«Viva la muerte»


Le faltó a Esperanza Aguirre proferir un ecuménico «Viva la muerte» como despedida y cierre del vergonzoso vídeo en el que lamenta que el Ayuntamiento de Madrid haya decidido suprimir el nombre de Millán-Astray del callejero. José Millán-Astray, fundador de la Legión y de Radio Nacional de España, fue uno de los militares más chulos y tabernarios que lucieron palmito a lo largo y ancho de la península durante la guerra civil -y mira que hubo competencia- y se hizo famoso, mayormente, por llevarse la mano a la pistola cuando Unamuno dijo ante sus narices aquello de «Venceréis, pero no convenceréis» en la ceremonia de apertura del curso 1936/1937 en el paraninfo de la Universidad de Salamanca. Hay una foto célebre en la que se le ve abrazado a un campeador Francisco Franco, ambos en pose aguerrida y ostentosa, como si vinieran de meterse unos cuantos lingotazos en la tasca de la esquina. Cuentan que cuando al finalizar la contienda le nombraron jefe de Prensa y Propaganda de la dictadura, dirigió la oficina correspondiente como si se tratara de un cuartel militar y obligaba a los periodistas a cuadrarse en su presencia y a formar en línea cada vez que sonaba el silbato, no fuera a ser que algunos aún no se hubiesen enterado de quién mandaba allí.

Esperanza Aguirre dice en su vídeo que defiende a Millán-Astray porque los de la Hermandad de Legionarios le han dicho que era un gran tipo. Es una pena que a la buena mujer no le haya dado por complementar la información leyendo un par de libros de Historia. Esperanza Aguirre es una de esas políticas que aún no ha comprendido que los votos dan escaños, no razones, y en consecuencia se cree que el haber conseguido el apoyo electoral de una mayoría de madrileños le otorga el derecho a decir lo que le venga en gana sin detenerse a calibrar unos minutos el alcance de sus palabras. Tampoco debía de medirlas mucho el propio Millán-Astray, que dejó para la posteridad máximas tan filosóficas como «Habéis venido aquí a morir» (fue lo primero que les dijo a los recién estrenados reclutas de su flamante Legión), «Vascongadas y Cataluña son dos cánceres en el cuerpo de la nación» o «El fascismo es el remedio de España». Su momento álgido, no obstante, llegó en su mencionada intervención estelar de Salamanca, donde profirió aquel «Muera la intelectualidad traidora, viva la muerte» como respuesta a un crepuscular Unamuno que tras enarbolar la bandera republicana en el ayuntamiento salmantino y apoyar después el pronunciamiento del 18 de julio («el pensamiento es estar siempre de paso», canta Aute en una de sus mejores piezas) estaba comprobando que en el presunto afán regeneracionista de los militares de Marruecos había más barbarie que civilización. Es gracioso que sean quienes reprochan a otros su vocación de reabrir heridas los que con más presteza se arrancan a dar puñaladas en cuanto les dejan un cuchillo a mano. Me queda clara al menos la afinidad intelectual de Esperanza Aguirre con su admirado Millán-Astray: si éste deseó la muerte a la inteligencia así, en abstracto, ella no ha tenido empacho en cagarse en la inteligencia de todos sus convecinos, recordándoles de refilón que, aunque en las guerras nunca gana nadie, por suerte nuestra guerra civil la ganaron los buenos.

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