de estos defensores de la incorrección es que son los mismos que se rasgan las vestiduras con las acciones de Femen, pedían la hoguera para Rita Maestre y la cárcel para los titiriteros o protestaban airados porque se permitiesen los desnudos en las piscinas madrileñas. Es decir, que la suya es una defensa de la incorrección ad hoc y sin que sirva de precedente.

Lo que cuestionan los nuevos incorrectos es que hayan dejado de ser socialmente aceptadas tradiciones tan arraigadas en nuestro país como el machismo, la intolerancia religiosa o el maltrato a los animales, pero se reservan el derecho exclusivo de ofender la sensibilidad o las ideas de los demás. Su liberalismo es limitado, defienden las corridas de toros en nombre de la libertad, pero se la niegan a las mujeres para abortar, como no hace mucho sucedió con la ley de plazos.

Es innegable que el exceso de corrección política resulta irritante y en los países anglosajones se ha llegado a extremos que rozan el ridículo, pero no es un invento de la malvada «progresía». En épocas no muy lejanas, cuando nadie cuestionaba la «fiesta nacional», las mujeres estaban legalmente sometidas a sus maridos, los homosexuales eran despreciados, marginados y encarcelados y en las fiestas populares se tiraban cabras vivas desde los campanarios o se arrancaban a mano las cabezas de pollos o patos, había muchos más comportamientos y expresiones que eran considerados incorrectos que ahora. Recuerdo haber participado en una manifestación ante la Audiencia de Oviedo en favor de una mujer a la que el fiscal pedía varios años de cárcel por adulterio, entonces ser incorrecto era bastante peligroso.

Siempre fue así, desde la antigüedad, invariablemente, la ideología y la tradición impusieron comportamientos «correctos» y condenaron, incluso de forma brutal, a quienes no los respetaban. Si en algo hemos avanzado es en que hoy se repruebe socialmente la brutalidad, la discriminación y la intolerancia. Francamente, la incorrección política racista, machista, intolerante, prepotente y grosera del trumpismo me parece mucho más peligrosa que los excesos de la actual corrección política.

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