Partidos, partidas


Garabatos y secretitos de Gobierno guardados en un cuaderno azul. Flamantes candidatos elegidos en primarias que acaban siendo apuñalados por sus propios compañeros (ríase usted de Bruto). Dedazos sin elecciones y elecciones al dedillo. Díscolos y oficialistas. Críticos de los críticos. Las bases rebasadas por la inesperada marejada del vecino de al lado. Las familias. Las facciones. Los bandos y las bandas. Las coaliciones. Las alianzas. Los altivos barones y las crecidas lideresas. El peso de los votos y la huella de las botas. Las asambleas dirigidas y los congresos de cara a la galería. Los tuits venenosos y los mensajes edulcoradas. Las redes sociales agitadas en busca de los panes y los peces. Los diputados y los imputados (perdón, investigados). Las fotos buscadas. Los iluminados y los que se mueven en la sombra. Los fontaneros trajeados y las cloacas perfumadas. Los silencios y las bravatas. Los aparatos nada digestivos. Las intolerancias (y no hablamos precisamente de lactosa). Las promesas y el viento que tantas veces acaba soplando. Las celebraciones de los resultados sí o sí. Los que reclaman sillones propios y los que se dedican a hacer la cama al prójimo. Las consignas supuestamente ingeniosas. Los cafés para todos que se van enfriando a fuerza de servir. Los partidos políticos, en fin. En Madrid y en Galicia. Los que visten de estreno y los de casi toda la vida. Partidos. Y partidas. El poder. El cruel ecosistema político. Al fondo, muy al fondo, casi impercetibles al ojo de las altas y bajas esferas, se atisban unas figuras lejanas, que se pierden en el horizonte. Los votantes.

Valora este artículo

2 votos

Partidos, partidas