«Brangelina»


El nombre con el que fue apodada la pareja no anunciaba nada bueno. Brangelina suena a marca de sujetador agresivo con ínfulas de lencería italiana. Pero todo se le perdonaba a la pareja. Porque eran ellos. Brillantes sobre cualquier alfombra roja, como un par de pavos en Navidad. Hollywood casi como en los viejos tiempos. Casi. Porque, por mucho que algunos se empeñen, basta con mencionar el apellido Hepburn para que se nuble gran parte del presente y se ilumine un buen pellizco del pasado. Pero hay que admitir que cuando se anunció la ruptura de Brad y Angelina temblaron los cimientos de Occidente. «Si le piden el divorcio a Brad Pitt, ¿qué no harán con el resto de nosotros, pobres mortales?». En fin, el amor en los tiempos del doble check del WhatsApp es duro hasta para las estrellas de cine. En el horizonte emerge un divorcio como una catedral, valga la paradoja. Jolie ha contratado a una abogada que cobra quinientos euros por hora. Y los mentideros digitales cuentan que puede hacerle pagar caro a Brad Pitt su supuesto lío con la francesa Marion Cotillard.

Si quieren que su leyenda se agigante, deberían volver dentro de un tiempo emulando a los tormentosos Richard Burton y Liz Taylor. También pueden escribir nuevos capítulos en rosa por separado. Seguramente el público en general será más condescendiente con los hipotéticos fichajes juveniles de Brad que con los marcajes de Angelina. También se tasan de forma distinta sus arrugas. Aunque nunca se sabe. Como ya dijo Whoopi Goldberg cuando despidió a los asistentes a la ceremonia de los Óscar: «Tengan cuidado en esas fiestas de Los Ángeles. El año pasado hubo productores que bebieron tanto que acabaron marchándose con mujeres de su edad».

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