¡Invita Caja Madrid!


De lo desagradecidos y olvidadizos que somos los españoles podría hacerse un extenso tratado. La historia nos muestra ejemplos por millares. Estos días, sin más, contemplamos sin piedad alguna cómo se está sometiendo a juicio a una élite poderosa de banqueros, empresarios, sindicalistas y hombres de buen vivir porque, según las acusaciones, utilizaron unas tarjetas que les ofreció su empresa para hacer frente a gastos cotidianos como joyas, masajes, champán, escopetas de caza o aparcamientos. Como si nadie en este país hubiera pagado un aparcamiento con tarjeta. 

Los acusados, símbolos de una época de bonanza, se sienten víctimas. Y es razonable. Ellos actuaron con total normalidad y con la verdad por delante. Y por eso, el ex de los empresarios y autor de la brillante idea de que «para salir de la crisis hay que trabajar más y cobrar menos», Díaz Ferrán, tenía por costumbre en los restaurantes de su cuñado, al tiempo que presentaba su tarjeta, decir eso de «¡Invita Caja Madrid!», que no deja de ser una forma de sincerarse con el invitado y no ocultar la procedencia del dinero. Caja Madrid y Bankia eran solventes, ayudaban a crear riqueza, pretendían convertirnos a todos en banqueros, de forma especial a preferentistas y accionistas y, eso sí, perseguían a los que no pagaban sus casas, porque tampoco cualquier don nadie tiene derecho a un piso.

Hay frases que se nos quedan grabadas en la memoria para acompañarnos hasta el final de nuestros días. Son reveladoras de una forma de afrontar y de entender la vida. «Haz el amor y no la guerra», «Luis, sé fuerte», «solo sé que no sé nada» y muchas más que todos recordamos. Y a partir de hoy debemos de ampliar el catálogo con otra no menos reveladora: «¡Invita Caja Madrid!». Aguardemos no tener que hacerlo con aquella de Pablo Neruda que decía que «el fuero para el gran ladrón, la cárcel para el que roba un pan».

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¡Invita Caja Madrid!