16 sep 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Hace unos días se volvió a morir Paul Newman. Corría una calurosa mañana de las postrimerías agosteñas y los muros del Facebook comenzaron a llenarse de enlaces que conducían directamente a la noticia del óbito y propiciaban un reguero de comentarios en los que unos lamentaban con gran pesadumbre la desaparición del actor y otros aprovechaban para sentar cátedra acerca de su abundante filmografía. Pasaron horas hasta que alguien cayó en la cuenta de que los desquiciados algoritmos habían dado pie a un nuevo fallo en Matrix, pero cuando llegó el aviso ya era tarde para que quienes se habían precipitado por la pequeña fisura abierta en el espacio-tiempo estuviesen en condiciones de reconocer su error. Al fin y al cabo, decían, qué más da que Paul Newman exhalase su último suspiro hace la friolera de ocho años, cualquier momento es bueno para recordar sus virtudes y ensalzar sus méritos.

El fenómeno no es nuevo porque se viene dando desde que las redes sociales comenzaron a instalarse en nuestras vidas: noticias viejas que de pronto resplandecen en la primera plana de las novedades absolutas y llevan al personal a indignarse ?porque casi siempre son noticias indignantes? de idéntico modo y manera a como lo hicieron cuando se publicaron por primera vez. A fuerza de tirar de memoria artificial hemos hecho de la nuestra un reducto efímero en el que lo actual dura lo que dura un suspiro para desvanecerse y regresar en el momento menos pensado, revistiendo con ropajes nuevos lo que no son más que remiendos de saldo. No hay duda de que gracias a Internet leemos más. Lo que no tengo tan claro es que leamos mejor. Antes, cuando el papel, uno abría el periódico y buscaba las secciones que le interesaban, los destacados que podían aportarle algo, las opiniones de sus dos o tres columnistas de referencia. Ahora, en la pantalla, uno se deja llevar por el oleaje y sale del puerto desconociendo en qué isla remota acabará, si es que la singladura le termina conduciendo a algún lugar apreciable. Antes uno escribía su columna sabiendo que al día siguiente, allá en la esquina de siempre, le aguardarían un puñado de lectores que irían a su encuentro prestos a aplaudirle o mentar a sus muertos. Ahora lanza su artículo al ciberespacio con la débil esperanza de que alguien le dé cancha y lo «menee», qué verbo más horrible, por ver si sus palabras trascienden los constreñidos límites del despacho en el que fueron escritas. No hay más que echar un ojo a la lista de noticias más leídas que los periódicos suelen colgar en sus páginas web para constatar que lo actual, en la mayoría de los casos, podría pasar por material de desecho, y que vivimos tiempos extraños en los que la reacción es más importante que la acción y las cosas pueden suceder una y otra vez sin que nadie repare en el «déjà-vu», por la sencilla razón de que nadie dispone ya de tiempo para prestarles atención. No sé a qué tanto devanarse los sesos buscando la estrategia idónea para reventar el sistema. Tal vez baste con colgar el Facebook un pequeño texto contando que los franceses acaban de hacer su entrada en Madrid, bayoneta en ristre, y que tras escuchar el llanto de un niño alguien ha comenzado a gritar en la plaza de Oriente que los recién llegados pretenden llevarse a la familia real.