Pedro y los lobos


Redacción

Sorprendentemente, Pedro Sánchez se ha convertido en el último gran héroe trágico de nuestra enésima odisea nacional. Un amigo que siempre había permanecido prudentemente alejado de los puños y las rosas me confesó hace cosa de año y medio, cuando andaban en su esplendor los éxtasis podemitas, que empezaba a caerle simpático el PSOE por esas hechuras que iba adoptando de gloria crepuscular, como el vaquero que, molido a palos, llega al pueblo dispuesto a afrontar su último duelo sin más opción que morir o matar. Ahora es Pedro Sánchez quien ha cargado sobre sus espaldas esa apostura de quien sabe que sólo pierde verdaderamente aquél que es incapaz de hacer valer sus razones. Le han convertido en presa fácil, como la Caperucita que en el cuento brincaba alegre y sola por el bosque, y sobre él se ciernen en manada los lobos que bajan por los cuatro costados de nuestra desdichada piel de toro en busca de carne fresca con la que saciar sus apetitos viscerales. Son muchos y están hambrientos, desde el lobo anciano del norte hasta la loba herida del sur, pasando por el lobezno que trata de camuflar con fraseologías posmodernas su condición de epígono de los patriarcas y por los otros lobos adultos que desde los campos manchegos, los páramos aragoneses o las dehesas extremeñas tratan de hacer valer su «statu quo» a ver si convencen a alguien de que aquí, antes que ellos, no está nadie.

Javier Cercas me dijo una vez que lo que define al héroe es su capacidad para decir «no» cuando todos los demás asienten o, de forma tácita, expresan su conformidad con lo establecido. Pedro Sánchez se resiste a ser el don Quijote del que habló León Felipe en aquel poema memorable, pero, aun sabiendo que en España la coherencia nunca ha sido un valor al alza, se obstina en cabalgar a lomos de su negativa a renovarle a Rajoy el contrato de alquiler de La Moncloa y finge que son molinos los gigantes que salen a su paso para hincarle de rodillas y obtener su rendición incondicional y consignada. Pedro Sánchez, el secretario general del PSOE que más respaldo democrático ha obtenido en la historia reciente ?no hay trampa ni cartón en los recuentos: un militante, un voto?, ha aprendido que las bases son para la vieja guardia del partido lo que los mayores de 45 años para Carolina Bescansa: una piedra en el camino que conduce a la satisfacción del propio ego. Son los antiguos capitostes y sus rampantes herederos quienes mejor nos aleccionan en los axiomas de este tiempo político tan nuevo y tan viejo al mismo tiempo: cuando el PSOE gana unas elecciones autonómicas, el mérito es de quien encabeza la candidatura; cuando las pierde, la culpa se dirige inevitablemente hacia las dependencias de Ferraz. Recuerda un poco este acoso y derribo a otros episodios estelares de la última historia socialista, como aquél en el que hundieron a Borrell para ponerle alfombra roja al aznarato o el otro cuyo designio conducía al alzamiento triunfal de José Bono y que se torció cuando apareció de la nada Zapatero, como el futbolista de cantera que de repente salta del banquillo, le casca cuatro goles al eterno rival y abandona el estadio por la puerta grande, erigido en ídolo de masas. En el fondo es lo que siempre se dice de las crisis: algo tiene que morir para que algo nazca. Ocurre que no es fácil resignarse ante la necesidad de la propia extinción, ni sobra encaje para reconocer que no hay capacidad para leer los cambios ni, en consecuencia, comprenderlos cabalmente. Los sacerdotes sanedrínicos del PSOE y sus entregados apóstoles observan con desconfianza a Pedro Sánchez: la responsabilidad es sagrada en según qué asuntos y, si se trata de cargarse al partido en condiciones, la experiencia demuestra que eso ellos lo saben hacer mejor que nadie.       

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