Miramos hacia otro lado


Pobrecitos refugiados. Los ves tan indefensos, tan poquita cosa, que nos dan una pena tremenda. Esas imágenes huyendo de sus países y llegando a las playas nos rompen el corazón y cuando se trata del pequeño Aylan muerto y abandonado sobre la arena de la playa, nos cortan la digestión. Es enorme la penita que nos dan. Eso sí, no movemos un pelo por acabar con su situación. Ni lo hemos hecho hasta hoy, ni lo vamos a hacer en los próximos años hasta que el problema se nos vaya totalmente de las manos, que a punto está ya de írsenos.

Esta semana los señores de la ONU se han reunido para verse las caras, echarse unas risas y de paso hablar sobre los refugiados que, según parece, les preocupan un montón. Y aunque la declaración no es vinculante y sus principios están contemplados en leyes nacionales, han evitado asumir compromisos. Aunque si los asumieran tampoco arriesgaban mucho porque España se comprometió a acoger a 1.499 de los 15.675 refugiados que le corresponderían y recibió a 516.

Y, más o menos, así todos los países del primer mundo, que acogen menos del 9 % de los refugiados que se van a Pakistán, Líbano, Irak, Turquía y Egipto, que aunque son más pobres son más solidarios. Los demás, los más ricos, no queremos ver la realidad y miramos hacia otro lado, eso sí, muy dolidos cuando sabemos que en el 2015 más de 12.000 niños llegaron a Italia sin un adulto que les acompañara. Abandonados. La situación de esta pobre gente nos conmociona, tanto que incluso estamos dispuestos a levantar muros y a pagar a otros países para que nos hagan el trabajo.

El politólogo francés Sami Naïr acaba de proponer la creación de un «pasaporte de tránsito» para solucionar los problemas legales de los desplazados. Quizás fuera mejor un pasaporte interplanetario para enviar a Júpiter a quienes pagamos para que nos arreglen el mundo y se van a tomar las copas a la ONU con la disculpa de los refugiados.

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